
“Vayan…, prediquen…”
Hermanos y hermanas, hoy celebramos la Ascensión de Jesús al cielo. ¿Qué implica para nuestra vida esta fiesta? Para mí, la ascensión es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo. Es la fiesta de la esperanza, de nuestra esperanza, es celebrar que nuestra meta finalmente es: el cielo. El Señor Jesús no solamente ha resucitado, venciendo a la muerte y al pecado, sino que, además, ¡ha sido llevado a la gloria de Dios! ¿Y eso en qué me beneficia? Pues en que Jesús nos abre definitivamente el camino de retorno al Padre, aquel camino que habíamos perdido por el pecado y el mal, ahora ha quedado irrevocablemente ofrecido a cada uno de nosotros. Es verdad, Jesús es el camino que lleva al Padre.
Estamos, pues, llamados a recorrer este camino, y esta es la primera invitación, ya no hay pretexto, ya no hay motivo para dudar, gracias al camino recorrido por Jesús nos hemos podido enterar de que el destino del hombre no está «abajo», sino arriba. Permítanme usar esa analogía, la analogía del camino ascendente, del camino “hacia arriba”. Hermanos, el destino del hombre no es el fracaso, sino la gloria. El futuro del hombre no es el polvo y el olvido, sino la eternidad y la gloria de Dios; no es el mal, la violencia, la injusticia, la desigualdad; no, el destino del hombre está muy por encima de todo eso.
Pero, atención, no caigamos en triunfalismos fáciles o en visiones alienantes de la realidad; para “subir al cielo”, como Jesús, es necesario hacer un paso previo, el camino de “descenso”, como lo hizo él mismo, el camino hecho entre las realidades de nuestro mundo sufriente y necesitado de la luz del Resucitado. Los hombres vestidos de blanco que cuenta la primera lectura (Hch 1,1-11) nos lo recuerdan: “Galileos, ¿qué hacen allí, parados, mirando al cielo?” Vayan, prediquen, asuman el camino de “bajar” hacia las realidades donde hace falta la salvación y ahí testimonien, anuncien, prediquen, pues finalmente llegará el día de subir, de regresar a la casa del Padre. Los signos que los acompañaran en el camino son claros: “arrojaran demonios en mi nombre”, en la Biblia, los demonios son todas aquellas realidades que oprimen al hombre, que le sofocan, que le impiden crecer, que le esclavizan, que le apartan de su meta, sobre todo los demonios de la violencia, los demonios del individualismo, el egoísmo, la injusticia; todas las ideologías endemoniadas y pobrezas que deshumanizan. “Hablarán lenguas nuevas”, porque hay que reeducar al hombre y llevarlo a ser capaz de “comunicarse”, de entrar en relación con el otro y para ello no hay otra lengua que la del amor. “Cogerán serpientes en sus manos”, las serpientes de la mentira, el soborno, la corrupción, la murmuración, que causa estragos en las relaciones humanas y lograrán vencerlas con la verdad, la justicia, la solidaridad, la paz. “Si beben un veneno mortal, no les hará daño”, el veneno del odio y del insulto que rodea cada día al creyente; el pesimismo y el desencanto de esta sociedad, venenos que no tienen ya ningún poder ante quien vive de esperanza.
Estimados hermanos, al celebrar hoy la victoria de Cristo que regresa a la casa del Padre, él mismo nos envía a la misión. “Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena nueva”. La invitación de Jesús es clara, es una invitación a ir, a salir, para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mc 16, 15-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo. Un salir que significa, en primer lugar, “bajar” a las realidades del mundo donde hace falta la salvación. Como lo hizo Jesús, quien antes de “subir” al padre se dedicó a “bajar”, a “rebajarse”, como dice San Pablo en la segunda lectura (Ef 4,1-13). Primero bajó del cielo hasta el seno de una mujer, y bajó después a un miserable pesebre en Belén. «Bajó» al río Jordán para ser bautizado entre los pecadores. «Bajó» para mezclarse con los pobres, los marginados (que siempre están «abajo» de hecho). Y tanto fue su bajar, su rebajarse, que quedó hecho un cuerpo triturado, colgado en un madero entre el cielo y la tierra. Y se hundió en la muerte, y bajó al sepulcro, a las entrañas de la tierra, y como decimos en el Credo, bajó a los infiernos... No se puede bajar más abajo en todos sentidos. Pero de ahí, Dios Padre, en su amor, intervino y lo hizo subir al cielo y lo hizo sentar a su derecha. Hermanos, este es el camino, esta es la ruta para llegar al cielo. La eternidad se encuentra en el camino, que primero baja, para poder, después, ser llevados a la casa del Padre.
Seamos, pues, hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo en los caminos de nuestro tiempo, llevando su palabra de salvación a los confines de la tierra. En este itinerario nos encontramos con Cristo mismo, en los hermanos, especialmente en los más pobres, en aquellos que sufren en carne propia la dura y mortificante experiencia de la vieja y nueva pobreza. Seamos los misioneros de la Ascensión, que aceptaron el reto de llevar el evangelio de Jesucristo, conscientes de que “el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían”.
P. Rubèn Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

