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5 Abril 2025
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La Palabra

V Domingo de Cuaresma - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan?"

Jn 8, 1-11

Estimados hermanos y hermanas, ya estamos en el quinto domingo, nos acercamos casi al final de la Cuaresma. Hoy nuevamente Jesús nos invita a dejarnos envolver por su mirada llena de misericordia ante nuestros pecados, y, movidos por esta su mirada que todo lo renueva, nos invita a salir del pecado y comenzar una vida nueva.

El evangelio de hoy (Jn 8,1-11) nos presenta el encuentro de Jesús ante una mujer que ha sido “pillada” pecando y que, según la ley debe de ser apedreada. Todo está a punto para su condena: el delito evidente, los testigos, las piedras en las manos y la Ley que mandaba matar. Jesús: "¿tú qué dices?", le preguntan los fariseos acompañados de una turba de gentes dispuestas a aplicar la ley. ¿Tú qué dices, Jesús? Ante el pecador, ¿cuál es tu actuar? ¡Cómo nos hará de bien conocer su respuesta! Sobre todo, nosotros que nos sentimos pecadores y que, en nuestra Cuaresma, queremos convertirnos. ¿Jesús, ante mis faltas, tú qué dices?

Les invito a descubrir la respuesta de Jesús, no solo en lo que dice, sino en lo que hace; les invito a meditar sobre su manera de mirar, pues en sus ojos podemos encontrar tantas respuestas a esta pregunta. Así es, hermanos, ¡Qué distintos los pensamientos de Dios a los que nosotros tenemos! ¡Qué distintas nuestras miradas, sobre el mundo o sobre las personas, a las que Dios posee! ¿Por qué será? Igual que la semana pasada, cuando el padre misericordioso acogió a su hijo, a pesar de su comportamiento a todas luces reprochable. Es que la misericordia de Dios es tremenda, paciente, inalcanzable de momento para nosotros. Tiene corazón de Padre, manos que siempre acogen y ojos que solo miran con amor.

Retomando la escena del evangelio; los fariseos le hacen la pregunta: ¿tú qué dices? Jesús no dice, "Jesús hace". Y lo primero que hace es callar, dar tiempo al silencio, esperar. Da una oportunidad a los acusadores para que miren la situación de otro modo, con calma, con otros ojos; su mirada es de odio, es de desprecio, miran a esa mujer con indiferencia, incluso ni su pecado les es importante, la han usado siempre y ahora la quieren usar para poner una trampa a Jesús. En ese momento Jesús “baja la mirada”; Él no entra en esta dinámica de odio. Guarda silencio y se pone a escribir en el suelo mientras los acusadores lo interpelan buscando ponerlo a prueba. Los silencios de Jesús son elocuentes porque dicen tanto sin palabras.

Pero ellos insisten, los fariseos y la multitud grita; entonces Jesús se incorpora y mira a los acusadores. Les invito a imaginar la escena: Jesús mira a la multitud, es una mirada penetrante que toca el corazón. Con su mirada, Jesús les invita a mirar de una manera diferente: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”. Y nuevamente baja la mirada. Jesús, con su mirada misericordiosa, también dirigida a ellos, los acusadores, los invita a una toma de consciencia del propio pecado. Y es que el reconocimiento de la propia pecaminosidad es el primer paso en el camino de liberación, esa liberación que Jesús vino a traer, no solo en beneficio del pecador, sino también de aquel que toma la posición de juez y condena al pecador. Jesús no solo les hace la invitación a cambiar su manera de mirar a la pecadora, los ha invitado también a mirarse a ellos mismos y a descubrirse hermanados con ella por una fragilidad semejante. ¡Qué grande es la misericordia de Dios!, pues hace que el pecado de esta mujer se convierta en una oportunidad para la solidaridad y el crecimiento hacia la misericordia que sus oyentes necesitan. Gracias a la acción de Jesús, todos, los fariseos y la misma mujer pecadora, todos emprenden un camino orientado hacia la esperanza que el perdón de Dios nos trae. Todo se puede recomenzar; ya no es el odio, la venganza lo que los tiene ahí, sino la fraternidad, esa que renueva todo.

Ellos pues, al mirar con otros ojos a la mujer, al mirarse ellos mismos con otros ojos, dice el texto, “comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos”, la mirada de Jesús los ha liberado de su odio, los ha liberado de su actitud de juez y se retiran. Cuando todos se han ido y solo queda la mujer, entonces Jesús la mira. La mirada de Jesús es creadora. La restituye a la existencia. Despierta lo más auténtico de ella. Saca a la luz lo bueno que hay en su corazón. Es una mirada sanadora que ofrece el perdón. Es una mirada que hace libre y permite a la mujer emprender un nuevo camino en la vida. “Mujer, ¿Nadie te ha condenado? Nadie Señor. Y Jesús le dice: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

El diálogo final entre Jesús y la mujer tiene una ternura especial. Ella necesita, por encima de todo, que la reconstruyan: Estaba destrozada. No había abierto la boca. Y Jesús la renueva: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, yo voy a realizar algo nuevo» (Primera lectura: Is 43,16-21). Lo importante no es lo que ha pasado, sino lo que tiene que brotar, lo nuevo. Ella necesita un camino en su desierto, un río en su vida seca. La misericordia experimentada en la mirada de Jesús le abre ese camino; ella también se retira, pero renovada, lista para vivir finalmente una vida de dignidad, una vida según el proyecto de Dios.

Hermanos, meditemos y apliquemos a nuestra vida este pasaje. Nosotros también hoy, este domingo de Cuaresma, estamos invitados a dejarnos renovar por la mirada misericordiosa de Jesús. Es Cuaresma y Jesús nos propone caminar hacia la Pascua con un corazón renovado, con un corazón liberado gracias a su misericordia. Ponte, hermano, hermana, frente a Jesús y, liberado por su mirada, renueva tu vida cristiana, es Cuaresma, pronto llegará la Pascua, pronto llegará nuestra liberación. Caminemos, pues, hacia la nueva vida que Jesús resucitado nos trae.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

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