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5 Enero 2025
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La Palabra

Solemnidad de la Epifanía del Señor (Ciclo - C)
P. Rubén A. Macias Sapién SX

“Epifanía: Buscar, encontrar, acoger, agradecer y adorar”

Mt 2, 1-12

Estimados hermanos y hermanas, la Iglesia nos invita hoy a permanecer en la alegría de navidad, al celebrar la fiesta de la Epifanía, que comúnmente llamamos la fiesta de los Reyes Magos. En esta solemnidad, celebramos la manifestación de Dios. Una manifestación no sólo a Israel, el pueblo elegido, sino a toda la humanidad, representada aquí por los Magos de Oriente que llegan a Belén para adorar al Rey de los judíos. Es una fiesta misionera, una fiesta que nos abre al mundo entero y nos recuerda que la salvación traída por Jesús no conoce límites; su amor por la humanidad no conoce fronteras. «Todas las naciones, Señor, se postrarán ante ti y proclamarán tus alabanzas», escuchamos en la primera lectura del profeta Isaías. Y en la segunda lectura, san Pablo, el apóstol de los gentiles, dice que el misterio que se le ha revelado «es que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio».  Esta es la Buena Nueva. Este es el sentido de la fiesta que celebramos hoy. Pidamos a Dios que en todos nosotros se fortalezca hoy este sentido misionero, esta visión universal de nuestra misión; no podemos encerrarnos en nuestra fe sin mirar al horizonte, sin aceptar como los reyes magos, seguir la estrella hasta los confines del mundo donde anunciar su llegada.

La fiesta de la Epifanía, en este año 2025 está también encuadrada en el contexto del año jubilar ordinario de la redención proclamado por el Papa Francisco y abierto apenas hace unos días en México, el pasado 29 de diciembre. En este año jubilar el papa nos invita a la esperanza, y sobre todo a ser capaces de buscar y encontrar los signos de esperanza, para, entonces nosotros multiplicarlos, proclamarlos y convertirnos así también en signos de esperanza para los demás; así nos lo pedía el papa: “es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Por ello, es necesario poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia”. (Bulla: Spes non confundit n. 7).

Meditando el evangelio que leemos en esta fiesta de la Epifanía me viene a la mente describir a los “magos” como “buscadores de signos”; personas sabias que “buscan” en las estrellas, en la Palabra de Dios y en las personas creyentes, esos signos que les hacen comprender la acción salvadora de Dios en acción. En este relato, más allá de todos los elementos folcloritos y piadosos descubro algunas actitudes de vida en los, así dicho, magos, que nos pueden ayudar en nuestra vida cristiana a ser buscadores de signos de esperanza, como nos pide el papa y por lo tanto continuar a iluminar nuestro mundo y nuestra sociedad tan necesitada de luz.

¿Cuáles son estas actitudes de vida? Las puedo resumir en estos verbos:  buscar, encontrar, acoger, agradecer y adorar el gesto del Amor de Dios manifestado en su hijo nacido en medio de nosotros. Para “buscar y encontrar” es necesario, en primer lugar “ponerse en camino”, incluso, en mitad de una noche oscura, y buscar estrellas que nos guíen. La noche está ahí: nos rodea a todos, y cada vez se presenta más oscura, temible y amenazante. El camino se hace caminando: dejando atrás comodidades, convicciones, ataduras, … Y en cuanto a las estrellas que guían…: las hay también, pero hay que buscarlas y luego seguirlas.

Permítanme insistir sobre estas actitudes de vida que se nos proponen en esta fiesta: “Hace falta ponerse en camino”: la actitud principal que los magos presentan es la “búsqueda”; ¿Dónde está el Señor, al que deseamos adorar? Preguntan en Jerusalén. Esa es la pregunta de todo buscador, puesto que en su corazón hay un grande deseo: encontrar, acoger, agradecer y adorar. Aún si tiene que toparse con la noche, con el frio, con el peligro, su deseo lo lleva a enfrentar todo y superarlo. Esta búsqueda se hace discerniendo, preguntando, alzando la mirada. Los magos van a Jerusalén preguntan al rey, pero tambien consultan la Palabra de Dios. Sólo en ella el hombre auténticamente buscador encontrará la dirección exacta que debe seguir para hallar al Cristo que tanto anhela. La Palabra es siempre “luz para los pasos” de todo buscador, como dice el profeta. Discernir, preguntar, alzar la mirada y descubrir los signos de Dios, he ahí la segunda actitud. Tener la capacidad para “ver surgir su estrella”; hermanos, Dios no deja de enviar señales a todos los hombres para atraerlos a Él. El problema es que ya no somos capaces de entender y ver esas señales, abrumados como estamos por el ajetreo de la vida cotidiana, por problemas inmediatos, por el bombardeo publicitario constante y las necesidades apremiantes de un consumismo voraz. Somos los hombres de la disipación, de la superficialidad, de la prisa y de lo pragmático. Ya no escrutamos los signos que proceden de lo alto. Ya ni siquiera nos damos cuenta de que están allí, en el firmamento de nuestra vida, para servirnos de señales llenas de salvación. Pero las señales están ahí, Dios nos sigue enviando sus estrellas para guiarnos hacia él.

Hermanos, hermanas, todos tenemos en nuestras vidas estrellas que se nos aparecen luminosas y nos muestran el camino a seguir, basta abrir los ojos, discernir. Pueden ser personas concretas, pueden ser acontecimientos que nos marcan, pueden ser vivencias que encienden algo especial en el corazón. Eso sí, hay que detenerse a contemplarlas, detenerse a mirar hacia qué dirección señalan, discernir con sinceridad si son auténticas y nos llevan por caminos de más amor y más humanidad, o luces falsas que nos llevan a la inautenticidad o al egoísmo. Y luego, por supuesto, seguirlas, como aquellos extraños Magos de tierras lejanas.

No quisiera terminar sin recordar otra actitud, que es consecuencia de las dos primeras: el gozo, la alegría. Para un buscador de Dios, sus señales producen siempre gozo, de modo que todo lo demás palidece, todo lo vivido, el camino andado, los peligros, las amenazas del poder, todo desaparece, solo permanece el gozo, el gozo al ver de nuevo la estrella, el gozo al encontrar al ser deseado y depositar a sus pies lo mas preciado que le puedan ofrecer: adoración, pues es Dios (incienso), obediencia pues es reconocido como rey (oro), y devoción pues es su redentor (mirra).

Busquemos a Dios hermanos para adorarlo: esa parece ser la fuerza mas honda que mueve nuestra alma. Dejemos que esta fiesta nos haga movernos en esa dirección, hacer de nosotros “buscadores que encuentran, acogen, agradecen y adoran a Jesús, el Salvador de todos los pueblos”.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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