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4 Febrero 2024
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La Palabra

V Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Se le acercó, y tomándola de la mano la levantó”

Mc 1, 29-39

Estimados hermanos y hermanas, seguimos caminando con Jesús en los inicios de su acción salvadora en medio de nosotros. El domingo pasado veíamos a Jesús en la Sinagoga de Cafarnaúm, en el centro del poder religioso, y ahí se topaba con un hombre poseído por un “espíritu inmundo”; Jesús, con autoridad, lo liberaba. Nuestra reflexión nos llevó a afirmar que Jesús ha venido para liberar a los hombres de las fuerzas destructoras que lo tienen poseído, denigrado, esclavo, deshumanizado.

En la página de hoy (Mc 1,29-39) Marcos sitúa la acción de Jesús, exactamente “al salir de la sinagoga”, donde se topa con una multitud de “enfermos y poseídos por el demonio”, y también a la suegra de Simón Pedro. Este relato no es solo un recuento de las acciones de Jesús en Cafarnaúm, va más allá, en cada acción hay toda una enseñanza. Quisiera proponer algunas reflexiones.

Primera: Marcos describe la acción “al salir de la Sinagoga”. Jesús no centra su acción en “el lugar del culto”, en el templo, él va “a la casa de Simón y Andrés”, va al encuentro del ser humano “postrado” para liberarlo, esté donde esté. Desde hoy en adelante, el lugar sagrado por excelencia ya no es un edificio, por muy bello que sea, sino el hombre mismo y sobre todo el hombre postrado; “el lugar sagrado” es el “corazón de hombre” necesitado de la acción liberadora de Dios. El texto dice: “la suegra de Simón estaba en cama, postrada por la fiebre”; en términos bíblicos, la postración significa impotencia, esclavitud, incapacidad para conducir la propia vida, dependencia de otros, renuncia a las propias responsabilidades, muerte… En contraposición, el ser humano pleno, sano, es presentado como erguido, es libre, dueño de su destino, protagonista de su historia. Pues bien, a esta mujer postrada, la suegra de Simón, “Jesús se le aceró y tomándola de la mano, la levantó”. Así es hermanos, Jesús “se acerca” a cada uno de nosotros, “postrados” por nuestros egoísmos, nuestras “alienaciones” y todo aquello que nos impide estar de pie; Jesús no pasa de lado, no se “queda en el templo”, va a nuestra casa, “nos toca” y “nos levanta”. Para eso ha venido; no nos quiere postrados. En este sentido, el Dios de Jesús es un Dios compasivo y cercano que se identifica con el doliente y hace lo posible por calmar su dolor. Esta cercanía es fruto de su amor y llega, como sabemos, hasta el extremo de cargar con el sufrimiento de los demás. ¡He aquí una primera enseñanza a retener!

Una segunda enseñanza: Cuando Jesús “toca” a esta mujer “inmediatamente se le quitó la fiebre y se puso a servirles”. Todo desemboca en esta nueva actitud propia de quien se ha topado con Cristo: el servicio. La suegra de Simón, postrada por sus males, por esa “fiebre”, es visitada, por pura gracia, Dios se acerca para tocarla, y entonces renace a una vida nueva, en la que, de ahora en adelante, lo único importante es el servicio.

Una tercera y última: el evangelista añade otra enseñanza que tiene que ver con la misión de Jesús y, por tanto, la misión que también a nosotros se nos confía. Después de una jornada intensa, Jesús se va a orar, pasa la noche en unidad con su Padre. Cuando los discípulos lo encuentran —todos te buscan, le dicen—, escuchan de sus labios lo que podríamos llamar el ideal misionero de Jesús: "vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. El sueño de Jesús es estar siempre en salida. Él ha venido para anunciar a todos los hombres el mensaje de la salvación, para ir de pueblo en pueblo predicando y anunciando la Buena Nueva a todos. Este universalismo del mensaje de Jesús no puede ser olvidado por la comunidad de creyentes, ya que, si Cristo ha venido para predicar el evangelio a todos los pueblos y a todas las gentes, también la iglesia deberá esforzarse en seguir sus pasos y llevar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra, sin tener miedo a las dificultades que puedan sobrevenir por la predicación de la palabra. Así se lo dirá Jesús a todos los que le seguirán, antes de subir a los cielos: “vayan por todo el mundo…” (Mc 16,15).

La predicación del evangelio debe constituir un imperativo para todo cristiano que, consciente del compromiso contraído en su bautismo, deberá repetir con San Pablo: “No tengo por qué presumir de predicar el evangelio, puesto que esa es mi obligación.” ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!” (1 Cor 9,16).

Hermanos y hermanas, tendamos la mano a Jesús que se acerca y nos levanta, pongámonos en acción, sirviendo a todas las personas necesitadas del mundo, sobre todo intercedamos por aquellos que, postrados, necesitan encontrarse con Jesús. Cumplamos nuestra misión como cristianos en este mundo agobiado por “la fiebre” del egoísmo y la falta de fe. Y digamos: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx.

Misionero Xaveriano

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