“…ha echado todo lo que tenía para vivir.”
Las lecturas de este domingo, en especial la primera (1 Re 17,10-16) y en particular el evangelio (Mc 12,38-44), nos hablan de unos personajes comunes, que quizá vemos todos los días, que normalmente viven de manera sencilla, casi “invisible” pero, sin embargo, son indispensables, importantes, porque son generosos en el cumplimiento de lo que consideran su obligación, porque se dan por completo, lo dan todo sin pedir para sí la más mínima importancia, sin aplausos, con humildad, sin hacer ruido. Son personas anónimas, como las dos viudas de hoy. Anónimas, pero sus “dos moneditas”, ese “puñado de harina y el poco aceite” que les queda, nos hacen vivir, nos dan vida. Aprendamos de ellas.
A partir de la experiencia de estas dos mujeres viudas, el tema fundamental de la liturgia de este domingo lo podemos sintetizar en dos actitudes por demás importantes para vivir nuestra fe, es decir, la generosidad hasta el extremo y la confianza en Dios. La viuda de la primera lectura confía en la palabra del profeta y le entrega lo único que tenía para comer. Se fio del profeta que hablaba en nombre del Señor y, en adelante, no le faltó para comer. En el evangelio Jesús observa, mira lo que pasa, y tras observar valora. E invita a sus discípulos a mirar, a juzgar y a valorar.
Y a no permanecer pasivos después de juzgar y valorar. Pudiéramos decir que la página del evangelio de hoy es una pedagogía de la mirada. Jesús invita a mirar de otro modo, no como todos ven las cosas. Jesús nos invita a mirar a estas dos mujeres viudas, de hecho, es él el primero que lo hace, les pone atención, pero la manera de mirar de Jesús es muy diferente a la nuestra, que nos acostumbramos a quedar en la superficialidad, que nos dejamos “apantallar” por los vestidos suntuosos de quienes vienen al templo y arrojan a la alcancía lo que les sobra. Jesús, al mirar, procura comprender el corazón y la vida de las personas con las que se cruza. Su mirada es, por decir, contemplativa, abierta a la sorpresa, que no juzga de primeras, que acaricia con ella, que da confianza, que busca lo valioso de cada cual. Va mucho más allá de lo que hoy llamamos «empatía» y «simpatía». Aquella mujer viuda, y sabemos lo que significa en la mentalidad judía de ese tiempo, doblemente pobre por ser mujer y viuda, sin derechos, sin nombre, que se mueve ante las puertas del Templo, es "enfocada" por Jesús entre la «gente bien», rica, sabia, importante, bien vestida, y prestigiosa... Parece como si ella le robara toda su atención y, me atrevo a decir que, mientras la miraba con ternura, ciertamente en su corazón lleno de amor al Padre, brotó alguna oración al estilo de «te doy gracias, Padre, porque hay gente así, buena, generosa... ».
Aquella mujer agradó mucho a Jesús, y ¿por qué? Me viene esta pregunta. Ciertamente, porque Jesús se sintió identificado con ella. Jesús va caminando hacia Jerusalén, no lo olvidemos, ya ha dado todo a sus discípulos, ya solo le quedan “dos monedas”, las dos humildes monedas de su propia vida, para expresar su entrega absoluta a Dios y el abandono en sus manos, su amor sin condiciones y sin espera de recompensas, pues ciertamente aquel sacrificio suyo, el de la cruz, no tiene ni tendrá valor para los que no saben mirar como Dios mira. La ofrenda de la viuda pobre, casi insignificante, más que ser destinada a colaborar con el mantenimiento del templo, expresa su amor incondicional a Dios y su absoluta confianza en él. Este acto de la mujer viuda, con la que Jesús se identifica, simboliza toda la riqueza del amor, de esa entrega que Jesús está haciendo de su vida, pues el amor que Jesús propone se construye entregándolo todo, perdiéndose en la donación, confiando en la fuerza creadora del amor mismo, sin esperar nada a cambio, más que el triunfo solo del amor. Es un puro acto de salida, de entrega, de donación que tiene su validez en aquel a quien se entrega, al Dios en quien se confía y se ama. Esa es la manera de amar al estilo de Jesús, es la manera de amar de esta mujer insignificante a los ojos de todos los que están en el templo, menos de Jesús.
Nos dice san Marcos que, ante el testimonio de la viuda, Jesús, “llamando a sus discípulos, les dijo: yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado más que todos”. Jesús aprovecha la ocasión e invita a los discípulos a fijarse en ella, mirándola con «otros ojos». Ellos también estaban ahí, mirando ciertamente a aquellos ricos y sus vestiduras; Jesús les pide mirar, pero como él está mirando, les pide entrar en la misma profundidad y encontrar en esa viuda su modelo de vida, de servicio, de entrega. Jesús, que camina con ellos hacia Jerusalén, les pide dar, “no lo que les sobra”, les pide darse, echar “todo lo que tenía para vivir”. Es de esta manera como se puede seguir a Jesús y ser parte de su proyecto, solo dándose completamente, entregándose con amor y a la medida del amor de Jesús, un amor de total donación.
Hermanos y hermanas, aprendamos a mirar como Jesús mira, identifiquemos y agradezcamos a Dios tantos héroes anónimos, tantas personas que se dan por completo, de manera anónima a nuestro alrededor. ¿Y por qué no?... Ojalá tú seas uno de ellos, ojalá yo sea uno de ellos... simplemente porque doy y hago lo que tengo que hacer, dándome por completo ahí donde estoy, ahí donde puedo depositar mis “dos moneditas”. Darme, entregarme. Hacer lo que las dos mujeres de hoy hicieron, hacer lo que Jesús hace cada día. ¡Buen domingo!

