
“Sabrán que hay un profeta en medio de ellos”
Estimados hermanos, las lecturas de este domingo nos invitan a recordar un aspecto de nuestra identidad cristiana que muchas veces olvidamos; al bautizarnos, dice el rito del bautismo, entramos a formar parte de un pueblo de Reyes, Profetas y Sacerdotes. Todo cristiano está llamado a ejercer esta misión, vivir su cristianismo de manera profética, vivir y anunciar el evangelio como profecía de esperanza. El profeta Ezequiel en la primera lectura (Ez 2,2-5) es movido por el Espíritu de Dios que lo hace “ponerse de pie” y le dice: “Hijo de hombre, yo te envío a un pueblo rebelde para que les comuniques mis palabras; te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. En el evangelio (Mc 6, 1-6) vemos a Jesús que entra en su pueblo Nazareth y ante el rechazo de su gente afirma: “todos honran a un profeta menos los de su tierra”: al usar este proverbio popular, Jesús se presenta claramente como profeta. No olvidemos, pues, hermanos, hermanas, que estamos llamados a ser profetas para nuestro tiempo; es más, considero de suma urgencia que, como cristianos, “nos pongamos de pie”, como Ezequiel, y vayamos a comunicar a nuestro pueblo la Palabra que Dios le quiere dirigir. Recuerdo una homilía del papa Francisco, en la capilla de Santa Martha, que nos hacía ver esta urgencia: “«La Iglesia necesita que todos seamos profetas», es decir, «hombres de esperanza», siempre «directos» y nunca «débiles», capaces de decir al pueblo «palabras fuertes cuando hay que decirlas» y de llorar juntos si es necesario”. (Papa Francisco, 17 de abril de 2018)
Pudiéramos preguntarnos, ¿Quién es un profeta? ¿Cuáles serían los rasgos del profetismo que Jesús nos presenta? En la misma homilía papa Francisco lo describía así: «el profeta es quien reza, mira a Dios, mira a su pueblo, siente dolor cuando el pueblo se equivoca, llora —es capaz de llorar por el pueblo— pero es capaz también de jugársela bien por decir la verdad». El profeta es aquel que ve las cosas con los ojos de Dios, es decir, al modo de un Padre misericordioso. Como en el caso del hombre de la parábola atacado por salteadores y dejado herido, medio muerto, y pasaron un sacerdote, un levita y no vieron nada, dice la parábola, pero el «buen» samaritano percibió con los «ojos de Dios» que allí había un hombre necesitado, al que vendó sus heridas, lo llevó a la posada y cuidó de él. (Lc 10, 30–37). Así son los profetas y las profetisas. Sus ojos son capaces de ver una realidad distinta de la que perciben los otros mortales y actuar en favor de ella. El profeta “no es un anunciador «de desventuras» o «un juez crítico» y ni siquiera «recriminador de oficio», sino un “hombre de esperanza” (Papa Francisco, 17 de abril de 2018); el profeta ve la realidad desde la misericordia y con ella se compromete, sanando heridas, levantando al caído, comprometiéndose con el sufriente.
En segundo lugar, el profeta habla, tiene una palabra que decir: “Hijo de hombre, levántate, yo te envío para que les comuniques mis palabras” (Primera lectura: Ez 2,2-5). Su palabra es poderosa, llena de sabiduría porque viene de Dios; “¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder?”, la respuesta es dada por el mismo testimonio de Jesús; es su relación tan profunda con Dios, de la que recibe la inspiración para hacerse con los «ojos de Dios» y ver al modo divino las cosas que suceden en la vida diaria de las personas.
Pero la acción del profeta no es ni será siempre bien vista; el profeta sufre rechazos, calumnias, recriminaciones, aun de los miembros de su propio pueblo, su propia familia, pero esto no debe desalentarlo, “te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”; su acción solo obedece al mandato recibido: “Yo te envío”, dice el Señor. Jesús, pues, no calla, anuncia, “se puso a enseñar en la sinagoga…, luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos”. El profeta no teme el rechazo: “Te basta mi gracia porque mi poder se manifiesta en la debilidad” (Segunda lectura: 2 Cor 12,7-10).
Queridos hermanos y hermanas, la palabra de hoy es una invitación a recobrar en nosotros esta conducta, esta consecuencia natural de nuestro ser cristiano, nuestro profetismo. Las iglesias de Jesús de hoy necesitan profetas y profetisas, quizás más que ningún otro carisma, como lo decía el Papa Francisco. Necesitan que nos “hagamos de los ojos de Dios», que aprendamos a ver las realidades con “los ojos de Dios” y llenemos nuestras bocas de su Palabra, vayamos y anunciemos, “te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”, decía Dios a Ezequiel.
Ezequiel fue enviado a los israelitas, “a un pueblo rebelde”, dice la primera lectura. El buen samaritano fue enviado a sanar al hombre caído en manos de ladrones. Yo me pregunto, a nosotros, los cristianos de este tiempo, ¿a quién nos envía Jesús? ¿Dónde debemos ejercer esta profecía? ¿Cuáles son esas realidades, dónde Dios quiere hacer escuchar su voz, ¿dónde Dios quiere sanar? La experiencia de Jesús en su pueblo, con los de su casa, me hace pensar que, hoy por hoy, donde Dios quiere hacer resonar su voz es en la familia, es en las realidades que se viven en familia. No hay realidad humana más “desvalorada” hoy en día que la familia y no hay realidad tan importante para que el hombre no pierda humanidad, sino que es la familia. Ella es el “hombre caído en manos de ladrones” donde Dios quiere que no pasemos de lado; ella es hoy por hoy el objeto de burla de muchos, como en el evangelio: ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es este el hijo del carpintero, el hijo de María? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? ¿Qué no es este un simple miembro de una familia unida, integrada, santa?
Nuestra profecía, la palabra que tenemos que anunciar hoy por hoy es aquella que hace resaltar de nuevo el valor de la familia; la palabra de esperanza que todo profeta anuncia es aquella que anima a construir familias unidas, escuelas de sabiduría, escuelas de amor, de personas íntegras, sanas y comprometidas por la humanidad. No renunciemos a nuestra vocación profética, «la Iglesia necesita que todos seamos profetas», anunciadores de esperanza para nuestro tiempo.
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

