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27 Enero 2024
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La Palabra

IV Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

Tiene autoridad para liberar y devolver la dignidad al hombre

Mc 1, 21-28

Estimados hermanos y hermanas, continuamos nuestro camino con Jesús en su obra de salvación; el domingo pasado recibíamos, junto con los primeros discípulos, la invitación a seguirle, a entrar en relación de íntima unión con su vida, con su destino, con su obra. Hoy el evangelio (Mc 1,21-28) sitúa el inicio de la acción evangelizadora de Jesús, enseñando con autoridad, en un sábado, en la sinagoga y con una curación, o mejor dicho, con la liberación de una persona “poseída de un espíritu inmundo”. De esta manera, el evangelista quiere subrayar que toda la actividad y predicación de Jesús tienen un único fin: la salvación/curación/liberación/felicidad del hombre.

San Marcos pone de relieve una nota característica de la enseñanza de Jesús: la autoridad con la que hablaba. Esa autoridad no se refiere al tono, ni a la seguridad, ni a la firmeza con que hablaba, sino, entre otras cosas, señalo tres características: la coherencia que existía entre lo que decía y lo que hacía. Su autoridad se traduce en su acción. Además, sus palabras llegaban al corazón. Eran palabras dichas con fuerza y con poder, como si brotaran de una fuente interior creadora. Eran palabras vivas y entrañables, que producían efecto. No se parecían en nada a las palabras de otros maestros y escribas, palabras viejas, cansadas, frías. Otro aspecto de la “autoridad” de Jesús tiene que ver con los efectos en las personas que reciben su enseñanza, su autoridad hace crecer a las personas que le escuchan de verdad para convertirse, a su vez, en autores de su propia historia; las hace responsables de sus propias obras; sus vidas se transforman para bien. La autoridad de Jesús conduce a la vida verdadera; es liberadora. El mismo Jesús dirá: Yo he venido para que tengan vida abundante (cf. Jn 10,10). Está claro que su autoridad nada tiene que ver con el poder arbitrario, es más bien el poder de cambiar la vida de los que reciben su palabra.

Estimados hermanos y hermanas, la enseñanza de Jesús nos interpela; la Iglesia ha sido enviada por este mismo Jesús a ser luz del mundo, a anunciar su Palabra y llevarla a los últimos rincones de la tierra. Y yo me pregunto hoy, de hecho les invito a preguntarnos: ¿por qué la Iglesia ha perdido la “autoridad” de enseñar que tuvo en un tiempo? ¿Por qué la Palabra de Dios, transmitida por todos nosotros, ya no tiene el mismo eco que antaño? La reflexión sobre la autoridad de Jesús nos lleva a reconocer tres elementos a priorizar hoy, en nuestras Iglesias, en nuestras familias, ahí donde debemos ejercer la facultad de enseñar: La coherencia entre lo que se enseña y lo que se hace; una enseñanza que abandone los ritos y las formas para tocar el corazón del hombre de hoy, y sobre todo una enseñanza que haga crecer a quien la recibe.

Una segunda reflexión pudiera partir del “milagro” que Jesús realiza ahí en la sinagoga, un sábado, de hecho, la primera curación de Jesús que nos cuenta el Evangelio según san Marcos es un exorcismo. También esto nos debe hacer reflexionar. ¿Qué hace una persona poseída por un espíritu inmundo en una sinagoga? ¿En un lugar de culto, de oración? A pesar de encontrarse en la sinagoga, símbolo de la institución religiosa que debería haberlo habituado a pensar según los criterios de Dios, el hombre se encuentra “poseído” por criterios que lo convierten en enemigo de Dios. Esto ya es un cuestionamiento de Marcos a la religión judía, pero también deberíamos cuestionarnos todos nosotros, que estamos reunidos en un templo, en un domingo, escuchando su Palabra. ¿Qué tanto nuestra práctica religiosa nos libera de criterios “mundanos” o más bien nos aliena, hasta el punto de convertirnos en antagonistas de Dios y de su proyecto? ¿Qué tanto mi práctica religiosa me hace antagonista de Dios o más bien, me une a él desde lo más profundo, asumiendo su proyecto, su estilo de vida, su espíritu?

Hermanos, toda vez que nuestros criterios de vida estén marcados por el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la envidia, la lujuria, o cualquier otra fuerza contraria al proyecto de Dios, nos convertimos en ese hombre poseído, aunque nos revistamos con una casulla y celebremos la eucaristía, aunque estemos “en la sinagoga, a la hora del culto”. Lo que nos identifica realmente como cristianos no es el estar inscritos en la Iglesia, sino los principios evangélicos que hemos interiorizado y que nos mueven a actuar de una determinada forma, en nuestro caso, que nos mueven a actuar con los valores de justicia, de paz, de solidaridad, todo eso que viene a liberar al hombre de hoy y de todos los tiempos.

Ante este hombre poseído, que se encuentra en la sinagoga un día de sábado, Jesús actúa con autoridad y le dice: ¡Cállate y sal de él! La llegada de Jesús supone ciertamente el fin de ese modo de relacionarse con Dios, de ese sistema religioso en tantos casos deshumanizador y de todo sistema social o político deshumanizador.

Jesús está en medio de nosotros y nos invita a seguirlo, dándonos cuenta de su autoridad y de su poder para liberarnos de toda deshumanización. Sigamos, pues, adelante, escuchando su enseñanza, dejando que actúe en nosotros. Hagamos también de nuestras comunidades cristianas, lugares donde se enseña con autoridad y se libera de toda realidad deshumanizadora.

Pidamos al Señor, hermanos y hermanas, la gracia del profetismo, la fuerza de la enseñanza hecha con la autoridad de Jesús que libera al hombre, al hombre de nuestro tiempo.

P. Rubén Antonio Macia Sapien sx

Misionero Xaveriano

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