
“Vino la palabra de Dios en el desierto”.
Estimados hermanos y hermanas, seguimos adelante en nuestro camino de Adviento, preparándonos para “salir al encuentro del Señor” que viene a salvarnos. En el Evangelio de hoy (Lc 3,1-6) se nos presenta una de las figuras típicas de este tiempo de Adviento, hablamos del precursor, de Juan el Bautista, a quien Dios le confió “preparar el camino del Señor”.
Una primera constatación son los detalles que el evangelista presenta para hablarnos del profeta, es decir lo presenta ubicado en ciertas coordenadas geográficas, políticas y sociales, porque el Dios que está por nacer no aparece en lo abstracto sino más bien se encarna en el mundo, en nuestro mundo y sus realidades, con una finalidad concreta: nuestra salvación. Lucas el evangelista afirma que “vino la Palabra de Dios”, no en el castillo de Cesar Tiberio, ni en el palacio de Herodes, ni en la mansión del tetrarca Filippo, ni mucho menos en el templo del sumo sacerdote Anás, ni Caifás sino más bien, la Palabra de Dios “vino en el desierto, sobre Juan”, dice el texto. Para san Lucas es claro: el centro de la historia de salvación no es el poder político mundial, en ese tiempo representado por Roma y por César Tiberio; ni el poder político y religioso local, representado por Pilato, Herodes, Anás o Caifás, sino la Palabra de Dios llega ahí en el desierto, en la sencillez de un hombre que busca a Dios y se dispone a recibirlo, a servirlo. La Palabra de Dios no se escucha en los palacios del poder, sino en el silencio del desierto, un lugar vacío e inhabitable donde el hombre encuentra su verdad y la verdad de Dios. Es ahí donde todo inicia, es ahí donde “vino la Palabra de Dios”.
En este segundo domingo de Adviento, la liturgia nos presenta la figura de Juan el Bautista y con ello nos invita a preparar nuestro encuentro con el Señor que viene nuevamente también a nosotros en este año al celebrar el misterio de la Navidad. Tres caminos concretos nos son propuestos para esperar a Cristo: el desierto, la conversión y el anuncio.
El desierto: sabemos que el desierto indica el lugar de la soledad y la penitencia, así como la oración y la reflexión. He ahí un camino concreto a vivir en estos días: El desierto es el lugar del silencio. Ese silencio que, en Adviento, puede ayudarnos a escuchar la Palabra de Dios. Es también el lugar donde se vuelve a lo esencial. No encuentras muchas cosas en el desierto. El alimento no se obtiene con facilidad, falta el agua, solo hay lo que es necesario para la vida. No hay carteles publicitarios, que tanto determinan nuestras elecciones, y nos hacen perder mucho tiempo y dinero con cosas superfluas. Si no volvemos a lo esencial, si no evitamos lo superfluo, la Palabra no puede descender sobre nosotros y encontrar eco. Juan recibe la Palabra “en el desierto”, ahí donde las condiciones son difíciles, ahí donde todo es tan simple, donde se vive despojado de todo, donde la soledad premia y la carencia agobia. Y ahí, en ese lugar y en ese contexto, una voz grita, ahí hay alguien que grita la esperanza.
Conversión: La segunda actitud o camino que se nos propone es ponernos en estado de conversión; y no solo de manera exterior o superficial, sino de manera profunda, se nos indica un cambio radical en nuestra forma de pensar y actuar. Las palabras citadas por Juan, parafraseando al profeta Isaías, son por demás elocuentes: “Preparen el camino, hagan rectos los senderos, los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano”. Ciertamente, lo que Juan pretende de nosotros implica una dura y gran transformación, no se trata de un simple cambio, un retoque, una “manita de gato” ... Abajar un monte y elevar un valle son auténticas «obras de ingeniería». No es una “conversión” de fachada.
Vale la pena preguntarnos: ¿Cuál será ese valle, ese monte que hay que transformar? No nos quedemos en la metáfora, vayamos a analizar nuestros comportamientos, ahí donde ciertamente tenemos necesidad de “rebajar” el orgullo, la presunción, la soberbia. Tenemos necesidad de superar nuestras visiones cortas, que nos sumergen en esos “valles” de nuestros proyectos demasiado cortos y cómodos, nuestras visiones que nos encierran. Se nos pide “enderezar los senderos”, dejar de “transitar” todo sendero que no me lleva a Dios y al prójimo, que me encierra en mí mismo y en esos laberintos del orgullo que no tienen salida. “Que lo escabroso se iguale”. Lo escabroso es incómodo, estremece, asusta, dificulta... Puede que haya en mí algo escabroso, desagradable, algo que aleje, que moleste a los demás. Y peor, puede que no me dé cuenta, aunque otros lo vean muy claro. Que lo escabroso se iguale: Ser más agradable, amable, suave, coherente, crear puentes, quitar estorbos, acoger, escuchar, atender... Lo que me aleja de los demás... me aleja también del Señor.
Por último, el anuncio o la misión: El cristiano que se ha convertido y ha experimentado la gracia del encuentro con Cristo ya no tiene miedo de hablar de Él, al contrario, lo anuncia con fuerza incluso en el desierto de la inmoralidad, de la soberbia; ahí donde se ha perdido el sentido de Dios y de la fe, ahí donde ya no se les da cabida a los valores fundamentales, sean humanos como trascendentales. El mensaje de Cristo lo debemos anunciar, aunque esto nos cueste el rechazo y el sacrificio, como fue en el caso del precursor, de Juan Bautista.
En fin, hermanos y hermanas, la Palabra de Dios viene a nosotros, en nuestros desiertos, y nos invita a la conversión para poder gritar de esperanza. Ojalá todos nosotros seamos “Juan el Bautista” para mucha gente en este Adviento, seamos esa “voz que grita de esperanza”. Ojalá todos juntos, toda la iglesia, gritáramos la esperanza, todos nos convirtiéramos en esta voz, esta sola voz en el mundo. Atrevámonos a soñar este domingo junto a Cristo, diciendo: “Rebaja tú los montes de nuestro orgullo, colma tú los valles de nuestra pobreza, de nuestra finitud. ¿Cómo saldremos adelante sin ti? Y haz que cada hombre y mujer, también por medio nuestro, pueda ver algo de la salvación que viene de Dios.
¡Buen segundo domingo de Adviento!
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero xaveriano

