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10 Agosto 2024
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La Palabra

XIX Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Levántate y come, porque aún te queda un largo camino”

Jn 6, 41-51

La experiencia del Profeta Elías, en la primera lectura (1 Re 19,4-8), nos puede ayudar a meditar sobre la situación de muchos cristianos hoy, quizá nuestra misma situación. Es cierto que vivir hoy con coherencia nuestra fe no es fácil, ser profetas en nuestro mundo no es fácil. De hecho, no lo era tampoco en tiempos de Isaías, Jeremías o del mismo Elías. La lectura de hoy nos lo hace ver, encontramos a un Elías sin ganas de vivir, sin ganas de trabajar, de comer… Sin ganas de nada. Solo de dormir. Cualquier psicólogo hoy lo diagnosticaría en una profunda depresión. Le deprimía la realidad de su pueblo, los frutos de su misión en medio de ellos, su lucha contra los profetas de Baal, la persecución que vivía de parte de la reina Jezabel; Elías podría presentarnos una larga y bien detallada descripción de su hartazgo, enojo, decepción, cansancio existencial y estrés por intentar hacer las cosas como «creía» que Dios se las había pedido, tal como él entendía o se imagina..., pero nada le había salido bien; cansado prefiere renunciar, después de caminar en el desierto, “se sentó bajo un árbol…, se recostó y se quedó dormido”. Se le han olvidado las múltiples ocasiones en que Dios ha estado a su lado, desde el momento en que le llamó para ser su testigo. Lo dicho, una depresión típica de manual.

¿Qué hacer ante tal desánimo? Nuestras abuelas o mamás nos aconsejarían algo muy sencillo: comer bien y dormir mejor. Dios también lo hace, con esa sencillez y esa sabiduría: “Levántate y come”, le dice a Elías: “Yo soy el pan de la vida… lo doy para que el mundo tenga vida”. ¡Come, comulga!

Estimados hermanos y hermanas, nosotros también, como Elías, quizá estamos cansados, desanimados, el peso del camino se hace sentir en nuestras piernas. Me parece que, a menudo, tenemos la “depre”, por lo menos espiritual. Se nos debilita o se reduce nuestra fe. Nos parece estar dentro de un túnel sin salida. No somos capaces de ver a Dios en la vida ordinaria. La realidad de nuestra sociedad violenta y corrupta, las dificultades económicas, la pérdida de valores, en fin, pesan en nuestro camino y todo parecería que ese puerto de paz y de felicidad al que deseamos llegar se ve cada vez más inalcanzable. Muchos de nosotros hemos pasado o estamos pasando momentos en los que no tenemos más ganas de ir a ningún sitio en nuestra vida cristiana y en nuestro compromiso social; las metas nos resultan inalcanzables, y nos tienta dejarlas. Así que, como Elías, nos sentamos junto a cualquier árbol a ver pasar los días y los acontecimientos, dándole vueltas a todo, repartiendo culpas, y masticando la amargura. Viviendo una vida cristiana, pasiva, fatalista, sin compromiso, “sin camino que andar”.

Ante esta realidad, quizá de muchos de nosotros, hoy Dios nos dice: “Levántate y come”, porque lo primero que necesitamos para retomar el camino es comer, recuperar fuerzas, ánimo, fortalecer el corazón y las piernas y retomar camino. Elías, al escuchar a Dios, ve el pan y la jarra de agua, come, bebe y “se volvió a recostar y se durmió”. Pero el Señor no renuncia, a pesar del peso de nuestro desánimo y de nuestro fatalismo; nuevamente le dice: “Levántate y come, porque aún te queda un largo camino”.

Menos mal que Dios no abandona a Elías con su cansancio, con su desánimo, lo entiende y le da el pan para el camino. Dios está atento a nuestras necesidades, a nuestra realidad y viene en ayuda nuestra. “Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que quien lo coma, no muera”, nos dijo Jesús en el evangelio de hoy (Jn 6, 41-51). Para eso, Dios Padre lo envió al mundo, para ser nuestro alimento, nuestro pan de camino. Dios es consciente de nuestro caminar y de sus consecuencias. Solo el que camina se cansa. Solo el que no se acomoda, el que intenta superarse cada día, el que busca la voluntad de Dios... necesita el Pan de Dios. Los demás no lo necesitan. Si comulgamos, es para echarnos a andar, para hacer camino, para ir hacia. Comulgar implica moverse, encontrar fuerzas en Dios para hacer su voluntad, para construir un mundo mejor, para ir de nuevo a la casa del Padre.

Así es, hermanos, nuevamente, como el domingo pasado, Jesús nos invita a descubrirlo como ese pan que nos da vida, que nos da fuerza en nuestro caminar y nos invita a comulgar, a recibirlo, a darle su lugar y su importancia en nuestra vida espiritual, en nuestra vida cristiana. Solo Jesús es el alimento que nos sustenta, que nos hace vivir, desarrollarnos y mantenernos en el camino. Su origen divino implica que es el alimento pensado por Dios para cada uno de nosotros, que no hay otra cosa que nos nutra mejor y, además, que es el alimento necesario para mantener en nosotros la vida divina, aquello que nos hace caminantes en este mundo que pasa hacia esa vida plena y eterna.

Queridos hermanos y hermanas, nos llamamos cristianos, es decir, “seguidores del camino”, decían en las primeras comunidades, o seguidores de Cristo, caminemos pues, alimentados con ese alimento que nos da vida y que es también alimento dado «para que el mundo tenga vida». Basta de lamentos y depresiones; hay mucho por hacer, la realidad actual nos interpela.

Así que concluyo con las mismas palabras que Dios dijo a Elías y que hoy nos la dice a ti, a mí: «Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo».

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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