Skip to main content
23 Junio 2024
1270 vistas

La Palabra

XII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Vamos a la otra orilla…”

Mc 4, 35-41

Estimados hermanos y hermanas, de nuevo este domingo la Palabra de Dios nos invita a la confianza; vivir nuestra fe en los tiempos presentes es tan semejante a la experiencia vivida por Job (primera lectura Job 38,1.8-11) o por los apóstoles en el evangelio (Mc 4,35-41). Pero, así como en tiempos de Job y de los apóstoles, también hoy Dios nos acompaña. La barca de la Iglesia sigue siendo comandada por él y la travesía debe continuar. Jesús nos pide lanzarnos al mar, ponernos en movimiento, dejar nuestras comodidades y levar anclas; una orientación clara, una orden que se convierte en programa de viaje dado por Jesús: “Vamos a la otra orilla del lago”. Una motivación: el amor de Cristo nos apremia (2 Cor 5,14-17). Un inconveniente, una dificultad o una circunstancia que acompaña la travesía: Un fuerte viento con olas altas golpea la barca, tanto que parece hundirse. Una sensación: estar solos en la barca, o desamparados, Jesús duerme. Una llamada de atención: ¿por qué tanto miedo? ¿Aún no tienen fe? Llamada de atención que se convierte en una invitación clara y fuerte para seguir manteniendo viva la confianza en el Señor. Siempre, siempre. También cuando la vida se nos hace más difícil. Ciertamente, la dificultad es el crisol de la fe. ¡Qué actualidad encontramos en esta página del evangelio de hoy!

Estimados hermanos, insisto, también nosotros, como los apóstoles en la barca, podemos sentir que los acontecimientos nos superan; vivir nuestra fe cuando todos nos dicen: “no seas tonto”, “son otros tiempos”, “eso era antes”, “tu fe no tiene nada que valga hoy la pena”. Pero, a pesar de ese viento contrario, nuestra misma fe nos hace ver el mal que ronda en el mundo, nos damos cuenta de las consecuencias del egoísmo, del materialismo vigente, vemos la violencia que impera, la perdida de humanidad en nuestro mundo, en fin, tanto mal, y ante ello, quizá sea más fácil fingir no ver lo que pasa a nuestro alrededor, no levantar la voz para denunciar lo que en este mundo no va bien. Jesús nos pide ir a la otra orilla, aunque implique ir contra corriente, asumir el reto de un cristianismo activo, que enfrenta el mar, las olas altas y que es testigo del poder de Dios, porque en la barca de la Iglesia Dios sigue presente, aunque parezca que duerme.

En esta travesía muchos afirman a nuestros oídos que la Iglesia está llamada a hundirse, y que le queda poco a esto de “ir a Misa”; de vivir de fe. Cierto, si lo dicen los ateos, los agnósticos, los “extraños”, pudiéramos considerarlo como normal; quizá piensan que la Iglesia existe solo gracias a las capacidades personales de sus miembros. Para ellos, Jesús no existe y no va en esta barca. Sin embargo, si los que piensan así son también cristianos como nosotros, o si nosotros mismos lo pensamos, hoy Jesús nos interpela: ¿Aún no tienen fe? Porque la barca de la Iglesia no es nuestra, es de Cristo, y es Él el capitán y el timonel. Con la presencia de Cristo, la Iglesia está llamada a ir a la otra orilla segura del auxilio divino que la acompaña. Si se nos olvida, señal que tenemos poca fe.

Hoy, nuevamente, Jesús nos invita a recuperar nuestra identidad cristiana, nos invita a subirnos a su barca y lanzarnos a la otra orilla, No olvidemos: Somos “marineros de aguas profundas” porque “el amor de Cristo nos apremia” y no vivimos “ya para nosotros mismos sino para aquel que murió y resucitó”, dice la segunda lectura (2 Cor 5,14-17), él va con nosotros en la barca y por ello, no tenemos miedo de zarpar e ir a la otra orilla, insisto: somos marineros de aguas profundas y él va con nosotros. ¿Qué es lo que hizo a tantos misioneros dejar su patria e ir a otros países en búsqueda de algo nuevo en sus vidas? No se puede entender sin este amor y esta presencia. Así lo entendió San Guido María Conforti al dejarnos su espiritualidad: “El amor de Cristo nos apremia, nos empuja”, hasta los confines de la tierra para anunciarlo a todas las gentes y “hacer del mundo una familia”.

Cuesta pasar a la otra orilla. Hay que hacer la maleta, soltar amarras e ir hacia lo desconocido. No es fácil, pero “el amor de Cristo nos apremia”, esa es nuestra principal motivación, ese amor que nos hace ver su presencia y su poder, ese amor que lo renueva todo, que renueva nuestras fuerzas y nuestra fe de una nueva humanidad, una nueva sociedad: “El que vive según Cristo es una creatura nueva, para él ya todo es nuevo”, decía la segunda lectura.

Estimados hermanos, que la celebración de esta Eucaristía dominical renueve en todos nosotros la irrenunciable novedad de ser y vivir como cristianos, sin dejarnos achicar por el oleaje adverso de la vida que nos pueda acometer. Que recuperemos todos nuestra identidad de “marineros de aguas profundas” y renovemos en Cristo nuestro compromiso por una nueva sociedad fundada en el amor de Cristo, nuestro salvador.

P Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!