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6 Julio 2025
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La Palabra

XIV Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Pónganse en camino, yo los envío…”

Lc 10,1-2.17-20

Estimados hermanos y hermanas, el evangelio de hoy (Lc 10,1-2.17-20) nos presenta a Jesús que, estando en camino, envía por delante a sus discípulos a preparar su llegada; y no solo a los doce, los más cercanos, sino, dice San Lucas, “designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante”, haciendo notar con este gesto que la misión es de ‘todo el mundo’, “de todo creyente”. Todo bautizado tiene un encargo, una tarea, una misión, todos, la misión no es solo de los clérigos, religiosos o consagrados, es de todo creyente. Y misión supone «ir», «salir de» para «llegar a», moverse, cambiar de sitio. Esta es una primera enseñanza de este domingo: Cada cristiano, cada seguidor de Cristo, está llamado a anunciar el Reino de Dios. Esta es nuestra señal de identidad, nuestra quintaesencia. Jesús envió en misión a los Doce, después, a los setenta y dos, como nos evoca el Evangelio de este domingo, y ahora nos envía a nosotros. Tras su muerte y resurrección, un poco antes de su ascensión al cielo, nos envió a todas las naciones y pueblos para hacer discípulos suyos y enseñarles todo lo que Él nos había mandado. Valdría la pena preguntarnos entonces sobre nuestra disponibilidad para la misión. Hermanos, hermanas, si mi ser cristiano, si mi relación personal y espiritual con el Señor, no me «descentra» y me lanza a los demás... quiere decir que algo no está bien, que es aún muy imperfecta o inmadura.

Jesús, pues, envía a sus discípulos, a los setenta y dos, y les da algunas indicaciones concretas, prácticas que tienen que ver con su mismo estilo de vida y con el mensaje central que hay que anunciar. Los envía como mediadores suyos, pues les envió a hacer lo mismo que Él hacía, ya que se mezclaba con la gente y no tenía reparos en comer y beber lo que le servían. Jesús hacía presente el Reino de Dios en el núcleo más íntimo de las familias, haciéndolas ver que lo que Él predicaba no eran meras palabras bonitas, sino algo muy real que cambiaba la vida de los que le escuchaban y le acogían con un corazón dócil y abierto. No les pide predicar en las plazas y las encrucijadas, con grandes reflectores y cosas espectaculares, si no les pide hospedarse en los hogares para convivir con las familias, comiendo lo que en ellas se come, sin pedir nada especial. Interesándose en las necesidades normales, para ayudarlos con sus enfermos y mostrarles esa fraternidad que nace del evangelio, pues es así, con el trato fraterno y cercano, como mejor se comunica la paz evangélica.

Aquí entramos en lo esencial del mensaje que estos mediadores suyos tienen que transmitir. El contenido del mensaje es, antes que nada, la paz que procede de Dios y el anuncio con firmeza de que está cerca el Reino de Dios. La paz es la primera señal del Reino. Este mensaje, hermanos, tiene tanta actualidad y urgencia; en los momentos que estamos viviendo como humanidad, en tiempos de guerra, en tantos países y de violencia en nuestro mismo país. El Papa León XIV, desde el inicio de su pontificado, ha hecho numerosos llamados a la paz mundial, enfocándose en la resolución de conflictos y la promoción del diálogo. Ha expresado su solidaridad con las víctimas de la violencia y ha instado a la comunidad internacional a aumentar la ayuda humanitaria en zonas afectadas por conflictos. A nosotros los cristianos, nos ha recordado esta misión que Jesús nos ha confiado, como a esos setenta y dos, ser promotores de paz, el papa anhela que la Iglesia sea “signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado”, que sea una iglesia “misionera, que abra los brazos al mundo, que anuncie la Palabra, que se deje inquietar por la historia y que se convierta en levadura de concordia para la humanidad”.

Hoy, pues, la Palabra de Dios nos invita a reconocer esta misión y comprometernos con ella. De hecho, las tres lecturas de hoy están centradas en la vivencia de esta paz interior que viene del encuentro con Dios. El profeta Isaías, en la primera lectura (IS 66, 10-14) habla a los israelitas que han regresado a Jerusalén tras el exilio en Babilonia. Les dice que Jerusalén se convertirá en una ciudad próspera y acogedora, donde los peregrinos podrán experimentar la paz divina teniendo un contacto íntimo con Dios. Dice concretamente: «como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo» (Is 66,13). Es la sensación de cariño y dulzura que uno siente en su interior cuando ha alcanzado una profunda unión con Dios.

San Pablo en la segunda lectura (Gal 6, 14-18) nos habla de la auténtica paz que brota de nuestro íntimo contacto con Dios en nuestro corazón, cuando somos coherentes con el Evangelio. «La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma» nos dice, haciendo referencia a «la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gal 6,14).

Hermanos y hermanas, hoy Jesús dice a los setenta y dos discípulos: “Pónganse en camino”, la tarea es urgente, el mundo necesita recuperar esa paz perdida y el cristiano sabe que en Jesús la puede encontrar. El discípulo misionero conoce cuánta paz falta en la convivencia humana, cuánta paz falta en muchísimos corazones, cuánta agresividad hay en nuestro lenguaje y actitudes. Reconciliar, tender puentes, huir de radicalismos y fanatismos es ahí una de sus mayores tareas.

Dos últimas consideraciones: la oración y la alegría. El discípulo misionero anuncia la paz, no como ideología o simple proyecto social, sino antes que nada, como consecuencia de una vida interior, de oración, de unión con Dios. “Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros”. El discípulo misionero es consciente de la urgencia y grandeza de su misión, pero es consciente de la fuerza que viene de su unión con Dios y de la certeza que Dios actúa con él y a través de tantos más que gozan de esa unión. Por último, la alegría de la misión. Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Hoy más que nunca necesitamos cristianos alegres, comprometidos, convencidos de que el mensaje de paz y la cercanía del Reino es el verdadero camino para “construir un nuevo futuro a través del valor de amar” (Papa León XIV).

Hermanos y hermanas, hoy también Jesús quiere enviar “a otros setenta y dos discípulos por delante”; son tantos lugares de nuestra sociedad que Jesús quiere visitar, por eso quiere enviarnos hoy, a ti, a mí, a todos. Vayamos, pues, como lo hicieron estos otros discípulos, y también regresemos, gozosos a contarle al Señor todo lo realizado; no con la intención de vanagloriarnos, sino solo para que nuestros “nombres estén escritos en el cielo”.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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