
“Yo soy el pan vivo, … el que me come vivirá por mi”
Estimados hermanos y hermanas, nuevamente la liturgia de hoy nos hace escuchar de parte de Jesús palabras que nos provocan y nos interpelan. Me atrevo a decir que los evangelios de todos estos últimos domingos, ya llevamos tres, están llenos de “olor a buen pan”. Es como si pasáramos frente a una panadería tradicional al momento de sacar el pan del horno, ¡qué olor tan delicioso! Hasta se antoja. El Señor, pues, nos viene diciendo que Él es el pan bajado del cielo, el pan vivo, que quien come de este pan tiene vida eterna. (Juan 6,51-58). Nuevamente, la invitación a dejarnos provocar por este alimento, por este pan; de hecho, todo su evangelio, pudiéramos decir “huele a pan recién horneado…”; basta recordar todos esos episodios: como cuando Jesús siente pena por la multitud hambrienta y entonces multiplica el pan. O cuando nos enseña a pedir lo que necesitamos, la oración del Padre Nuestro, nos enseña a pedir el pan nuestro de cada día. O ante la pobre cananea a la cual le dice que no está bien echar el pan que comen los hijos a los perritos y la cananea le rebate que los cachorrillos comen las migajas de ese pan debajo de la mesa; pero sobre todo al despedirse nos ofrece la promesa de que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos y para conseguirlo nos deja su Cuerpo en pan para ser alimento de nuestro camino. Así es, el evangelio huele a pan recién horneado.
Habiendo sentido el rico olor de este pan, profundicemos hermanos en el sentido de todas estas palabras, porque en ellas se “hornea” algo muy importante; con este discurso Jesús quiere movernos a lo fundamental de la vida cristiana; dos elementos fundantes: el encuentro personal y la identificación con Jesús, algo que solo es posible cuando comemos su carne y bebemos su sangre.
Al decirnos que él es el pan vivo, que nos da vida, Jesús se autoproclama “sustentador” de la vida de sus seguidores, dándonos no solo razones, teorías, conceptos morales y principios, sino dándosenos Él mismo como alimento que nos mantiene vivos y en la senda de la Vida, la presente y la eterna. Él es “el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Atención, comer el cuerpo y beber la sangre de Jesús no es una metáfora, ni solo el rito religioso cristiano por excelencia, si no es lo que sostiene y da un sentido nuevo a nuestras vidas. La Eucaristía nos permite un encuentro real, efectivo y actual con Jesús hoy, en este momento, él está presente en el pan que comemos, en la Eucaristía y está ahí para que lo asimilemos en nuestra vida, lo hagamos parte vital en nosotros. No nos quebremos la cabeza razonando sobre lo que pasa en el pedazo de hostia o de vino, o como se logra eso de que él está ahí, si no más bien reflexionemos sobre lo que debe pasar en nosotros al comer ese pan. De hecho, al decir: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”, con esas palabras, Jesús expresa que quiere que nos identifiquemos con su persona entera, que incorporemos su vida en la nuestra. Esto significa quedarse con nosotros en la eucaristía: que algo cambie en nosotros cuando la celebramos, cuando lo recibimos. “Como el Padre que me ha enviado posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come VIVIRÁ POR MÍ”. En otras palabras: sin dejar de ser yo mismo, al recibir a Jesús en ese pan y hacerlo parte de mí, recibo esa vida divina que me hace vivir, pero también comienzo a vivir movido por esa misma vida, por lo tanto, desde ese momento intento orientar y alentar mi vida con las palabras de Jesús, con su espíritu y sus valores, con sus creencias y aspiraciones. Vivo por él, vivo por todo eso que veo en él, buscando hacerlo mío, hasta lograr “identificarme” con él, o como decía San Pablo, “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Esta es la finalidad, el plan de Dios Padre al darnos a su hijo en alimento, que comencemos a vivir por él, que tengamos vida en él.
Hermanos, hermanas, ¿qué provoca en nosotros esta invitación de Jesús a comer ese pan de la vida? Hoy en día muchos cristianos participan a la Eucaristía entre incredulidad e indiferencia, comulgar o ya no es tan relevante o importante; no pasa nada si no comulgamos, parecerían decir algunos. Para otros, la inercia y la costumbre han ido haciendo de la eucaristía un mero cumplimiento de una prescripción legal o la simple reiteración de un rito. Con ello se ha diluido su auténtico sentido: el encuentro y la identificación con Jesús. ¿Dónde nos situamos nosotros?, quizá sería una pregunta que hacernos hoy.
La palabra de Dios hoy, pues nos invita a una toma de consciencia de lo que celebramos en la misa cada domingo, nos invita a tener cuidado de “no portarse como insensatos”, dice la segunda lectura (Ef 5,15-20), como cristianos “irreflexivos”, dice aún San Pablo, que no valoran ni son conscientes de la importancia que implica comulgar, es decir “alimentar nuestra vida espiritual” del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Insisto, no solo se trata de participar en un rito, sino de comulgar para obtener una vida, un estilo de vida. ¡Qué importante sería superar una visión eucarística meramente “sacramental” y pasar a una visión “existencial” de la eucaristía!; es decir, no solo comer para cumplir un rito, sino para hacer de ese pan parte de nuestra existencia de todos los días, fuente de energía para amar y razón para vivir, pues “el que me come vivirá por mí”.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero xaveriano

