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13 Octubre 2024
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La Palabra

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Vende…, da…, sígueme”.

Mc 10, 17-30

El pasaje del evangelio de este domingo nos ubica a Jesús en camino, recordemos que él está haciendo el camino hacia Jerusalén, a esa entrega total por la salvación de todos; camina hacia adelante en ese vaciarse totalmente para que los demás tengan vida. Inmediatamente, dice Marcos, “se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Se le acerca “corriendo”, este hombre apenas oye decir que Jesús pasa, se levanta, movido por una fuerza interior de búsqueda y corriendo sale a su encuentro, se arrodilla, pues sabe que Jesús puede satisfacer el motivo de su búsqueda interior, y entonces le abre su corazón, se presenta y le manifiesta su “insatisfacción y su búsqueda”. Es un hombre que lo tiene todo, un hombre aparentemente con una vida completa y realizada, es rico, en primer lugar, pero, sobre todo, es un hombre piadoso, que cumple la ley, que practica la ley de Moisés, pero, a pesar de todo ello, en lo más profundo de su ser sabe que le sigue faltando algo que debe ubicarse en otro plano. Este hombre representa quizá nuestra realidad, la realidad, incluso de muchos de nosotros, gente de iglesia; en el corazón de muchos quizá surgen los mismos sentimientos; de hecho, quizá una cosa que caracteriza a los hombres de nuestro tiempo es eso: la insatisfacción, el desencanto. Tenemos tantos avances en nuestra vida moderna, alcances inimaginables en los ámbitos científicos, técnicos, artísticos, económicos, incluso culturales. También a nivel de estudios teológicos y del conocimiento de nuestra fe, pero a pesar de eso, para muchos circula en nuestras venas esa insatisfacción y esas ganas de correr a encontrar a Jesús que pasa y pedirle finalmente la respuesta para vivir una vida plena. ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna, para ser feliz?, ¿Cómo me puedo sentir satisfecho de mí mismo? ¿Qué tengo que hacer para que mi vida valga realmente la pena? Porque a todas estas preguntas, el hombre del evangelio, como el hombre de nuestro tiempo, no ha encontrado una salida válida.

Jesús, dice el evangelio, “lo miró con amor” y entonces, desde la lógica del amor, ese amor que lo está llevando a Jerusalén, le propone un proyecto completamente revolucionario, le propone un “recomenzar” todo de nuevo, desde un nuevo punto de partida, el comienzo de «otra cosa» mucho mejor y más plena. Y esto se lo explica con tres imperativos: “vende, da, sígueme”. Sígueme, sal de tu seguridad, libérate de todo y vamos. Esta acción de Jesús en el evangelio me hace recordar eso que el Papa Francisco denuncia en su mensaje para este mes de octubre misionero, ese “drama que vive la Iglesia hoy”, dice el Papa. El drama de un Jesús, que está en nuestra Iglesia, pero tocando la puerta desde el interior, ¡para que lo dejemos salir! Para que lo dejemos nuevamente asumir el camino de la misión; “muchas veces se termina siendo una Iglesia (dice el papa) que no deja salir al Señor, que lo tiene como “algo propio”, mientras el Señor ha venido para la misión y nos quiere misioneros”, nos quiere en camino, libres de toda seguridad, incluso aquella de considerarnos buenos cristianos, vamos, ábreme y sígueme por los caminos de la misión, del servicio al otro, de la entrega, “pues para eso he venido”. Retomemos los tres imperativos:

“Ve y vende lo que tienes”: Jesús pide a este joven rico desprenderse de todo lo que le había dado seguridad, le pide libertad, no porque su riqueza fuera mala, sino porque lo había encerrado en sí mismo, incluso en la devoción ferviente de un Dios que lo alejaba de los demás; una religiosidad centrada en él mismo y en su “estar bien” que tanta insatisfacción le había traído; una práctica religiosa que lo encerraba en sí y pretendía encerrar incluso a Dios en su misma devoción. Libérate para que me puedas seguir por los caminos de la misión. También nos lo dice hoy a nosotros.

“Da el dinero a los pobres”: es la transformación radical de su presente, de la situación, tanto suya como de su entorno. No puedes alcanzar la plenitud en tu presente sin abrirte a los otros. La felicidad plena solo se adquiere con la generosidad, la solidaridad, la justicia. Compartir con los empobrecidos es compartir con el mismo Dios, es vivir la fe desde la lógica del Dios encarnado, del Dios que se hizo pobre con los pobres para “enriquecerlos” con su pobreza. Jesús no condena la riqueza, insisto, sino el vivir solo por ella; para Jesús no hay medias tintas: no se puede servir a Dios y al dinero, es decir, no se puede vivir para el Reino y para las riquezas.

“Después, ven y sígueme”: Jesús le presenta un futuro nuevo que implica para sí la transformación de todas sus expectativas de vida. Es como si le dijera: «Ven, vamos a mirar juntos a los demás, a los que sufren, a los pobres». Este es el nuevo punto de partida. «Vente conmigo y ponte a amar, pon a los demás en el centro de tus inquietudes y preocupaciones... y que Dios sea tu único tesoro». En definitiva, esa fue la propia opción personal de Jesús y es su propuesta sincera. Este es el horizonte nuevo que Jesús le presenta y nos presenta a todos: entrar en el plan de Dios, asumir la libertad de los hijos de Dios, una libertad de espíritu que no se deja comprar por nada, y se encarna en la fraternidad universal que nos hace a cada cual corresponsables de la felicidad de los otros.

Estimados hermanos y hermanas, el evangelio de hoy nos invita a seguir a Jesús, a ir con él “a los cruces de los caminos del mundo de hoy” para anunciar la liberación por el amor de toda condición de amargura, de vacío, de insatisfacción, así como lo hicieron Pedro, los apóstoles y tantos misioneros, que dejándolo todo se pudieron en camino con Jesús para llevar luz al mundo.

Vayamos, pues, y digamos al hombre de nuestro tiempo, tan parecido al protagonista del evangelio de hoy, que es posible seguir a Jesús y encontrar la plenitud de la vida. Ojalá también nosotros, como Pedro, podamos decir: “Señor, nosotros también hemos dejado todo para seguirte”, nosotros hemos encontrado en tu proyecto esa plenitud de vida. “Lo que hemos visto y oído”, se los anunciamos.

Buen domingo misionero.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

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