
“Serán mis testigos…hasta los últimos rincones de la tierra”
Estimados hermanos, estamos llegando al final del tiempo de Pascua, hoy celebramos con alegría la fiesta de la Ascensión del Señor, como en tiempo de los apóstoles, también a nosotros, Jesús nos ha dado “numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días… nos habló del Reino de Dios” (1ª lectura: Hech 1,1-11). De hecho, durante todos estos domingos de Pascua, a través de las lecturas, Jesús nos ha explicado el porqué de su partida, nos ha afirmado que su “ausencia” no es un abandonarnos, sino abrirnos la posibilidad de descubrirlo presente en otras múltiples maneras, también, en estos cuarenta días nos ha dado indicaciones para vivir como resucitados, como, por ejemplo, que a pesar de las contrariedades y persecución debemos permanecer fieles; que la señal por las que nos conocerán que somos sus discípulos es por la forma de amarnos; que él nunca nos va a dejar solos… Y que antes de enviarnos al Espíritu Santo, tiene que subir al Padre. Hoy, pues, sube al cielo y nos invita a la alegría, a la esperanza y a la misión. La Ascensión no es un final, sino el inicio de una nueva etapa en la que Jesús confía su misión a nosotros: ser testigos de su presencia. Quisiera insistir sobre una triple invitación que la fiesta de hoy nos hace.
En primer lugar, la invitación a la alegría, porque su “subida al cielo” es un signo más de su victoria, como lo fue su resurrección; hoy, como hace cuarenta días, celebramos con el mismo gozo y la misma esperanza su regreso a la casa del Padre, porque su victoria es nuestra victoria; hoy celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos “eleva” como seres humanos, sobre aquello que nos deshumaniza, que nos rebaja. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo. Como los discípulos, también nosotros “después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo y permanecieron alabando a Dios”, nos dice San Lucas en el Evangelio (Lc 24,46-53); nosotros regresamos a nuestras ocupaciones llenos de gozo; la ascensión es una fiesta de la humanidad redimida, re dignificada, “elevada” a su verdadera dignidad, somos hijos de Dios.
En segundo lugar, la ascensión es la fiesta de la esperanza, puesto que con Cristo se hace viable la ascensión de todo ser humano para ser y vivir con la dignidad de hijos de Dios. Con Cristo que nos precede hasta el Padre Dios, todos ascendemos, todos somos elevados hasta el Padre Dios, Cristo nos abre el camino y nos conduce hacia esa nueva vida de hijos de Dios, que comienza a ser realidad ya en nuestra historia y que continúa hasta la llegada a la casa del Padre, el día de nuestra propia ascensión. Es la fiesta de la esperanza en el Espíritu que nos será dado para fortalecer nuestro paso por este mundo y asegurar el camino que nos lleva a la casa del Padre.
En tercer lugar, es la fiesta de la misión. La Ascensión del Señor es la fiesta que ensancha el corazón del creyente para que, colmado de esperanza y alegría, se abra generosamente a la misión de “predicar a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios”. Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo. Un salir que significa, en primer lugar, “bajar” a las realidades del mundo donde hace falta la salvación. Como lo hizo Jesús, quien antes de “subir” al padre se dedicó a “bajar”, a “rebajarse”. Primero bajó del cielo hasta el seno de una mujer, y bajó después a un miserable pesebre en Belén. «Bajó» al río Jordán para ser bautizado entre los pecadores. «Bajó» para mezclarse con los pobres, los marginados (que siempre están «abajo» de hecho). Y tanto fue su bajar, su rebajarse, que quedó hecho un cuerpo triturado, colgado en un madero entre el cielo y la tierra. Y se hundió en la muerte, y bajó al sepulcro, a las entrañas de la tierra, y -como decimos en el Credo- bajó a los infiernos... No se puede bajar más abajo en todos sentidos. De hecho, al ejemplo de Jesús, no hay manera de “ascender” al cielo sin esta experiencia de “bajar” a las realidades de nuestro mundo, donde el amor del Padre no es experimentado y donde urge predicar “la necesidad de volverse a Dios”. Para los seguidores de Jesús, la Ascensión es una invitación a bajar. Porque la vida de Jesús en medio de nosotros estuvo marcada por el verbo «bajar»:
Es esta la invitación de los “hombres vestidos de blanco”, mencionados en la primera lectura: «Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?». Hasta que llegue el momento de subir.... nos toca bajar, poner los pies en la tierra y hacerla mejor, siguiendo los mismos pasos del que hoy ascendió a la derecha del Padre. Esa es nuestra misión, de hoy en adelante, estamos llamados a ser hombres y mujeres de la ascensión, hombres y mujeres que viven “de bajada” su subida al cielo, viviendo cerca de los marginados de la tierra para alcanzar pronto el cielo esperado.
Porque en esta vida se trata de ser hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo en los caminos de nuestro tiempo, llevando su palabra de salvación a los confines de la tierra. En este itinerario nos encontramos con Cristo mismo, ahí, en los hermanos, especialmente en los más pobres, en aquellos que sufren en carne propia la dura y mortificante experiencia de la pobreza, de la marginación, de la desigualdad. Al igual que al principio, Cristo Resucitado envió a sus apóstoles con la fuerza del Espíritu Santo, así que hoy nos envía a todos, con la misma fuerza, a poner signos concretos y visibles de esperanza en la realidad de nuestro mundo, del mundo de hoy. Porque ustedes “serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

