
“Vayan e inviten a todos al banquete de bodas”
Estimados hermanos y hermanas, las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre el proyecto de Dios al momento de crear al ser humano, un proyecto de felicidad basado en el amor y concretizado en la unión matrimonial. Antes de entrar en esta reflexión permítanme recordar también que con este domingo iniciamos el mes de las misiones, Octubre Misionero, en el cual todos estamos llamados a escuchar y comprometernos con la misión de la Iglesia en este mundo que es, exactamente, ir a todos los pueblos de la tierra, incluso en los cruces de los caminos, para invitar a participar en el banquete de bodas del hijo de Dios; en el mensaje del Papa para este año se nos propone reconocer esta misión llena de alegría y de gozo, “no olvidemos nunca, en nuestras actividades misioneras, que somos enviados a anunciar el Evangelio a todos, y «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable», el banquete del Reino donde todos están invitados, dice el papa en su mensaje. (Mensaje del Papa Francisco, DOMUND 2024).
Interesante coincidencia, iniciamos este mes misionero meditando el texto de San Marcos que nos habla, no solo de esta problemática, el divorcio, sino del proyecto de Dios concretizado en el amor conyugal. En el evangelio de hoy (Mc 10,2-16) los fariseos plantean a Jesús una ley de Moisés, no con la intención de buscar la verdad sobre el argumento, sino “para ponerlo a prueba”. En este contexto de confrontación, de rechazo al plan de Dios, Jesús no se cohíbe, no se calla, más bien toma la iniciativa y nos instruye sobre el plan de Dios, “desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer”; nos habla, pues de las razones y finalidades de Dios al ofrecernos este camino de felicidad llamado matrimonio; además hace un gesto simbólico, toma en brazos a los niños y los bendice, les impone las manos y nos los ofrece como espejo para que descubramos las actitudes que nos pueden llevar a caminar por ese proyecto de felicidad llamado matrimonio. No cae en la confrontación, sino que más bien lleva a sus interlocutores a descubrir las razones, la bondad, el fin de Dios al crearnos para el amor; los lleva a superar “la dureza del corazón” que ofusca la visión del plan de Dios y provoca soluciones fáciles ante las realidades difíciles de la convivencia humana. Que importante que también nosotros, como discípulos misioneros tomemos el proyecto de Dios y seamos capaces de proponerlo a los demás, sin entrar en confrontación, sino proponiendo, dando luz al proyecto de Dios; qué importante “salir e invitar” a descubrir la fiesta de bodas de Dios que es su proyecto de amor, sobre todo a una sociedad que ha perdido por mucho el sentido verdadero de ese proyecto y se ha contentado con la solución rápida o el mal menor que es el divorcio o incluso la negación de la opción matrimonial como camino de felicidad. En una época en la que son frecuentes los divorcios y separaciones, es bueno recordar el proyecto de Dios sobre el ser humano y su comunión de vida en el matrimonio, recordarlo para recuperar su sentido e ir a anunciarlo, “Vayan e inviten a todos al banquete” nos dice el papa en este mes misionero.
Recordemos, antes que nada, hermanos, el proyecto de Dios supone que el ser humano no se realiza individualmente, sino cuando entra en comunión con otros. Dice el Génesis: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.» Esto es importante, recordar lo que “es bueno” para el ser humano y quién mejor que Dios para decírnoslo. El “yo” humano no se realiza aislado, sin un “tú”. El ser humano ha sido creado para entrar en relación y vivir la comunión, con el “tú” que son los otros seres humanos y con “el Tú con mayúsculas” que es Dios. En la segunda lectura, el escritor sagrado nos recuerda otro motivo a buscar en toda relación matrimonial, “el Señor de todas las cosas quiere que todos sus hijos tengan parte de su gloria”, y esta gloria no es otra que la comunión, el amor, pues Dios es comunión, comunidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Otro elemento es la igualdad; Jesús afirma con claridad que no es voluntad de Dios que el hombre esté por encima de la mujer, porque fueron creados iguales para formar juntos una nueva realidad, «una sola carne», según la expresión bíblica. De modo que los dos juntos, entregándose, amándose, uniéndose y siendo fecundos... son la imagen de Dios. La propuesta de Dios es que entre el hombre y la mujer se construya un amor a imagen de Dios. Y es que Dios no puede proponernos cosas banales, pequeñas. El proyecto de Jesús, eso que llamamos «Reino» es un ideal, una aspiración profunda del ser humano, y nos llama a aspirar a los «máximos», nos propone decisiones radicales. Basta recordar la invitación a sus discípulos a «dejarlo todo» para seguirle, o la medida del perdón, es decir, setenta veces siete. Igualmente, ante la realidad del amor conyugal, Dios nos propone “mirar alto”, por ello, rechaza que el punto de partida de una relación matrimonial sean los intereses egoístas de una de las partes, como lo planteaba la ley de Moisés, o incluso de las dos partes. No se puede vivir el plan de Dios desde “la estrechez del corazón”, desde la “dureza del corazón”. La propuesta de Dios es hacer del matrimonio un acto de fe. Fe, no en el otro, ni en uno mismo, sino en el amor. La Buena Noticia que debemos anunciar es que, viviendo el evangelio de Cristo, es posible para el hombre y la mujer de amar gratuita y libremente, como ama Dios mismo. Es posible un amor que nunca acaba, es posible una relación conyugal “a imagen y semejanza de Dios”. ¡Hemos creído en el amor! Esa es la Buena Noticia que hoy se nos anuncia y que la Iglesia está llamada a predicar, vayan e inviten al banquete de boda.
Es verdad que hoy muchos se hacen esta pregunta: “¿cómo hacer hoy para que ese proyecto de vida no se rompa, por la infidelidad, por la rutina, por la indiferencia?” Es muy importante recordar los valores que deben trabajarse cada día en la pareja: la fidelidad, el cuidado diario del afecto y la convivencia, la escucha, el perdón… Todo ello ayuda a andar juntos el camino. Y no nos olvidemos de la oración en común, para sentir el apoyo de Dios en las crisis y dificultades. Entre todas las oraciones, debe ocupar un lugar especial la Eucaristía. Es precisamente en la Eucaristía donde recordamos este misterio del amor de Dios, y en ella es donde los esposos deberían alimentar su vocación al amor.
Termina el Evangelio hablando de los niños. Y de la necesidad de ser como niños, para entrar en ese banquete de Bodas, en el Reino de los Cielos. No se trata de ser infantiles, sino, quizá, de tener la capacidad de los niños, de aprender permanentemente, de confiar permanentemente. Ser capaces de ver todo con otra mirada, incluso las dificultades y poder alegrarse con las cosas pequeñas. Y olvidar rápido las ofensas, y perdonar. Estas son las cosas que los niños pueden enseñarnos, y que nos permiten acercarnos más a Dios. No pensar que lo sabemos todo, que conocemos todo de los otros – incluido el cónyuge – y, sobre todo, dejar que Dios sea Dios. Con sus ritmos, con sus tiempos, pero confiando. Como un niño en los brazos de su madre. Ojalá podamos vivir así todos, también en nuestras relaciones matrimoniales, en nuestras luchas diarias para vivir matrimonios coherentes. Todos saldremos ganando ciertamente.
¡Buen domingo y feliz mes de las misiones!
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero xaveriano

