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11 Febrero 2024
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La Palabra

VI Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

Un Dios que “quiere” solo y siempre salvarnos

Mc 1, 40-45

La segunda lectura (1 Cor 10,31-11,1) de este sexto domingo terminaba con esta exhortación de San Pablo: “sean, pues, imitadores míos como yo lo soy de Cristo”; así es hermanos y hermanas, a nosotros se nos llama a imitar al Maestro, el modelo que nos saca de nuestra “autorreferencialidad” y nos empuja a construir Iglesia en camino y misión, en dinámica de crecimiento e integración. Los invito a dejarnos “curar” de nuestros individualismos, nuestras actitudes que marginan y aíslan a los demás y aceptemos la vida nueva que la compasión de Cristo nos trae.

El evangelio de hoy (Mc 1,40-45) nos cuenta el encuentro de Jesús con un leproso; les propongo tres reflexiones, en la primera los invito a mirar al leproso y su hermosa osadía, su atrevimiento que manifiesta la actitud de todo creyente ante la presencia de Jesús, salvador de nuestras vidas. Hermanos, para experimentar la salvación que nos trae Jesús, hay que pedírsela, tener el coraje de ponernos frente a Él, hacer un acto de verdadera humildad y suplicarle. Él siempre está dispuesto a curar y sanar. El leproso del evangelio es consciente de su realidad y sabe que por sí mismo no puede hacer nada, aún más existe una Ley que lo margina, pero el deseo de salir de su miseria y marginación vencen el temor a infringir la Ley y se acerca a Jesús, sin respetar la distancia, que, según lo prescrito, debía mantener. El leproso intuye que Jesús sí puede hacer algo por él. Me encanta su manera de pedir a Jesús la curación, de hecho, más que una petición, es un acto de fe, un solemne reconocimiento del poder de Jesús (“puedes limpiarme”) y un humilde acercamiento a su voluntad, absolutamente libre y soberana (“si quieres”). Como diciendo: “solo importa lo que tú quieres, de donde se desprende todo bien para mí; yo quiero quedar limpio, pero quiero, más aún, lo que tú quieras”. Qué hermosa enseñanza, hermanos, acerquémonos a Jesús, con todo y “nuestras lepras”, confiados y conscientes que él puede y quiere salvarnos. Basta pedírselo.

Como segunda reflexión, miremos a Jesús y dejémonos enseñar por su querer, por ese “quiero”, dicho al leproso: Ante el leproso que se acerca y lo compromete, Jesús no se enfada, ni le riñe, ni se aparta de él, como estaba establecido por la Ley. Todo lo contrario, lo primero que hace es extender la mano y «tocarle» movido por esa profunda compasión que lo caracteriza. Empieza por restablecer el contacto humano. Primero físico, y luego pronuncia esa palabra tan llena de significado a los oídos del leproso: «Quiero». Una palabra que encierra tantos significados, que “revela” tanto del corazón de Jesús: “Quiero” que no percibas a Dios como alguien que te excluye ni te deja solo. “Quiero” que sepas que el Reino también es para ti. “Quiero” que te veas con derecho a formar parte de la comunidad humana, con tu enfermedad y tu pecado. “Quiero” que les conste a los sacerdotes que el proyecto y la voluntad de Dios es sanar, acoger, incorporar, incluir. “Quiero” que la Ley de Dios (= Dios) deje de usarse como instrumento de marginación. “Quiero”, al tocarte y hablar contigo, que te reconozcas como persona, y quedes sanado por dentro y por fuera. “Quiero y te toco”, ... Aunque eso conlleve quedar yo «tocado», excluido, manchado, «impuro» y ya no pueda entrar abiertamente en ningún pueblo... ¡Qué importante es descubrir el “querer” del corazón de Jesús y hacerlo nuestro propio querer! Cuanta coherencia cristiana podríamos adquirir.

Una última enseñanza; ante ese “quiero” de Jesús, podemos y debemos entender que el Dios de Jesucristo no excluye, no margina, y, por tanto, todo cristiano, toda comunidad cristiana, toda Iglesia, no puede mantener actitudes de exclusión, de marginación. Hablando de la lepra, hoy en nuestro mundo, afortunadamente está prácticamente curada, pero los aislados y separados, los señalados o estigmatizados, siguen siendo muchos. Por diferentes causas: políticas o ideológicas, culturales, de violencia física o psicológica, quizá también hay ámbitos eclesiales que señalan, separan y marginan a otros hermanos, repartiendo títulos de impureza o pecado. Más aún, en esta sociedad individualista es una tentación vivir aislados y hacer de la experiencia creyente algo que empieza y acaba en uno mismo. “Yo soy creyente, pero no quiero saber nada de la Iglesia”, escuchamos –o decimos- alguna vez, provocando aislamiento, alejamiento de la dinámica comunitaria, haciendo de la vivencia de fe algo que me aísla y me margina. Ante todo ello, hoy necesitamos escuchar la voluntad de Jesús, él “quiere” que nadie, ni se margine, ni sea marginado, nuestra fe nos debe llevar a crear comunidad, pues es en ella donde se vive el único mandamiento importante: el amor. ¡No se puede ser cristiano al margen de la Iglesia! La fe se recibe y se hace real en espacios comunitarios diversos.

Hermanos y hermanas, acerquémonos a Jesús con plena confianza y aprendamos de su misericordia, sabiendo “cargar” con las “lepras” de tantos hermanos nuestros “descartados” por la sociedad. Acercarse a los que están mal, a los que la pasan mal, a los que no se valoran a sí mismos, a los que están «corrompidos» por dentro o por fuera, aun a riesgo de que nuestro prestigio, nuestra salud, nuestras ventajas queden «tocadas», todo ello es tarea de los discípulos de Jesús, de la Iglesia entera. Este Evangelio es una invitación a mancharnos, a conocer de primera mano el dolor y la frustración de tantos. Que Dios nos de la gracia de ser instrumentos de su compasión, actores de su “querer”.

P. Rubèn Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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