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31 Agosto 2024
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La Palabra

XXII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“… pero su corazón está lejos de mí”.

Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

Queridos hermanos y hermanas, apenas el domingo pasado terminábamos de leer el discurso del Pan de la Vida y lo hacíamos con una respuesta llena de fe, como la de Pedro. Jesús nos hacía una pregunta retadora: ¿También ustedes quieren irse? La respuesta de Pedro era nuestra respuesta: “¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna!”. Hoy la palabra de Dios nos invita a recibir las palabras de Jesús, pero desde el corazón, escucharlo, pero con un corazón puro. Las lecturas de la liturgia de hoy son una invitación a hacer un examen de conciencia, un chequeo de nuestra vida desde la fe, desde las intenciones que la mueven. Una invitación a buscar la verdadera sabiduría que nace de la Palabra de Dios y se instala en nuestro corazón, transformando nuestra vida desde dentro y dando frutos que transforman nuestra sociedad.

Uno de los grandes peligros en todas las religiones y en todos los tiempos es reducir nuestra vida de fe, nuestra vida espiritual en un simple cumplimiento meticuloso de la ley, de las normas, de las tradiciones, como hacían los fariseos y judíos; considerar que somos buenos cristianos al cumplir toda norma y regla establecida por las tradiciones y las instituciones, en pocas palabras a vivir una fe “desde lo exterior” y no desde nuestro interior.

A Jesús le entristece y le enfada toda mentalidad rígida y legalista, como en el caso de hoy, una mentalidad que puede, incluso utilizar el nombre de Dios para atacar al prójimo y alejarse, por consiguiente, del verdadero sentido de toda práctica religiosa, que no puede ser otro que unirnos a Dios y abrirnos al hermano, y esto desde el interior, desde el corazón. Para Jesús, un culto así, simplemente es un culto vacío, pues el corazón (el centro espiritual de la persona, de la conciencia, de las opciones de vida) permanece muy lejos de Dios. El culto judío se había convertido en un culto separado de la vida, que no tocaba/cambiaba la vida, eran simples ritos ceremoniales, aunque eran solemnes, pero…, como si eso fuera lo que a Dios le importara más. Y no era eso lo importante. A Dios le importa el pobre, el huérfano, la viuda, el emigrante... la justicia, la misericordia (Segunda Lectura: Sant 1,17-18.21-22.27). Jesús nos invita a cuestionar todo ello y buscar más bien vivir nuestra experiencia religiosa “desde dentro”, desde nuestra conciencia y reflejarlo en un estilo de vida, bien conectado con nuestro interior.

Ciertamente, esta manera de vivir la fe es más exigente que aquella mentalidad cómoda de los judíos o de muchas religiones actualmente, esa mentalidad que señala que el mal está fuera de nosotros y ante ello, pues, basta que pongamos barreras bien definidas, de prácticas cultuales, de ritos exteriores a fin de mantenernos “en santidad”. ¡Qué fácil y qué cómodo! Para Jesús no es así; para ser santo, no hay que combatir el mal fuera de nosotros, sino combatir el mal que puede salir de nuestros corazones. La lucha se vive en el corazón y ahí se logran las grandes victorias. “Nada de lo que entra puede contaminarlo, pues no entra en su corazón” escuchamos en el evangelio. Es en el corazón, entendido como centro espiritual del hombre, donde se toman las grandes decisiones que marcan para siempre la vida, donde reside la sabiduría, pero también donde puede residir la maldad, como lo escuchamos en el evangelio. El corazón puede ser un corazón torcido, ahí es donde se juega el drama de la libertad humana y finalmente donde se echa la moneda al aire para decidir la suerte del hombre.

Es por ello que nuestro trabajo de crecimiento espiritual tiene, como primer objetivo, trabajar nuestro interior, nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestras opciones de vida. Nuestra Santificación se juega aquí, en nuestra capacidad de vivir la fe en nuestro interior, de practicar nuestras obras “poniendo el corazón en ellas”. La primera lectura ( Deut 4,1-2.6-8) nos recordaba algo esencial en este trabajo interior: “Escucha, Israel”. Escuchar desde el corazón la voz de Dios, su palabra; y segundo, ponerla en práctica, “Pongan en práctica esa palabra y no se limiten a escucharla”, decía el apóstol Santiago en la segunda lectura. La verdadera sabiduría está en poner por obra la palabra escuchada desde el corazón, e integrarla en la vida cotidiana, en la vida real. Hacer que la Palabra de Dios no sea algo ajeno al vivir diario, encapsulado en tiempos o espacios limitados “dedicados a Dios”, a mi ratito de misa y después todo sigue igual. En mi interior, escuchar su palabra y entonces actuar, desde dentro; dejar a un lado todo otro sentimiento y darle la importancia a la voz de Dios en mi interior. Cuántas veces en nuestro interior escuchamos la voz del mal, ese mal que nos lleva a codiciar, a tener envidia, a querer el mal. Es ahí donde debo vivir ese combate y escuchar la voz de Dios que me guiará en mi actuar.

Pidamos a Dios, hermanos, su ayuda, su sabiduría. Que sepamos vivir nuestra fe “en el corazón” y emprender nuestros combates para que su palabra nos transforme, transforme nuestros corazones de piedra en corazones hechos a la semejanza de Dios.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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