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27 Abril 2025
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La Palabra

II Domingo de Pascua - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”

Jn 20, 19-31

Estimados hermanos, llevamos ocho días celebrando el acontecimiento de la Resurrección, hace apenas una semana escuchamos con alegría el anuncio de su resurrección y durante toda la semana nos hemos dejado contagiar por el testimonio de los testigos oculares de la resurrección. Fue un acontecimiento que repercutió de tal manera en quienes vivieron la experiencia de encuentro con Jesús resucitado, que transformó sus vidas: pasaron de vivir con miedo a exultar de alegría, de estar encerrados a sentirse enviados, de vivir en la incertidumbre a poder ver y tocar a su Señor, de no ver a creer, de creer a vivir dando testimonio.

Nosotros también estamos invitados a recorrer este itinerario de fe, hoy en este mismo domingo segundo de Pascua, hoy, «el día del Señor», además, celebramos la misericordia que el Señor ha tenido con nosotros al hacernos testigos de la resurrección de su Hijo, hoy, acogemos su «paz» (Evangelio: Jn 20,19.21.26), recibimos su «Espíritu Santo» (Jn 20,22) y somos «enviados» a dar testimonio de lo que «hemos visto y oído» (1 Jn 1,3).

Quisiera insistir sobre este itinerario y sus pasos, porque este itinerario inaugura un nuevo tiempo en el que el Espíritu impulsa y sostiene a la comunidad, tanto aquella primera de discípulos y seguidores que oyeron, vieron y tocaron a Jesús durante su vida, como todas las que posteriormente sentimos su presencia viva y eficaz. Y ojalá nuestra comunidad hoy, tú y yo, realicemos este mismo itinerario de fe.

El encuentro con Cristo resucitado nos hace, pues, experimentar su misericordia, superar nuestros miedos, nuestras traiciones, nuestras “puertas cerradas”, y provoca en nosotros este itinerario de fe; meditemos sobre esos tres pasos que las lecturas de hoy nos presentan:

  • Vivir de la paz de Cristo. Esta es la primera consecuencia del encuentro con el resucitado, la transformación personal, no en otra persona, sino en la misma, pero con un impulso nuevo, el del Espíritu que nos saca de nuestro pequeño mundo y nos envía a los demás, a un mundo que necesita oír y vivir «paz a vosotros». En tres ocasiones Jesús dirigió estas palabras a los discípulos reunidos: “La paz esté con ustedes”. La paz que les desea Jesús es el fruto de la presencia poderosa de Dios. Con la Resurrección de Jesús ha comenzado la nueva y definitiva etapa de la historia. El Reino ya está aquí. Si los apóstoles se sienten perseguidos y atemorizados, si nos sentimos nosotros de esa manera, no hay razón para ello. La paz de Dios está con nosotros y ella nos da esperanza, nos da fuerza para reconstruir la humanidad bajo el signo de su amor. La paz de Jesús no es la ausencia de conflictos, sino la manifestación y concretización del amor manifestado en la cruz que nos hace vencer el odio con el perdón, la maldad con el bien. Por algo Jesús les muestra las manos y el costado inmediatamente después de saludarlos con estas palabras de Paz. La paz de Cristo es, pues, el amor, el perdón, la misericordia, la bondad. Soñemos y trabajemos por una humanidad “pacificada” por este amor.
  • Recibid el Espíritu Santo: Dice el texto del evangelio que «sopló sobre ellos» (Jn 20,22) para transmitirles el Espíritu Santo. El verbo «soplar» es el mismo que se utiliza en el Génesis (2,7) para el aliento de vida que Dios insufla al hombre. Con aquel aliento el hombre se convirtió en un ser viviente y con este nuevo soplo de Jesús el hombre es re-creado, re-animado para realizar su fe y su vida. ¿Por qué seguir entonces “a puertas cerradas”, temerosos ante el mundo violento en el que vivimos? Él es nuestra fuerza. Vivamos así, recreados, renovados, reanimados y enfrentemos todos esas realidades de muerte. Él está vivo.
  • Como el Padre me envió, yo os envío: Tras la resurrección de Jesús, la nueva vida del discípulo tiene una misión específica: «como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). La misma misión que realizó Jesús en su vida es la que encomienda a los primeros discípulos: sanar, perdonar, anunciar el triunfo de la vida, llevar paz… Somos enviados de la misma forma que el Padre le envió. Hay que seguir dando a conocer y haciendo presente al Dios de la vida, al Dios de los pobres, al Dios del Amor. Y ya que Jesús se tomó en serio aquel encargo de su Padre, con lágrimas y sangre, porque nosotros los hombres lo necesitábamos; hoy es Dios mismo que confía y espera de nosotros lo mismo. Hoy nosotros somos los enviados para manifestar nuestra fe en esta misma misión.

Estimados hermanos, el encuentro con Cristo resucitado hace de nosotros misioneros de la misericordia, promotores de paz, constructores de una nueva humanidad. En este domingo de la misericordia, la voz de Cristo resucitado es clara: “Como el Padre me envió, yo os envío”. Vayamos, que el mundo, nuestro mundo, nuestra sociedad mexicana, sedienta de paz, necesitada de misericordia, y urgencia de renovación, sienta la presencia de Cristo resucitado. No podemos más seguir así.

Esta misión la podemos comenzar en nuestra misma realidad, como nos invitaba nuestro querido y tan amado papa Francisco, que en su gloria esté: “Yo, aquí donde vivo, en la familia, en el trabajo, en mi comunidad, ¿promuevo la comunión, soy artífice de reconciliación?” ¿Me comprometo a calmar los conflictos, a llevar perdón, donde hay odio, paz, donde hay rencor? ¿O caigo en el mundo de las habladurías, que siempre matan, siempre? Jesús busca que seamos ante el mundo testigos de estas palabras suyas: ¡La paz esté con ustedes! He recibido la paz: la doy al otro”. (Homilía del Papa Francisco, Domingo de la misericordia divina, 2022). Vamos, pues, adelante en nuestro itinerario de fe, trabajando por la paz, la misericordia y una nueva humanidad centrada en él, el Cristo vivo, “para que, creyendo, tengan vida en su nombre”.

Termino con una exhortación; como vimos en la primera lectura, los primeros cristianos estaban unidos, y se reunían para orar. En estos días, después de la muerte del Papa Francisco, y a la espera del cónclave para elegir al nuevo papa, todos los católicos estamos invitados también a unirnos en la oración, por su eterno descanso y por el futuro de la Iglesia. Es algo necesario hacer a lo largo y ancho del mundo; en nuestras familias, en el trabajo, en casa, personalmente: vivamos este periodo en oración, en súplica y en alabanza.

P. Rubén Antonio Macias Sapién sx

Misionero Xaveriano

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