“Caminemos guiados por la fe, llenos de confianza…”
Queridos hermanos y hermanas, no hace pocos domingos el Señor nos decía: “vayan y hagan discípulos a todas las gentes…, y ensénenles a guardar todo lo que yo les he mandado…” (Mt 28, 19-20). Desde el día de la Ascensión, la misión de Jesús, aquella de hacer presente el Reino de Dios, nos es confiada y su Espíritu Santo nos ha sido dado como garantía de su presencia y continuidad en su misión. Estamos llamados a construir el Reino de Dios en nuestra sociedad, en nuestro mundo.
Esta misión la debemos realizar en la confianza y en la certeza que nos da la fe. “Caminemos guiados por la fe”, nos dice san Pablo en la segunda lectura (2 Cor 5,6-10); y entonces, construyamos, sembremos el Reino de Dios. Las parábolas que Jesús nos propone hoy nos ayudarán mucho a comprender aún más está nuestra misión de sembradores del Reino de Dios (Mc 4,26-34).
En primer lugar, Jesús nos ayuda a entender la necesidad de crecimiento, de hacer procesos en nuestra fe que nos ayuden a crecer y madurar, pero en la confianza en la acción de Dios. Hermanos, hermanas, nadie de nosotros nace ya completamente cristiano. Todos y cada uno de nosotros nos vamos haciendo en la medida que acogemos la Palabra de Dios dejándola actuar libremente para que conforme nuestra existencia, a la luz del Crucificado, el Señor de la Gloria que enaltece a los humildes (Lc 1,52). ¡Qué grande enseñanza de humildad nos da hoy Jesús; nosotros no somos los merecedores y protagonistas de esta vida de fe, de esta metamorfosis y metabolismo del espíritu, cuyo resultado final no está en nuestras manos, somos obra de la mano de Dios. Somos sencillamente receptores de una semilla de vida nueva, llamada a culminar en el frondoso final de una vida cristiana plena, auténtica, llena de frutos, “donde los pájaros puedan anidar a su sombra”. Esta es una primera enseñanza, confiemos, caminemos guiados por la fe; Dios está a la acción en nuestras vidas, la semilla del Reino ha sido sembrada en nuestros corazones.
Una segunda enseñanza es la confianza y la paciencia ante la necesidad de tiempo que todo proceso implica, convencidos de que la semilla de la Palabra de Dios lleva en ella misma toda su vitalidad y fuerza. Hoy Jesús quiere fortalecer esa actitud del creyente que es consciente de la fuerza de la fe y del dinamismo que ella implica. Fíjense, nuestra sociedad nos ha hecho perder o nos ha quitado una actitud muy simple, pero necesaria y que nuestros antepasados tenían, esa actitud de “saber darle tiempo al tiempo”. “Todo tiene su tiempo y su lugar”, decían los antiguos. Recuerdo que cuando era niño, comíamos con gusto “la fruta de temporada”. Había productos que solo se podían conseguir en determinadas épocas del año. Hoy, con la globalización, todo está disponible siempre. Podemos comer mangos en diciembre. ¡Qué bueno!, cierto, pero esto nos ha hecho perder la capacidad de esperar, de darle su tiempo a las cosas y nos ha dejado una actitud muy negativa: todo lo queremos al instante. Si la entrega de un pedido se dilata más de dos días, ya nos parece mucho. Vivimos demasiado rápido. Hemos perdido la capacidad de esperar, de dejar que el tiempo haga su labor y las cosas lleguen a su maduración.
Para poder comprender las cosas del Reino de Dios necesitamos recuperar esta capacidad de la paciencia, de la espera confiada. En tiempos de Jesús la vida tenía otra cadencia. El ritmo lo marcaba la naturaleza, la jornada comenzaba cuando clareaba el día y se terminaba cuando oscurecía. Era otra cosa. Muy diferente. Sí, los tiempos han cambiado, cierto, pero la virtud de la paciencia y la espera son todavía válidas para poder crecer en la fe, para poder crecer en humanidad. Como toda semilla sembrada en tierra buena que comienza con un retoño que se asoma sobre la tierra, hasta el tallo y llegando a la espiga y el grano, así también nosotros, en nuestros procesos de fe, debemos saber respetar los ritmos de las cosas, su marcha sin prisa y sin pausa. Lo mismo que la semilla crece poco a poco, así la semilla del Reino crecerá. No sabemos cómo, pero Dios llevará a buen término esa frágil promesa que es una semilla. A los impacientes por ver el Reino de Dios instalado inmediatamente en la tierra, Jesús les decía: yo siembro y confío; yo siembro y lo demás lo dejo en las manos de Dios, con la absoluta certeza de que habrá cosecha. Esa es la tarea del creyente. Trabajar y confiar, trabajar como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios.
Estimados hermanos y hermanas, todos nosotros que vivimos en esta sociedad del inmediato, de la prisa, de la rapidez con que se nos va la vida; Jesús nos llama la atención; tenemos que aprender a mirar la vida con otros ojos, para poder ver los “pequeños milagros de la vida diaria”. Se trata de ver todo cómo lo veía Jesús, que podía decir: «yo siembro, yo confío». Caminemos, pues, guiados por la fe, con paciencia, dándole todo el tiempo necesario a la semilla de la Palabra de Dios sembrada en nosotros; con confianza, pues ella tiene toda la vitalidad para dar fruto, y entonces, trabajemos, pues Dios está a la acción. De igual manera, así trabajemos en favor de la fe de los demás, conscientes de que también en ellos Dios está a la acción, tomando su tiempo, pero seguro en la fuerza de su semilla sembrada en ellos y en la acción de Dios.
¡Feliz domingo a todos!
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

