
¿Quién es Jesús para mí?
Estimados hermanos y hermanas, la liturgia de este domingo nos pone ante un Jesús que nos pregunta a cada uno qué significa él para nosotros, y no nos pide respuestas hechas con palabras, sino con hechos. Nos cuestiona ante la imagen que de Él tenemos. Y sobre todo nos sitúa ante nuestra propia identidad. Frente al que sube a Jerusalén para entregar su vida, “traspasado por amor”, ¿quién eres tú? ¿Qué dices de Él y de ti mismo? De nuestra respuesta dependerá también nuestro seguimiento, nuestra manera de vivir nuestro cristianismo.
Jesús quiere definirse delante de sus discípulos, para que también ellos se definan ante él. En los grandes momentos de la Historia, el gran reto para el ser humano es definirse, hablar de sí mismo y hacerlo en comunión con otros. Definirse es siempre una aventura fascinante. De hecho, una de las manifestaciones de una sociedad en crisis, de una persona en crisis, es su incapacidad a autodefinirse, la incapacidad a responder una pregunta muy simple: ¿Quién soy yo? ¡Cuantas personas en nuestros días viven sumidas en depresión, en angustia, porque simplemente han perdido su propia identidad!
En el evangelio de hoy, Jesús quiere definirse y ajustarse cuando está a punto de comenzar la subida a Jerusalén, que le llevará a su pasión y muerte. Es por ello que pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Jesús quiere escuchar y replantear su existencia en torno a su proyecto de vida, Jesús no quiere salvar a los discípulos sin ellos mismos, sin un compromiso; como bien dijo san Agustín: “El Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti”. Jesús pregunta por qué es importante para él escuchar, para poder definirse y presentarse como en verdad es, ante sus discípulos, para que ellos también puedan definirse ante él. Las primeras respuestas, aun si manifiestan una concepción positiva y esperanzadora sobre la persona de Jesús, son incompletas y no llegan a manifestar la razón profunda del misterio que se revela en la persona de Jesús, porque todas ellas carecen del elemento fundamental que define a Jesús: su entrega por amor hasta dar la vida por la humanidad. No se puede afirmar nada sobre él que no venga corregido por el tema de su pasión, muerte y resurrección.
Ante la respuesta incompleta y desvirtuada, dada por los demás, Jesús insiste con sus discípulos. La pregunta es directa y personal. La respuesta está cargada de suma importancia para Jesús. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. De esto dependerá todo para ellos; aquí se juega su identidad como discípulos.
Hermanos, hermanas, la pregunta es dirigida a los discípulos, los de entonces y los de ahora, y no es posible rehuirla. Ante todo, ¿Quién es Jesús para mí? Meditemos y pongamos atención a nuestra respuesta. ¿Podemos decir que Jesús es nuestro Salvador, cuando seguimos viviendo presas de nuestros miedos y complejos? ¿Qué nos liberó de nuestros pecados, cuando estos siguen siendo los grandes tiranos de nuestro corazón? ¿Qué Jesús es el Redentor, cuando nos descubrimos tan esclavos de los ídolos del mundo como los no creyentes? ¿Qué es el Hijo de Dios, cuando dicha filiación no deja de ser más que un concepto teórico, “metafísico”, que nada tiene que ver con nuestras experiencias de todos los días? Jesús plantea una pregunta que marca nuestra existencia. Podemos dar respuestas generales, ya sabidas, de “librito”, de catecismo, incluso obteniendo un 10 en doctrina cristiana, pero, tal vez, un 0 en discipulado. Jesús desea que cada uno de nosotros de una respuesta desde su propia vivencia, desde ese trato personal con él, a pesar de los momentos de luz y de sombras, a pesar de los fallos que uno pueda tener. Por supuesto que te puedes limitar a las respuestas que otros cristianos han dado, que los maestros del catecismo te dieron, pero, ciertamente, para ser discípulo, misionero, …no será suficiente. Es necesario una respuesta que viene de tu propia experiencia, siempre llena de los matices únicos y personales de tu relación personal con Jesús.
Además, la respuesta justa solo se podrá dar desde la fe, desde la propia experiencia de fe que se hace en el camino del discipulado. La fe es antes que nada seducción, encantamiento, fascinación por una persona cuyo poderosísimo atractivo ejerce sobre nosotros la fuerza de un gigantesco imán que nos atrae, nos pone en movimiento, nos pone en seguimiento. Es así como se comprende la invitación de Jesús a Pedro, después de su respuesta magistral: “Tú eres el mesías de Dios”, y Jesús le dice: “no se lo digas a nadie, solo ven y sígueme”. Y añade aún más: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”. Para conocer y definir quién es Jesús, no es necesario un estudio de nociones, sino una vida de discípulo. Solo caminando con Jesús aprendemos quién es Él, y este aprendizaje, hecho en el camino, engendra en nosotros esta fascinación, este amor, esta identificación con él. Solo quien sabe definir desde el amor quién es Jesús, podrá definirse a él mismo como discípulo suyo. Porque seguir a Jesús implica, paulatinamente, la asunción de sus valores, de su percepción del mundo y de la vida, de sus gustos y sus preferencias, de su obsesión por llevar adelante el proyecto del Padre, de su vida, en una palabra.
Hermanos y hermanas, Jesús hoy también nos hace esa pregunta: ¿Quién soy yo para ti? Jesús necesita que volvamos a definirlo de nuevo, como lo hizo Pedro y los discípulos, nuestra respuesta pide una actualización en cada momento de nuestra vida. ¿Quién es Jesús para ti hoy, en estas circunstancias concretas? ¿Cómo te defines ante el camino de la Cruz que quiere vivir en el presente de tu historia? Nuestra respuesta solo será auténtica cuando aceptemos seguirlo por el camino de la cruz, por el camino de la generosidad, de la donación y del servicio.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

