
“Permanezcan en mi amor”
La Palabra de Dios de este domingo nos invita a entrar en el misterio de Dios y por consiguiente en lo más profundo del misterio humano, de aquello que le da identidad a Dios y por consiguiente nos da identidad a nosotros mismos, pues hemos sido creados a Imagen y semejanza de Dios. La afirmación clave de los textos de hoy es esta: Dios es amor. Nos encontramos en la cúspide de la Revelación. El Evangelio recoge las palabras consoladoras de Jesús en la última cena: «Como el Padre me ama, así los amo yo; permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). En la 2ª lectura Juan afirma que «Dios es amor» (1 Jn 4,8); y en la 1ª lectura de los Hechos de los apóstoles Pedro refiere que en Dios no hay favoritismo de personas (10,34), su amor es personal y universal: Él ha venido a salvar a todos y a cada hombre, sin distinción alguna
Cuando decimos que Dios «es» amor, estamos diciendo que Dios «ama» por el hecho de ser Dios, que está hecho de amor, que solo sabe y solo puede amar, y que todo lo que hace es por amor, para hacer crecer el amor, para sostener el amor, para hacer posible el amor. Existe amando y solo amando logra ser y hacerse conocer. Si esta es la «definición» de Dios, quiere decir que también aquellos que fueron creados a su imagen y semejanza están llamados a vivir así, siendo amor. Hoy Jesús nos hace una exhortación: “Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9-17).
Para entender esta invitación a permanecer en SU amor, es necesario, antes que nada, liberarnos de toda visión reductiva y vacía del amor y abrirnos al amor “que viene de Dios”, liberarnos de todo aquello a lo que nos hemos acostumbrado a llamar “amor” pero que, en sí, en muchos de los casos es puro egoísmo, manipulación, dominio, atracción física, deseo o sentimentalismo, dependencia, necesidad...
¿Concretamente qué nos enseña Jesús al exhortarnos a permanecer en SU amor?
Permanecer en “mi” amor, significa hacer del amor una razón de ser, pues Dios es amor; por lo cual, yo amo, no porque tengo ganas o no, porque debo amar o no, porque el otro lo merece o no, sino porque “soy amor”; no porque tengo un amor que dar, o razones para hacerlo, sino porque “soy” amor, como decía Santa Teresita: “en la Iglesia, yo quiero ser amor”; así que, en mi familia, “yo quiero ser amor”; en mi trabajo, “yo quiero ser amor”; en mi escuela, con mis amigos, con los pobres, “yo quiero ser amor”.
Permanecer en el amor de Jesús significa amar “como yo los he amado”, es decir tomando como modelo, como parámetro de mi amor, la manera como Jesús nos amó, es decir con un amor que significa entrega, donación, abandono de sí mismo para que el otro tenga vida; un amor que implica, en final de cuentas, la opción de dar la vida por la(s) persona(s) amada(s). Además, es un amor gratuito, un amor que no exige nada a cambio, un amor centrado en los demás, un amor que genera vida en los demás. Jesús, al amarnos, no pide que lo amemos a él, no dice, “como yo los he amado, ámenme a mí”, no, sino más bien, “como yo los he amado, ámense los unos a los otros”; un amor, pues, que nos descentra y nos lanza al amor fraterno. La prueba de que le amamos a él, de que hemos acogido y valorado su amor... es el amor que nos tengamos entre nosotros. Sorprendente exigencia. La señal de que amamos a alguien (incluido Dios), es que construyamos alrededor comunión, comunidad, fraternidad. Sentir la necesidad de que también los que estén a nuestro alrededor se amen y se sientan amados. Todavía más: que cualquier hombre o mujer se sienta amado, y con más razón aquellos que andan escasos o más necesitados de amor: los enfermos, los hambrientos, los que viven sin dignidad, los fracasados en la vida, los que no pueden estar en su tierra, los sometidos, los enfermos, los mayores, los emigrantes sin recursos... Permanecer en el amor de Jesús nos lanza, pues, a la misión, amar como Jesús nos hace misioneros. Ya lo decía nuestro santo fundador, Conforti: “Caritas Christi urget nos”.
Finalmente, permanecer en el amor de Jesús significa superar todo sentimentalismo e intimismo para convertir el amor en un motor de compromiso, que me lleva a dar frutos de justicia, de respeto, de solidaridad, de paz; “los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”. El amar, como Jesús nos ama, nos compromete, no nos evade de la realidad, no nos sumerge en un intimismo y un sentimentalismo angelical, al contrario, nos mueve a luchar por los más necesitados, por los olvidados, por los privilegiados del Reino de su Padre. Un amor que es concreto: “tuve hambre, y me diste de comer, tuve sed, y me diste de beber”.
Hermanos, nada ni nadie existe sin amor, una vida sin amor no es vida, por el contrario, una vida que se cumple amando, una vida que es amor manifiesta exactamente esa “imagen y semejanza” sobre la cual fuimos creados, por eso hagamos del amor nuestra manera de vivir, de existir, seamos amor. ¡Y hoy en día hay tanto que amar! ¡Y podemos amar tanto más! Permaneciendo en su amor. Porque su Amor es el que hace posible el nuestro.
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

