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17 Noviembre 2024
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La Palabra

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapién sx

No olvidemos, él está cerca

Mc 13, 24-32

Estimados hermanos, nos encontramos casi al final del tiempo ordinario del año litúrgico, ya la próxima semana celebraremos la festividad de Cristo Rey. Las lecturas de hoy, así como las lecturas de esta semana estarán marcadas por un lenguaje apocalíptico, nos hablarán del final de los tiempos, en muchas ocasiones, anunciando una serie de desgracias y situaciones negativas, que sí pueden ocurrir, pero que no deben distraernos del mensaje principal que Dios nos quiere dirigir, es decir, la victoria de Jesucristo sobre el mal y la salvación finalmente otorgada a todos aquellos que creen en él.

La primera lectura (Daniel 12, 1-3) afirma que el pueblo “vivirá tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”. Pero entonces, y he aquí el mensaje importante, el pueblo será salvado, pues para Dios nada está perdido. Cuando el mal parece triunfar, debe brillar con más fuerza la luz de la esperanza para todo creyente. Ese es el mensaje de la primera lectura de hoy, donde se describe el tiempo final, donde ya no serán posibles las componendas: todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. La lucha contra las fuerzas del mal se convertirá en lucha abierta, sin tregua de parte del mal, pero, a pesar de ello, el pueblo de Dios experimentará la protección extraordinaria de Dios, a través del arcángel san Miguel, dice la primera lectura. Será, por tanto, un tiempo de extrema angustia, sí, pero, a la vez, un tiempo de salvación para quienes hayan sido fieles. Este debe de ser el mensaje principal; esta debe de ser nuestra esperanza.

La segunda lectura (Hebreos 10, 11-14. 18) por su cuenta, nos hace ver que, a pesar de estar ya en el tiempo de la salvación, gracias a la venida de Jesucristo, el pecado y el mal no han sido eliminados aún del mundo, no solamente entre los paganos, sino también entre los cristianos. El autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda que aunque la suerte de todos los enemigos del bien está ya establecida, todavía no han sido sometidos bajo los pies de Cristo. Hay que esperar a que su victoria se manifieste plenamente; una espera que no significa pasividad o tristeza, sino compromiso y esperanza. La certeza de su victoria es otro motivo para no angustiarse, porque ya ha sido derrotado el mal por la muerte y resurrección de Cristo. Aunque en el mundo siga existiendo el mal, la miseria y el pecado, el creyente no debe angustiarse. En efecto, quien se deje llevar del pánico frente a un enemigo que ya ha sido derrotado, demuestra tener una fe muy débil.

Finalmente, Jesús en el evangelio (Marcos 13, 24-32) nos invita a la esperanza y la confianza en un Dios que no abandona a su pueblo. “Cuando comience a suceder todo esto, enderezaos y levantad la cabeza, porque ha llegado el día de vuestra liberación” (Lc 21,28). Aunque todo parezca mal, aunque haya mucha violencia en el mundo, nosotros, los creyentes, podemos permanecer firmes en medio de la prueba, sabiendo que, en todo lo que sucede, se puede entrever el preludio de un acontecimiento feliz, el nacimiento de la nueva humanidad. Jesús es claro en esta página del evangelio, no hay que dejarnos perturbar por las afirmaciones catastróficas, fijemos más bien nuestra mirada en Cristo y veamos en él al Vencedor que espera que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Es Él, El que viene con poder y gloria, para reunir a sus elegidos de todos los puntos cardinales, la fuente de nuestra esperanza, Jesucristo, el Señor. “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán” nos dice al final el evangelio, porque solo Dios permanece para siempre y él es el que da sentido a la existencia humana.

Por último, las lecturas de hoy nos invitan también a velar, a estar alerta y buscar los signos del Reino de Dios cada día. Porque el Señor llama a menudo a nuestra puerta, y no siempre estamos atentos, para abrirle. Cada cristiano conoce en carne propia su propia lucha, ese combate entre el bien y el mal alrededor de cada uno y dentro de sí. Por eso la importancia de la vigilancia, para combatir el buen combate de la fe. Ese combate en el que ya ha resultado ganador Jesucristo, pero que continúa luchando en nosotros, para que sea derrotado el mal, para que se extienda más y más el Reino, hasta el día que solo Dios Padre conoce.

Hermanos, hermanas, también nosotros en México estamos viviendo momentos difíciles, pudiéramos preguntarnos ¿es Dios el refugio de mi vida en estos momentos difíciles, como nos sugiere el salmo responsorial? Ante el mal que reina, ¿asumo mi compromiso de escoger el bien y enseñárselo a los demás? ¿Me siento confiado al revisar mi vida, para presentarme ante Dios y afirmar que Jesús es mi salvador?

¡Buen Domingo a todos!

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

      

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