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25 May 2025
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La Palabra

VI Domingo de Pascua - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“La paz les dejo, mi paz les doy.”

Jn 14, 23-29

La liturgia de este domingo nuevamente nos sitúa en el contexto del “discurso de despedida” que Jesús pronuncia a sus apóstoles antes de entregar su vida por la salvación de todo el mundo. En ese discurso, Jesús saluda a sus apóstoles con este deseo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde”. No es difícil comprender que los apóstoles escuchan estas palabras sintiendo en su corazón sentimientos contradictorios, Jesús está a punto de dejarles, les advierte que dará su vida, que ya no estará con ellos y al mismo tiempo les pide “permanecer” en su amor, de no acobardarse y enfrentar el reto que la fe en él les impondrá.  Él les dice: «La paz les dejo, mi paz les doy». Es evidente que no se trata solo de un saludo. Es un don, el don que el Resucitado quiere hacer a sus amigos, y al mismo tiempo es una consigna: esta paz, adquirida por Cristo con su sangre, es para ellos, pero también para todos nosotros, y los discípulos deberán llevarla a todo el mundo. El próximo domingo celebraremos la ascensión y leeremos la continuación de este texto; será el mismo Jesús que, al invitarlos a recibir su paz y a no acobardarse, les dirá: “vayan por todo el mundo…” y sepan que estoy con ustedes; sepan que no los dejaré solos porque si me aman, yo permaneceré en ustedes y los llenaré de la fuerza de mi espíritu. Lo que hoy escuchamos es, por un lado, un saludo de despedida, pero, por otro lado, la certeza de que nunca nos abandonará: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.

Jesús comprende que el anuncio de su salida dejará en sus discípulos miedo y desorientación, por ello quiere mostrarles aquellas realidades que les harán vivir y experimentar su presencia, esa “permanencia en su amor” que les dará la capacidad de seguir dando frutos, frutos de vida nueva en él. “Y haremos morada” en todo aquel que permanezca en nuestro amor. Si bien la despedida nos entristece, estas palabras nos llenan de esperanza y de consuelo: él permanece con nosotros. He ahí la gran verdad del evangelio de hoy, de esta buena noticia para el mundo: Dios siempre está presente en medio de nosotros. Una pregunta nace en nuestros corazones ciertamente como les pasó a los apóstoles; si permaneces con nosotros, ¿entonces en dónde te podemos encontrar? ¿Cómo permanecer unidos a ti, Jesús, nuestro Señor? En los textos del hoy, parecería que Jesús nos responde y nos exhorta para ir a encontrarlo ahí, en esos lugares donde se hace presente.

Permítanme enumerar estas presencias, sin pretender dar un orden de prioridad. De hecho, lo importante no es señalarlas para escoger “aquella” que más me interese; no, pues todas se complementan en nuestra vida cristiana, y en todas debemos encontrarlo a él y seguir viviendo de esta fe nuestra que es “encuentro vivo y efectivo” con Jesús.

+ Primero: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él». La Palabra de Jesús guardada en el corazón. Precisamente el Evangelio de hoy insiste en ello. Que importante, hermanos y hermanas, es que le demos importancia a la meditación de la Palabra de Dios. Ahí lo encontramos, ahí lo escuchamos. El Concilio Vaticano II, citando a San Jerónimo, nos recuerda: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» y añade: «Recuerden que a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras».

+ Segundo: «Haremos en él nuestra morada». El interior de cada uno es el lugar habitado por el Espíritu de Jesús. En lo más profundo de ti mismo, en lo mejor de ti mismo, en el fondo de tu ser, de tu conciencia... puedes experimentar su presencia vivificadora, luminosa, fortalecedora. En concreto, hablemos de la oración personal, cerrando la puerta de tu cuarto y escuchando en silencio, te permitirá escuchar su voz. Recordemos, somos templos de Dios, como dejó dicho San Pablo. Escuchar tu consciencia…, hoy en día hemos perdido la capacidad de escuchar la conciencia.

+ Tercero: La Eucaristía. Sobre todo, se refiere a celebrar juntos la cena del Señor. No es por casualidad que estas palabras íntimas de despedida fueron pronunciadas en la última cena. Los hermanos, compartiendo el mismo pan y la misma mesa, con un solo corazón y una sola alma, unidos entre sí, he ahí uno de los lugares por excelencia de encuentro con él. A ello se refiere insistentemente usando el verbo «permanecer». El que permanece en mí, el que está unido a mí como la vid a los sarmientos, el que come de este pan...

+ Cuarto: El pobre, el enfermo, el hambriento, el migrante, el preso son también sacramentos de Jesús. Son lugares sagrados donde, al acogerlos, estamos acogiendo al mismo Jesucristo. Recordemos: Tuve hambre, sed, estuve enfermo... cualquier cosa que hagas a uno de ellos, a mí me lo hiciste. La caridad como atención, servicio, compañía, alivio... son la ocasión de poder encontrarnos con él.

+ Y quinto: Jesús les ha anunciado que «cuando dos o más de ellos se reúnan en su nombre, allí estará en medio de ellos». La comunidad fraterna, el grupo de apóstoles que se aman entre sí, que se reúnen en su nombre, que dan testimonio del Resucitado, que oran juntos, que comparten sus bienes, que meditan y disciernen juntos, que parten juntos el Pan... es el «lugar» de su presencia, donde acudimos para encontrarlo.

Estimados hermanos y hermanas, Jesús sube al Padre, el próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor, y junto con ello escucharemos su mandato: “vayan a todo el mundo y prediquen la Buena Nueva”, la buena noticia de un Dios que ha venido para permanecer en nosotros, se hizo hombre, murió y resucitó trayéndonos a todos un estilo de vida que nos da plenitud y testimonia el inicio del Reinado de Dios, porque él permanece siempre con nosotros. Vivamos, pues, en íntima unión con él y vayamos siempre al encuentro, pues él está con nosotros.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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