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29 Diciembre 2024
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La Palabra

Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, José y María - Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien sx

¿No sabías que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?

Lc 2, 41-52

Estimados hermanos y hermanas, la liturgia nos invita hoy a contemplar, como continuación del Misterio de la Encarnación, la inserción del Hijo de Dios en la comunidad humana por excelencia, la familia, y la progresiva educación de Jesús por parte de José y María. Como dice el Evangelio, «Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,41-52).

Para este año, la liturgia nos invita a reflexionar el misterio de la Sagrada Familia utilizando el texto que comúnmente se ha llamado del “niño perdido y hallado en el templo”. Pero creo que podemos ir más allá de esta interpretación un poco simplista, puesto que Jesús ni se ha perdido, ni se ha escapado de casa, sino que se ha entregado a una causa que ni siquiera “sus padres”, en ese momento, pudieron comprender totalmente. La clave de este texto se encuentra en las palabras que Jesús dirige a María, por cierto, las primeras palabras que Jesús pronuncia, según el evangelio de Lucas: “¿no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”

La infancia de Jesús no está desconectada de su misterio de salvación, de su muerte y resurrección, de su misión en el mundo. De hecho, su entrada en la familia de Nazaret tiene como razón de ser ese crecimiento, esa preparación, ese proceso necesario en todo ser humano para poder alcanzar la misión a la cual ha sido enviado. Jesús vive en la familia de Nazaret para “ocuparse de las cosas de su Padre”, también ahí. Retomando el texto de hoy, Jesús se encuentra entre los doctores porque debe discutir con ellos las cosas que se refieren a los preceptos que ellos interpretan y que sin duda son los que, al final, le llevarán a la muerte y de la muerte a la resurrección. Es verdad que con ello el texto quiere decir que es el Hijo de Dios, de una forma sesgada y enigmática, pero así es. Como hemos insinuado antes, es la primera vez que Lucas hace hablar al “niño” y lo hace para revelar qué hace y quién es. Aun siendo pequeño, aun si está viviendo su proceso de crecimiento natural, su misión ya se está cumpliendo. Si hoy se ha escogido este texto de Lucas para la fiesta de la Sagrada Familia, es para ayudarnos a comprender y a considerar que el Hijo de Dios se ha revelado y se ha hecho “persona” humana en el seno de una familia, viviendo las relaciones afectivas de unos padres, causando angustia, no solamente alegría, por su manera de ser y de vivir en momentos determinados. Es la humanización de lo divino lo que se respira en este relato, como en el del nacimiento. El Hijo de Dios no hubiera sido nada para la humanidad si no hubiera nacido y crecido en familia, por muy Hijo de Dios que sea confesado; en verdad es el Hijo de Dios que se hizo hombre y aceptó entrar plenamente en nuestra humanidad y en sus procesos de maduración.  Jesús, pues, junto con María y José, quiere ocuparse de las cosas de su Padre; su familia en Nazaret es lugar adecuado para vivirlo en esta etapa de su vida.

La pregunta que me viene a la mente y que podríamos hacernos hoy es la siguiente: ¿Cómo ocuparnos de las cosas del Padre en nuestras propias familias? ¿De qué manera podemos hacer para que en nuestras familias podamos “ocuparnos” de las cosas del Padre? ¿Para que podamos aprender a ocuparnos de las cosas del Padre?

Parece que no es fácil vivir la realidad familiar en las actuales circunstancias. Tal vez nunca lo fue, pero, pese a eso, y ante la diversidad tan amplia de entender su realidad, es bueno afirmar que uno de los mejores testimonios que los cristianos podemos ofrecer en estos momentos de incertidumbre, es una vida familiar ‘sana’ garantizadora de la estabilidad y la fortaleza de sus miembros. No importa que determinadas corrientes e ideologías soslayen o hagan de menos el modo como los cristianos entendemos la vida en familia. Sí es claro que la familia, construida desde los valores que se hacen presentes en la familia de Nazaret, sigue siendo ese centro que puede garantizar crecimiento en “sabiduría, estatura y en gracia” a todos sus miembros.

Intentando dar unas respuestas, muy subjetivas y que cada uno, en su familia, debiera contestar también, permítanme proponer unas pequeñas pistas que creo son urgentes hoy:

  • Que los padres se amen y se apoyen y que los hijos sepan y vean que se quieren y maduran juntos.
  • El afecto de los padres hacia los hijos y viceversa. Demos menos cosas y ofrezcamos cercanía. Afecto supone atención personal a cada uno, cercanía, respeto, darles responsabilidades (sin darles tantas cosas hechas), exigencia apropiada, etc.
  • La comunicación: entre la pareja y con los hijos. Una comunicación que busque comprender, compartir experiencias, sentimientos, vivencias, inquietudes, proyectos, preocupaciones. Aprovechar todo momento, invertir en la comunicación es garantía de paz y relaciones profundas.
  • La coherencia entre lo que se dice o pide a los hijos y el propio comportamiento.
  • Por último, el cultivo de una fe más compartida por la pareja y por toda la familia; aprender a orar juntos, leer juntos la Palabra de Dios..., dialogar sobre la formación religiosa que se va recibiendo en la Parroquia y el Colegio, etc. Ofrecer humildemente el propio testimonio personal a los hijos...

Hermanos y hermanas, debemos ocuparnos de las cosas del Padre en nuestras familias, al celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret recordamos la misión de toda familia humana, recordamos y celebramos el grandísimo ejemplo de María, de José y del niño que nos ha nacido. Que la Sagrada Familia bendiga nuestros hogares y nuestros corazones.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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