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2 Marzo 2025
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La Palabra

VIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Estén firmes y permanezcan constantes…”.

Lc 6, 39-45

Estimados hermanos y hermanas, en días pasados Jesús nos proponía un proyecto de vida al anunciarnos las Bienaventuranzas, después nos llamaba al perdón y al amor a los enemigos, concluyendo con ese gran ideal de vida: “sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. Continuando el discurso, llamado de la llanura, hoy (Lc 6, 39-45) nos propone una serie de sentencias de sabiduría humana o espiritual, sentencias que nos ayudan a poner en práctica, de manera concreta, las palabras que hemos escuchado en estas semanas.

La primera sentencia que Jesús pone a nuestra consideración es, por demás, un tema fundamental de la espiritualidad cristiana: el tema de la “ceguera” o “miopía” espiritual. Según la Biblia, el pecado ha dañado especialmente nuestra capacidad cognoscitiva, nuestra capacidad de “ver” las cosas de manera nítida, clara. El pecado nos hace ver de manera distorsionada, al punto de convertirnos en “guías ciegos”, en personas incapaces de ver sus propios defectos, incapaces de ver de manera justa los defectos del otro. La ceguera, según la Biblia, es la incapacidad para comprender la realidad desde la perspectiva de Dios, sobre todo del Dios misericordioso. La ceguera del corazón es producida por el pecado y por la dureza de nuestros juicios hacia los demás. Con Cristo, la ceguera se puede superar, su palabra es esa “Luz” que permite corregir la “miopía” del corazón humano y ayuda a ver las cosas en su justa dimensión, tal como Dios las ve y tal como son en realidad: “Lampara para mis pies es tu Palabra, luz en mi sendero” (Sal 118, 105). Para Jesús, el discípulo está llamado a purificar su mente con la luz del evangelio, que no es otra cosa que la persona misma y el mensaje de Cristo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en las tinieblas” (Jn 8,12); si somos iluminados por Cristo, podremos ser guías para nuestros hermanos: “Ustedes son la luz del mundo…” (Mt 5,14.16). Hermanos y hermanas, hagamos nuestra reflexión: ¿Mi manera de ver las cosas corresponde a la misma de Dios? ¿Qué tanta luz hay en mi visión de las cosas? Pronto comenzaremos la Cuaresma, una buena purificación de nuestro corazón nos ayudará a ver mejor. Seguir a Jesús, escuchar su palabra, serán para nosotros los medios para corregir “nuestras cegueras y nuestras miopías”.

Una segunda sentencia o consigna de sabiduría se refiere a nuestras acciones: “Cada árbol se conoce por sus frutos”. El hombre manifiesta su verdadera identidad a través de sus actos y de sus palabras. Así lo corrobora también la primera lectura que escuchamos hoy (Sir 27, 5-8): “el fruto muestra cómo ha sido el cultivo de un árbol…”. Nuestras acciones son el resultado de nuestras decisiones. Como seres libres, decidimos lo que queremos hacer y lo hacemos o no lo hacemos. Pero también nuestras acciones reflejan lo cultivado o no que está “nuestro árbol”, si lo hemos trabajado o no. Todo árbol bueno necesita ser podado, cuidado, alimentado, trabajado para que mantenga la calidad de sus frutos. ¡Qué hermoso sería si se nos conociera por nuestros frutos de bondad, resultado de nuestras buenas decisiones en la vida! ¡Qué importante es que mantengamos una vida espiritual fuerte que nos conserve siempre dando frutos buenos! Nuestro Señor nos invita a ejercitar el corazón, nuestros pensamientos y nuestras palabras, y las acciones también. Es el ejercicio de la bondad. Vencer el mal con el bien. Llenar nuestro corazón y nuestros pensamientos con bondad para ir por la vida viviendo esa bondad. Esta Cuaresma que vamos a empezar es una oportunidad única para ejercitarnos en la bondad, para mantenernos productivos, dando frutos de vida a nuestros semejantes.

Una última consigna viene relacionada con esta segunda: Cada árbol se reconoce por su fruto, decíamos hace unos segundos. En esta tercera consigna, Jesús nos recuerda esa realidad original, cuando Dios creó al hombre “y vio Dios que era Bueno” (Gen 1,31): “El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón”. Si el corazón va sacando el bien, la bondad, el perdón, la solidaridad, la generosidad, la paz, la justicia, la dignidad, el respeto... querrá decir que estamos en el camino correcto, que estamos trabajando “nuestro árbol”, nuestra vida espiritual, que estamos conservando nuestra esencia, pues el “hombre es bueno”. Y, esta bondad, se notará hasta en las palabras que salgan de nuestra boca. Hermanos y hermanas, aun si la realidad de tantos hombres nos hace pensar en la maldad, no es ella la que nos define. Dios nos creó para el bien y nos creó siendo buenos. Es esa la naturaleza que debemos recuperar, cuidar y multiplicar. El hombre de estos tiempos, marcados por la violencia, la inseguridad, el odio y el rencor, debe recuperar su identidad de bondad, porque así nos creó Dios. Es importante que la bondad regrese al corazón del hombre de este siglo, he ahí todo un programa para vivir en esta Cuaresma que estamos por comenzar.

En la segunda lectura (1 Cor 15,54-58) el apóstol Pablo nos invita a la esperanza, a no rendirnos, a pesar de las dificultades. Nos viene bien esta exhortación, sobre todo cuando a nuestro alrededor el mundo va como va. Pablo nos exhorta a trabajar, a ser levadura en el mundo, a participar en lo que pasa en este mundo, con la certeza de que todo el bien que llevamos a cabo, todo lo bueno que compartimos no se perderá. “Estén firmes y permanezcan constantes, trabajando siempre con fervor en la obra de Cristo”, sabiendo que los esfuerzos no son inútiles, cada pequeña gota de amor cuenta en el océano del Reino de Dios.

Pidamos al Señor que nos haga tener un corazón manso y humilde del que broten siempre los buenos frutos para su Reino.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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