
“… el que permanece en mí y yo en él, ése dará fruto abundante…”
Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos sigue animando a vivir nuestra vida de resucitados; después de haber reflexionado sobre el Evangelio del Buen Pastor, pasamos a contemplar a Jesús como la Vid verdadera. Un solo rebaño, una sola vid. Buenos ejemplos, para pensar en lo que debería significar Cristo resucitado para cada uno de nosotros y sus consecuencias en nuestras vidas. Hoy el Evangelio nos muestra esta figura/imagen para insistir sobre lo esencial en nuestra vida de resucitados: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese dará fruto abundante…” (Jn 15,1-8).
Celebrar la Pascua es celebrar que Cristo vive y está con nosotros. ¿Qué significa esto? La metáfora de la vid y los sarmientos nos señala que no está ante nosotros, que no está ahí, como otro aparte, sino que está en nosotros. El Resucitado vive de una manera nueva, pero en nosotros, y hace que esta unión sea más íntima a través de nuestra vida en Él. La fórmula "permaneced en mí y yo en vosotros", define la relación del discípulo con Jesús como una reciprocidad personal. Esa relación personal con Jesús es la condición indispensable para vivir y dar fruto. Sin esta relación íntima y vital no se puede ser cristiano, no se puede dar el fruto esperado por Dios-Padre, no podemos vivir, por lo tanto, nuestra misión en el mundo. Pero atención, “permanecer en Cristo” no es algo mágico o automático, ni siquiera intimista o sentimental, sino que implica, antes que nada, una decisión del discípulo. Implica, en primer lugar, un compromiso por llevar una vida en comunión con Él, implica la decisión de identificarse con su persona, con sus opciones, con sus gustos y con su manera de entender la realidad; es aferrarse a su paso, aunque su camino conduzca a Jerusalén y, por lo tanto, a una entrega total. “Permanecer en Cristo” es optar por el Reino y hacer que su gracia en nosotros produzca los frutos propios a la vid, es decir, frutos de «justicia, paz, servicio, misericordia, compromiso con el pobre, el enfermo, el migrante..., acogida, libertad, perdón, fraternidad...». Si uno está íntimamente unido a Jesús, goza de los dones del Espíritu Santo, que —como nos dice san Pablo— son «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22).
“Los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos, dice el papa Francisco—: toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Como consecuencia, podemos amar a nuestros hermanos, comenzando por los más pobres y los que sufren, como hizo Él, y amarlos con su corazón y llevar de esta manera al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz”. (Papa Francisco, Regina Coeli, 3 mayo 2015), he ahí la invitación de este domingo.
Además de esta invitación, la imagen de la vid nos recuerda algo muy importante y esperanzador en nuestra vida cristiana, y es la presencia del Viñador: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que da fruto lo poda para que dé más fruto”. Si bien es cierto que nuestra misión es dar frutos de vida porque “permanecemos íntimamente unidos a Cristo”, es cierto también que nuestra vida es frágil, está continuamente expuesta a nuestras debilidades y a las “inclemencias” del mal que nos acecha. La vid es una planta delicada, que necesita de continuas atenciones, de cuidados, tiene que ser podada continuamente para dar fruto. Es muy significativa la imagen.
Hermanos, nuestra vida cristiana requiere de tantos cuidados, de tantas atenciones, pero eso no debe desalentarnos, al contrario, esto nos compromete y al mismo tiempo nos llena de esperanza porque el viñador está ahí, también comprometido: “La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto…”. Al sarmiento que da fruto, “mi Padre lo poda para que dé más fruto”. El que se decide a vivir en esta intimidad, a permanecer en Cristo, inicia un camino de crecimiento, lento, con fragilidades, que va implicando retos y luchas. El Padre lo cuida en todo este proceso, limpiándolo de todo aquello que pueda significar impureza, vestigios de muerte, reminiscencias del hombre viejo, todo aquello que debe ser “podado”; no hay vida cristiana sin conversión; no hay fruto sin confianza en la misericordia del Padre. Cuanto más el Padre poda al discípulo, más este da fruto. Unidos a Cristo, comprometidos con la “savia” que nos viene de él y seguros de la “poda” amorosa del Padre, ciertamente los frutos estarán a su tiempo listos para nutrir a la humanidad sedienta de vino nuevo, de vino que da vida.
El evangelio de hoy concluye con esta invitación: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá”. Pidamos, hermanos, a Dios Padre de seguir cuidándonos, de podarnos y llevarnos a dar esos frutos de vida ahí donde vivimos, pues Cristo es nuestra savia y nuestra vida.
P. Rubèn Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

