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28 Julio 2024
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La Palabra

XVII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Aquí hay un muchacho que trae cinco panes y dos pescados…”

Jn 6, 1-15

 

Queridos hermanos y hermanas, el domingo pasado meditábamos sobre la actitud compasiva de Jesús, que al ver a la multitud que andaba “como ovejas sin pastor”, se puso a enseñarles muchas cosas. Jesús nos invitaba a abrir los ojos y ver a aquellos hermanos necesitados de nuestra compasión, esas “ovejas de nuestro tiempo” que también andan vagando sin ser escuchadas ni guiadas y, entonces, llevarlas ante el Buen Pastor, que es Jesús.

Hoy nuevamente las lecturas nos invitan a la compasión y a la acción ante situaciones de necesidad, situaciones difíciles donde es necesario actuar para venir en ayuda de quien lo necesita. Tanto en la primera lectura como en el Evangelio asistimos a lo que podríamos llamar “milagros de la fe”. Aparece en primer lugar el profeta Eliseo que, en tiempos de hambre, ayuda a su gente en varios momentos. Después de solucionar un problema con una olla “envenenada”, echando harina para que pudieran comer (2 Reyes 4, 38-41), surge la oportunidad de dar de comer a cien personas. Una situación desesperada, difícil de solucionar. Cuando le traen veinte panes de cebada, le pide a su criado que los reparta entre la gente. Poco le pareció al criado, pero para el Señor nada es imposible. Comieron y sobró.

En el evangelio, Jesús se topa con una gran multitud que lo siguen y lo escuchan, pero también sufren el hambre, de entre ellos, solo los hombres eran cinco mil y Jesús decide darles de comer, pero solo tienen cinco panes y dos peces. Una primera reflexión surge de la actitud de los dos, es decir, es notoria la sensibilidad que manifiestan hacia las personas en dificultad. Han pasado un tiempo con ellos, han escuchado la enseñanza, ya es hora de regresar a sus casas, pero no han comido; tienen hambre y, tanto el profeta como Jesús, no quedan indiferentes ante esta necesidad. Quizá sea esta la primera actitud que estamos llamados a descubrir y reflexionar, esta sensibilidad del hombre de Dios ante el sufrimiento y la necesidad del otro. Dios, que es el mismo Amor, no es insensible ni impasible ante los sufrimientos y necesidades de hombres y mujeres, se percata y actúa.

Una segunda reflexión nace de la actitud de Eliseo como de ese muchacho del evangelio; ninguno de los dos se guardan los panes que traen para sí. De esta manera, un gesto generoso de una persona es preciso para que se produzca el milagro. “Como había dicho el Señor”. Comieron y sobró. Lo que Dios pide al hombre de hoy es esta voluntad de poner en común lo que tiene; depositar en las manos de Dios lo que se trae, confiar en él y distribuir a los demás sin acaparar en primer lugar para sí. Hoy por hoy, a pesar de tanta tecnología y tanta capacidad del ser humano para producir alimento, millones de seres humanos sufren el hambre. Y ante ello debemos reaccionar como Jesús, siendo sensibles, pero también actuando. A pesar de tener solo “cinco panes de cebada y dos pescados” Jesús nos pide ponerlo en común.

Hermanos, el milagro de Jesús no solo consiste en dar de comer a tal multitud. Lo más importante es que consigue hacer de aquella multitud una familia que, sentados juntos, comparten la comida. Hace de ellos una fraternidad. Por eso termina sobrando comida. Si no se hubiese dado ese cambio cualitativo en la relación entre aquellas personas, no habría sobrado nada. Seguro que todos hubiesen luchado por acaparar toda la comida posible. No habrían hecho más que mirar por sus intereses, por saciar su hambre. Pero se produce el milagro. Jesús les hace descubrir que, al compartir el pan, se empieza a vivir de una forma nueva, que el bienestar del otro es la condición de mi bienestar, que mirándonos como familia es mucho más fácil satisfacer la necesidad y que termina por sobrar pan. Es esta la Eucaristía que debemos llevar a las personas de nuestro tiempo, que debemos vivir en nuestra sociedad, este cambio de mentalidad, de corazón ante los “cinco panes y dos peces”, ante los bienes de este mundo.

Otra reflexión interesante se desprende de la orden que da, cuando todos se han saciado: «Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Vivimos en un mundo, por lo menos en Occidente, donde muchas cosas nos sobran. Antes se tiraba todo, ahora, el reciclaje está imponiéndose, poco a poco, porque el mundo no da más de sí, y los recursos son los que son. No hay que dejar que se pierda nada de lo creado por el hombre, porque todo ha sido creado por Dios. El ejemplo de Cristo nos recuerda que nada – ni nadie – sobra en este mundo. Desde otro punto de vista, ahora, como nunca, hay sobre abundancia de bienes en nuestro mundo. El problema no es la falta de bienes, lo que pasa es que están mal repartidos, hay para todos y sobra. Habrá que pensar de qué modo dejen de morir de hambre tantas personas por todo el mundo. ¿Cómo podremos reducir la “geografía del hambre”? ¿Cómo lograr que todos participen del banquete de la vida? ¿Qué puedo hacer yo para contribuir a que todos participen de esa vida?

Hermanos y hermanas, hoy también Jesús toma esos panes y esos pescados y nos los da para repartirlos a la gente de nuestro tiempo, también abatida por el hambre de bondad, de amor, de solidaridad. Es el pan de la fraternidad y el pescado de la fe en Jesús que estamos llamados a ofrecer, a multiplicar y a repartir hasta saciar el hambre de toda la humanidad. Como conclusión y compromiso, preguntémonos: ¿cuál es mi actitud ante las enormes multitudes de hombres, mujeres y niños hambrientos de pan y de dignidad en el mundo y en el espacio concreto donde me muevo? ¿Cuál es mi aporte personal? ¿Cómo ayudo a construir un mundo donde se haga verdad y realidad el Reino de Dios?

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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