
“Señor, danos siempre de este pan”
Queridos hermanos y hermanas, el domingo pasado descubríamos con alegría la compasión de Jesús, quien no se ha mostrado indiferente ante la multitud hambrienta que lo seguía y, tomando los 5 panes y dos pescados que un muchacho le ofrecía, realizaba el milagro, llamado de la multiplicación de panes. Jesús, compartiendo lo poco que sus discípulos tenían, despertó en la multitud que lo seguía ese deseo de fraternidad y esa fe en él, provocando así que los panes se multiplicaran y todos comieran hasta saciarse.
Después de la multiplicación de los panes, nos dice el evangelio de hoy (Jn 6,24-35), la gente se había puesto a buscar a Jesús y finalmente lo encuentra en Cafarnaúm. Jesús comprende bien el motivo de tanto entusiasmo por seguirlo y se los dice con claridad: «Ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse». Dicho esto, los invita a cuestionarse y reflexionar sobre las verdaderas motivaciones por las cuales quieren seguirlo. Los invita a abrirse a una perspectiva que no es solamente la de las preocupaciones cotidianas, del comer, del vestir, del éxito, de la carrera. Jesús habla de otro alimento, habla de un alimento que no se corrompe y que es necesario buscar y acoger. Él exhorta: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (v. 27). El punto siguiente les revela cuál es ese alimento: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Reflexionemos, hermanos, sobre esto que Jesús nos está revelando este domingo y que nos mantendrá ocupados los próximos domingos también.
Como todos sabemos, el tema del alimento es crucial en la vida humana, porque nos sitúa ante la necesidad más básica del hombre: la de la subsistencia, en primer lugar, pero también ante el tipo de vida que queremos llevar. De hecho, para vivir, necesitamos incorporar aquello que produce vida desde una fuente externa a nuestro propio ser. Recuerdo una frase que hoy en día se usa mucho, aquella que dice: “Somos lo que comemos”. Formamos parte de una cultura que busca cuidar el cuerpo; hoy nos preocupamos de una “dieta balanceada”, sabemos lo que debemos comer o no, si queremos una figura esbelta y un cuerpo sano; si comemos “comida chatarra” sabemos que tendremos obesidad, diabetes y más cosas. Si comemos verduras, frutas, productos naturales, hacemos ejercicio, no fumamos ni bebemos, entonces tendremos una vida saludable, un cuerpo sano. Así es, somos lo que comemos.
Si bien entendemos esta realidad “biológica”, podemos dar un paso más allá y cuestionarnos también a nivel espiritual, a nivel ontológico, diría yo. En verdad, “somos lo que comemos”. En la Biblia, el tema del pan es un tema simbólico, que abarca no solo aquello que permite continuar los procesos biológicos fundamentales, sino todo lo que nutre al hombre, en todas sus dimensiones: tanto la física, como la psicológica, afectiva, intelectual y espiritual. El evangelio de este domingo permite reflexionar sobre este aspecto esencial de nuestra existencia, la necesidad de alimentarnos para ser lo que queremos ser y entonces descubrir a Jesús como la única fuente que da vida plena y definitiva. El evangelio de hoy es una invitación a nutrirnos de ese pan que nos da vida. Somos lo que comemos y Jesús hoy nos dice: “Yo soy el pan de la vida”, ese pan que nos nutre con nutrientes de amor, de perdón, de solidaridad, de misericordia. Ese pan de su Palabra que nos da valores, refuerza nuestras convicciones y nos esclarece al momento de tomar decisiones. Cuando Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero pan del cielo que nos da su Padre, y que baja para dar vida al mundo... nos está llamando a la libertad, a la fraternidad, a la comunión.
La invitación de hoy es clara: “No trabajen solo por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna”. Trabajen, busquen, escogen, seleccionen, tengan una dieta espiritual balanceada. No permitamos darle a nuestra alma “comida chatarra”, sino verdadero alimento. Busquemos ese pan nutritivo, ciertamente en la Palabra de Dios, en la Eucaristía, pero también en las obras de misericordia, en el estudio de la fe, en la vida de grupos apostólicos. La vida espiritual no se puede dar por descontada, como si ya estuviese completa con lo que recibimos el día de la primera comunión o en el catecismo de la infancia. No, ella pide ser alimentada, nutrida, llevada como proceso de crecimiento constante en el amor, en la fe, en la esperanza, en la humildad, en el servicio, en la contemplación, en fin, alimentada con tantos de esos nutrientes que la hacen fuerte, que la hacen crecer y llevar a plenitud. En verdad, somos lo que comemos, también en nuestra vida espiritual.
Hermanos y hermanas, asumamos nuestra responsabilidad como cristianos y cuidemos nuestra vida espiritual. Acerquémonos a esa fuente de vida, de nutrientes, que es Jesús, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunidad cristiana. Cuando el sacerdote pone en tus manos el Maná Eucarístico.... ya sabes que es para fortalecerte y ponerte en camino, para darte las fuerza para salir de tantas ataduras; para renovarte en la mente y en el espíritu y regenerar en ti esa condición humana creada a imagen de Dios, ese ser bueno que obra la justicia y la santidad verdaderas.
Ante la invitación de Jesús, hoy no nos queda más que decir: «Señor, danos siempre de este Pan».
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

