
Un encuentro que renueva y envía: “es el Señor”
Antes de entrar en la reflexión, saco a relucir un signo que envuelve este tercer domingo de Pascua; hace pocos días asistimos al entierro del Papa Francisco, y en unos días más dará inicio el cónclave que elegirá al nuevo Pontífice. Seguimos orando con toda la Iglesia, esta semana es clave; pero, aquí el signo, en este contexto, el evangelio de hoy nos presenta la llamada del primer Papa, san Pedro. ¿Casualidad? No, “Diosidencia”, sí, es el paso de Dios por nuestra vida. Porque Él siempre está ahí, es él quien guía la Iglesia, aunque a veces nos cueste verlo, gracias a Dios tenemos su Palabra que siempre nos ilumina.
Retomando, llevamos ya tres domingos de Pascua, en cada uno hemos escuchado un relato de aparición del resucitado. El Evangelio de hoy nos narra la tercera aparición de Jesús. Esta vez se aparece a siete de sus discípulos junto al lago de Tiberiades. El relato de hoy, como en los otros domingos, está lleno de simbología, lleno de enseñanza, lleno de luz; pongamos atención en tantos detalles.
Se encuentran siete apóstoles que serán testigos de la aparición del Señor. El siete ha sido siempre el número de la perfección, signo de totalidad, indicando que la evangelización es tarea de toda la comunidad. Entre ellos, Pedro, de él surge la iniciativa para volver al trabajo. Al oír esa propuesta, los otros se unen. No pescan nada. Se suben a la barca “sin Jesús”, la pesca la realizan en la noche y, por lo tanto, se convierte en una pesca infructuosa. Entonces, nos dice el evangelista Juan (Jn 21, 1-19), Jesús “se les manifestó”, se hizo ver, pero al principio no le reconocieron. Fue “el discípulo amado” el que le reconoció y lo manifestó a los demás discípulos: ¡Es el Señor! Entonces escuchan la voz del Señor y siguen su orden: “echen la red a la derecha”, cuando escuchan a Jesús y siguen sus indicaciones, las redes se desbordan; solo con Él la evangelización dará fruto, sin Él y su Palabra nuestras redes estarán siempre vacías y nuestros esfuerzos vanos. Otro particular, el número de peces, 153 y grandes, recordemos que para los antiguos esas eran las especies de peces que existían en los mares; esto simbolizando la plenitud y universalidad de la misión de la Iglesia, la totalidad de los hombres y mujeres destinatarios del evangelio, sin distinción de lengua, raza, sexo o condición social. Un símbolo más, sutil, pero significativo, Pedro está desnudo, símbolo de debilidad, antes de reconocer a Jesús; cuando lo reconoce “se ciñe la túnica” símbolo de servicio, se tira al agua (gesto de dar la vida) y, llegando a la orilla, se sienta a la mesa para compartir el fruto de la pesca, es decir participar en el banquete del Señor y de los hermanos en el cual la Iglesia siempre está llamada a poner su parte. Jesús les prepara un pescado y pan en las brasas, pero les pide “traer algunos pescados”. No podemos confiar toda la misión a Jesús y su acción salvadora, él nos prepara un banquete donde el aporte de nuestros esfuerzos de evangelización son también parte importante. Este primer momento de encuentro con Cristo termina con una comida, a la orilla del mar, ahí Jesús repite el ritual de la multiplicación de los panes, que es el mismo de la última cena y de Emaús: toma el pan, luego el pescado, y se lo da. La Eucaristía, siempre presente como lugar de encuentro con el resucitado, encuentro que nos prepara a la conversión y a la misión, encuentro que nos nutre y nos transforma en apóstoles con un corazón ardiente prontos para la misión.
El texto tiene una segunda parte, también llena de significado, más aún en esta semana del conclave. En ella Jesús confía la responsabilidad y primacía de la comunidad a Pedro, sobre una triple confesión de amor, que recuerda la triple negación en la pasión. “¿Me amas más que estos?” Apacienta mis corderos. "Sígueme “. A las tres negaciones se contraponen tres afirmaciones de afecto. Contra los “noes”, los “síes”. Se trata de una cuestión de amor. De igual manera, “El discípulo amado” es el que reconoce a Jesús en la orilla y se lo indica a los demás, movido por esta realidad profunda e interior, el amor a Jesús. Desde este momento, ellos son conscientes de que el amor será el signo y fundamento de la comunidad y lo que logrará que la red no se rompa. Fue el amar “más que estos” lo que transformó, al Pedro de la espada y de la ambición de los primeros puestos, en discípulo y pastor. Es el amor que hará de los discípulos verdaderos, testigos, valientes y comprometidos por el Reino, capaces de enfrentar al sanedrín y decir con toda claridad: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”. El encuentro con Cristo resucitado los transforma y los hace capaces de ir por todo el mundo y anunciar: “Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que lo obedecen” (Primera lectura).
Hermanos y hermanas, hoy Jesús quiere hacernos la misma pregunta a cada uno de nosotros, a los miembros de su Iglesia: ¿me amas más que estos? Hoy podemos preguntarnos: ¿es el amor lo que nos mueve, a nosotros, los discípulos?; ¿es el amor quien rige nuestras relaciones y quien inspira nuestras actitudes y decisiones, nuestras normas e instituciones? La Palabra de Dios, en particular la primera lectura, insiste en la misión evangelizadora como la tarea esencial y permanente de la Iglesia, desde su inicio. Pedro proclama la esencia del mensaje cristiano: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús y lo constituyó Señor”. Esta convicción profunda de fe, convierte a los discípulos en apóstoles de la Resurrección: “nosotros somos testigos de esto”. Y nada los espanta, ni siquiera las prohibiciones, ni las persecuciones les quitan ese impulso evangelizador, porque, dicen ellos: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y nosotros, hermanos, ¿cuál es nuestra actitud ante la inmensa tarea de evangelización que el mundo de hoy necesita? Termino ciertamente recordando una afirmación de nuestro difunto papa Francisco: “¡Que nadie les robe la alegría de seguir a Jesucristo y la valentía de proponerlo a los demás como camino, verdad y vida!” (1 diciembre 2017).
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero xaveriano

