
¡Ábrete!
Queridos hermanos y hermanas, en el evangelio (Mc 7,31-37) de este domingo, vemos a Jesús en movimiento, “saliendo” de la región de Tiro, atravesando la región de la Decápolis y regresando, por Sidón al mar de Galilea. Estas descripciones geográficas y el milagro que hará a continuación no son solo accidentales o contextuales, sino que vienen a darle luz al milagro al que estamos invitados a meditar. Estas regiones representan, en el evangelio de Marcos, el mundo “pagano” ajeno al judaísmo, el mundo que vive “lejos” del culto y la fe judía. En estos lugares, nos dice el texto, le llevan a Jesús un hombre “sordo y tartamudo”, y le piden que le imponga las manos.
Les invito, en primer lugar, hermanos y hermanas, “describir” y reflexionar la figura de este personaje que recibe la acción salvadora de Jesús y, en segundo lugar, meditemos, de manera particular, lo que Jesús hace con él y las consecuencias en su vida. Ciertamente, en todo ello nos podemos incluir, visualizar, para darle así una profunda aplicación a nuestra vida.
El enfermo llevado a Jesús es “sordo” y “tartamudo”. En general, las enfermedades tienen un carácter simbólico en la Biblia. “La sordera”, como enfermedad simbólica, hace referencia a la incapacidad del hombre para recibir la Palabra, es decir, la revelación divina. El enfermo de “sordera” representa al hombre que ve el mundo desde sí mismo y no admite en su interpretación sobre la realidad lo que Dios tiene que decir. La sordera es cerrazón, es incapacidad para dejarse interpelar por otras “voces” que no son las de la propia razón. En los profetas, la sordera es símbolo de la resistencia o el rechazo ante el mensaje de Dios, en primer lugar, pero también es cerrazón ante los demás, ante el prójimo. Además, la sordera trae consigo la incapacidad para hablar con coherencia: es tartamudo aquel que habla sin lograr entablar verdadero contacto con su interlocutor. Pronuncia un ruido, sin significados entendibles.
Hermanos y hermanas, como el enfermo del evangelio, nuestra sociedad actual está por demás enferma de esta “sordera”, como bien lo denunciaba el papa Benedicto XVI, de feliz memoria: “nuestra humanidad necesita ser salvada de la sordera del espíritu, que levanta barreras cada vez más altas a la voz de Dios y del prójimo, especialmente al grito de socorro de los últimos y de los que sufren, y que encierra al hombre en un profundo y corrosivo egoísmo”. (Benedicto XVI, Nov 2009). Describamos aún más esta enfermedad de nuestro tiempo, analicemos tres tipos de sordera:
- El hombre de hoy es sordo ante su propia voz interior. Esa voz que nos «dice» que nuestro estilo de vida realmente no es lo correcto, esa voz llamada “conciencia” que nos reprocha habernos puesto en el centro del mundo, haciendo caso solo a lo que nos interesa y a los que nos interesan, volviéndonos sordos a lo que pudiera complicarnos la vida. Se trata de una sordera «voluntaria» e interesada; nos llenamos de ruidos, actividades, superficialidades para no escucharnos. Hoy más que nunca, somos una sociedad de “inconscientes”, personas que no escuchan su voz interior, su conciencia.
- La segunda “sordera” es nuestra incapacidad a la “compasión”, a recibir las “ondas” sonoras enviadas por “lo” y “los” que nos rodean, los cercanos como los lejanos. La naturaleza nos está gritando desde hace años su agonía, pero no escuchamos, la seguimos destruyendo. Los sistemas político-económicos del mundo, nuestro estilo de vida materialista e individualista, siguen dejando oleadas de refugiados, de pobres, de miseria, pero…; no escuchamos.
- Por último, está la sordera a la voluntad de Dios. Aun si somos cristianos y “vamos a misa”, en general no hemos aprendido a leer el paso de Dios por nuestra vida y en los acontecimientos sociales, a escuchar (y entender) la Palabra de Dios, tratando de aplicarla a nuestra vida, o la voz de Dios en la Iglesia, en los pobres... Aún no hemos aprendido a discernir la voluntad de Dios y dejarnos guiar por ella.
Bueno, ante el enfermo sordo y tartamudo, ¿qué hace Jesús en el evangelio? ¿Qué quiere hacer con nosotros, enfermos de nuestro tiempo? ¿Cómo podrá sacarnos de nuestra sordera y nuestra dificultad para expresarnos?
Pongamos atención a las acciones de Jesús por demás simbólicas. “Jesús lo apartó a un lado de la gente”. Es de suma importancia que nos encontremos con nosotros mismos, que aprendamos el valor del silencio y la calma. El Señor no nos puede curar de este mal si seguimos empeñados en “el bullicio” de la masa. Necesitamos prestar atención a la voz del corazón, donde a menudo nos habla el mismo Dios. Segundo, necesitamos “quedarnos a solas con él”, entrar en contacto con el maestro y su Palabra; lejos de tal bullicio. Y entonces, en esa intimidad, dejarnos tocar por él, que “meta los dedos en los oídos y toque la lengua con saliva”. Jesús necesita “perforar” nuestras resistencias, romper nuestros oídos cerrados a su voz, quitar con fuerza nuestros “tapones” y por último, la saliva. La saliva, para la cultura judía, era la concentración del aliento y el aliento representaba la vitalidad de la persona. Es decir, necesitamos que Jesús haga llegar hasta lo más íntimo de nosotros, su misma vitalidad, su misma humanidad. Necesitamos apropiarnos de la misma vida y personalidad de Jesús, que su “saliva” se mezcle con la nuestra “contagiándonos” de su vitalidad, de su amor por el prójimo, de su entrega por los demás, de su capacidad por vivir cumpliendo la voluntad del padre. Necesitamos hacer de su vida nuestra vida.
Hermanos y hermanas, hoy Jesús sale a nuestro encuentro, entra en “nuestra región”, en nuestra “zona de confort”, ahí donde vivimos sordos ante todo lo que nos rodea e incapaces de comunicarnos con ello, Jesús se acerca a nosotros y nos dice: “¡Effetá!, ¡Ábrete! Eso es todo lo que nos falta.
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

