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16 Marzo 2025
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La Palabra

II Domingo de Cuaresma - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“… y subió a un monte para hacer oración”

Lc 9, 28-36

Queridos hermanos y hermanas, en este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta, como cada año el pasaje de la transfiguración; estamos iniciando la Cuaresma y se nos invita a descubrir los elementos indispensables para poder seguir a Jesús en el camino hacia la Pascua y uno de ellos, en el evangelio de hoy es la oración (Lc 9, 28-36). Entre los tres evangelistas que nos narran este episodio, Lucas es quien subraya más intensamente a Jesús orante, el Hijo que está permanentemente unido al Padre a través de la oración y que, de esta manera, vive los momentos más importantes de su misión, en unión continua con su Padre.

El texto de hoy comienza con este particular: “Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración”. Recordemos que Jesús acaba de anunciar su pasión ante los discípulos, acaba de manifestar ese paso trágico y doloroso. Jesús tiene necesidad de orar y para ello, “se hace acompañar”. Veamos en esto, hermanos, una invitación que tiene todo su sentido para los discípulos y para su vida de seguimiento de Jesús. Al hacerse acompañar por sus discípulos, Jesús traza para ellos una ruta de la que no deberán separarse nunca, ni siquiera en los obscuros momentos de la pasión y de la muerte. Por eso, más tarde, en la terrible experiencia del Getsemaní les volverá a insistir en la necesidad de aferrarse a la oración como única posibilidad para aceptar y aferrarse a la voluntad de Dios en medio del sinsentido y del fracaso que se aproximan. Jesús lo sabe y por ello nos pide acompañarlo; en la vida cotidiana el seguidor de Cristo está invitado permanentemente a “subir al monte, a orar”, afín de poder juzgar la realidad desde la perspectiva de la fe. Solo en la oración podremos descubrir la belleza de nuestra vocación, aun si nos espera el camino de la cruz. Hermanos, cuando menos se ora, menos claramente se percibe el rostro glorioso de Cristo. Y menos relevante va siendo su persona y su mensaje. Cuando menos se ora, menos se escucha la voz del Padre que nos entrega a su hijo para poder vencer con paciencia y esperanza las dificultades de la vida.

Aprendamos de Jesús, hermanos, de su manera de orar. En la escena evangélica de hoy, Jesús necesita «recargar» las baterías porque se acercan momentos difíciles, y también discernir lo que debe hacer. No solo debe curar a los enfermos, o hacer el bien a los demás, Jesús necesita entrar en intimidad con el Padre, más aún, ante el inminente camino a Jerusalén, ante la Pascua que aproxima, Jesús sube al monte “para hacer oración”.

En su oración están presentes «Moisés y Elías», nos dice el texto del evangelio. Es decir: Su oración tiene que ver con la Escritura, con la Biblia. Ahí es donde busca luz. Las Escrituras contienen la Palabra que el Padre le dirige para su vida y su destino. Jesús no se deja atrapar por lo que le ocurre, «repasa» lo que ha vivido durante el día a la luz de la Palabra, y proyecta sus siguientes pasos..., siempre a la luz de la Palabra. Con Moisés y Elías «dialoga» sobre su muerte cercana, dice el texto, “hablaban del éxodo que debía realizar en Jerusalén”. La oración de Jesús no lo distrae de su misión, no lo saca de su realidad, al contrario, le da la fuerza para vivirla, para afrontarla con valentía y confianza.

Nos dice el texto que “mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes”. Es importante señalar que Lucas no habla de transfiguración, él nos habla de que hubo simplemente un cambio en el aspecto del rostro y de las vestiduras de Cristo. Lucas quiere resaltar que no hay un cambio en la realidad personal de Jesús, sino una nueva percepción de dicha realidad de Jesús por parte de sus discípulos. Es el mismo Jesús, pero la oración provoca en los discípulos ahí presentes una nueva manera de verlo. La oración provoca en ellos una cada vez más enriquecida percepción del Cristo, una más honda comprensión de su identidad, un acercamiento gradual a su verdad más profunda. A esto nos invita la Cuaresma, a comprender profundamente la verdad sobre Jesús.

Un último aspecto a profundizar. Dice el texto: Mientras Jesús oraba, se escucha la voz del Padre: «Este es mi hijo amado, escuchadle». Estas palabras nos revelan el contenido de la oración de Jesús: Profundizar en su condición de Hijo amado, mirar el rostro del Padre, asumir su voluntad... para vivir como Hijo en todas las circunstancias que van llegando. También en el fracaso, la derrota, el desprecio, la traición, la injusticia que está a punto de sufrir. Jesús ora y su oración lo lanza hacia adelante, hacia el cumplimiento de su misión, aun si esta implica la cruz, él se siente, se sabe Hijo amado. Por eso, aun si “se queda solo”, dice el texto, Jesús sigue su camino a Jerusalén, fortalecido por su oración.

Hermanos, la invitación de este segundo domingo de Cuaresma es clara; subamos también nosotros al monte con Jesús. ¿Pero en qué modo? Con la oración. “No nos cansemos de orar”, dice San Pablo; y añade también: “Subamos al monte con la oración: la oración silenciosa, la oración del corazón, la oración siempre buscando al Señor. Permanezcamos algún momento en recogimiento, cada día un poquito, fijemos la mirada interior en su rostro y dejemos que su luz nos invada y se irradie en nuestra vida”. (Ángelus, 17 de marzo de 2019) Dejemos que su luz transforme nuestra manera de verlo, de percibirlo y así, descubramos con más nitidez que él es el Hijo escogido, amado del Padre, al que hay que escuchar y seguir.

P. Rubén Antonio Macias Sapién sx

Misionero xaveriano

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