
“Los discípulos salieron a predicar la conversión”
Hermanos y hermanas, nuevamente la Palabra de Dios de este domingo nos invita al compromiso, fruto de nuestra fe, de nuestra identidad como cristianos, como hijos de Dios.
Antes de comenzar cualquier otra reflexión quisiera retomar la afirmación de San Pablo en la segunda lectura (Ef 1,3-14), afirmación que para cada uno debe ser una de las convicciones mas fuertes en las que funda su vida cristiana. Sin esta convicción, lo que vamos a afirmar en esta reflexión no tiene sentido, de hecho, nuestra vida cristiana, vivida en clave de salida, de misión, no tiene sentido. San Pablo afirma: “Dios nos eligió en la persona de Cristo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos”.
Todos, hermanos, tú y yo, todos hemos recibido, de parte de Dios una elección, todo cristiano ha sido llamado en Jesús a ser hijo de Dios, en primer lugar, por lo tanto, destinado en Jesús a ser irreprochable en el amor, ese amor que te lleva a la misión, porque el amor, al estilo de Dios significa servicio, entrega, donación, en una palabra: misión. Dice el Papa Francisco: «Un bautizado que no sienta la necesidad de proclamar el Evangelio, de anunciar a Jesús, no es un buen cristiano». Por tanto: Santos, irreprochables en el amor, hijos. Esto de entrada.
Somos profetas, somos misioneros porque Dios padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes, porque Él nos eligió antes de la creación del mundo para ser irreprochables por el amor..., porque hemos recibido mucho en la vida; porque Dios ha derramado con derroche el tesoro de su gracia en nuestros corazones; porque hemos sido salvados por pura gracia mediante el sacrificio de Jesús en la cruz…, por todo ello, dice San Pablo, debemos ser misioneros, debemos ser profetas en nuestro mundo ¿y tú que dices?
No podemos ya buscar pretextos, como Amós en la primera lectura (Am 7,12-15), no vale que le pongamos excusas: Es que «yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos». Es que no tengo tiempo. Es que soy mayor. Es que soy joven. Es que no estoy preparado. «Es que…»; hoy el mandato de Dios es claro y tajante: “Ve y profetiza a mi pueblo”.
¿Qué puede significar hoy “profetizar a mi pueblo”? Esta pregunta me ha estado carcomiendo el alma, sobre todo al ver la actitud que tantos cristianos estamos teniendo ante lo que nuestra sociedad mexicana está viviendo, ante lo que nuestros hijos están recibiendo, ante las ideologías y tantas corrientes de pensamiento que están llevando a niños y jóvenes por caminos de los cuales, bien sabemos, no los llevaran a una felicidad plena. Como mexicanos, habiendo recibido el don de nuestra Madre de Guadalupe, con toda la tradición cristiana, la sangre de nuestros mártires y tantos y tantos eventos que fundan nuestra fe, la llamada a profetizar no puede provocar otra actitud que aquella descrita en el evangelio de hoy: “Los discípulos se fueron a predicar la conversión”.
Profetizar en nuestro México de hoy significa hacer una llamado claro, fuerte y tajante hacia la conversión. Comenzando al interior de nuestras propias iglesias, y alargándola a lo mas profundo de nuestra sociedad. Literalmente “conversión” significa «cambiar la mente» para abrirse a Dios, para acoger el mensaje del Evangelio, para empezar nuevamente a darle a Dios su lugar en nuestra vida y sociedad. Esto implica luchar “contra los «espíritus inmundos», como dice el evangelio, contra los demonios, es decir, luchar contra todas aquellas fuerzas que reducen la dignidad de los hombres, contra todo lo que esclaviza, hace sufrir, despersonaliza, manipula o destruye al hombre en su dignidad, en su ser hijo de Dios, en su ser “creatura a imagen y semejanza de Dios”.
Además de ello, “la conversión” no es solo algo que afecta a las personas, sino que debe llegar hasta las mismas “cosas”, hasta la manera de administrar la sociedad, la manera de conducir nuestras relaciones sociales, políticas, económicas, morales, comerciales. San Pablo lo expresa con una afirmación que, por cierto, ilusionó tanto a nuestro santo fundador, Guido Maria Conforti: “hacer que todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, tuvieran a Cristo por Cabeza”: “In omnibus Christus”.
Hermanos y hermanas, nuestra misión está ahí, nuestra sociedad mexicana necesita nuevamente descubrir a Cristo y su evangelio como núcleo identificador y vital sobre el cual reconstruir nuestra sociedad; así es, necesitamos tal conversión. Tú, yo, cada uno de nosotros, todo discípulo de Jesús está llamado a ser misionero, está destinado a ser enviado, a ponerse en camino, a compartir con sus hermanos y hermanas la Buena Noticia de Jesucristo. Estamos invitados e invitadas a renovar nuestro compromiso, don y tarea de todo bautizado: anunciar con alegría el Evangelio que trae la vida verdadera. Quizá hoy te puedes hacer esta pregunta: ¿Cómo estoy viviendo mi vocación de enviado y enviada? ¿Mi vida es en verdad una profecía, una denuncia contra el mal y un anuncio de feliz salvación para los demás?
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

