
"Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”
Queridos hermanos y hermanas, el evangelio (Mc 1,14-20) de este tercer domingo nos sitúa al inicio de la actividad apostólica de Jesús con esta afirmación llena de sentido y, porque no, de provocación: “el tiempo se ha cumplido”, su llegada quiere despertar en nosotros esperanza y compromiso. Junto con esta “provocación” Jesús añade una invitación: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. El tiempo que se ha cumplido es el nuestro, no es solo un recuerdo histórico, Jesús entra en el “hoy” de nuestras vidas para proclamar la llegada de su Reino, en el “hoy”, en el aquí y ahora. Meditemos, pues, su palabra dispuestos a responder, como lo hicieron los discípulos.
Lo primero que me llama la atención es el hecho que Jesús, al iniciar su tarea misionera, llama a unos discípulos y los invita a caminar con él. Es decir, que el Reino de Dios comienza formando comunidad. Sus seguidores responderán personalmente al llamado, claro está, pero su respuesta supone aceptar y caminar con otros que el Señor va escogiendo. ¡Qué importante es la comunidad para poder ser verdaderos discípulos de Jesús!
Un segundo punto que me llama la atención es el «escenario» que elige Jesús para dar comienzo a su misión: Jesús está en Galilea, a la orilla de un lago, y no en el templo, en Judea, en la capital, ahí donde se encuentra el gran templo; no inicia desde un “lugar sagrado” sino desde un lugar por demás cotidiano y simple, entre pescadores. Nos dice Marcos que Jesús “caminando” por la orilla del lago, “vio a Simón y Andrés echando las redes…”. Jesús, que está en movimiento, inicia su misión, yendo “a las periferias existenciales”, diría el papa Francisco, no hacia “el centro”, hacia el lugar del poder económico, religioso, social; Jesús va en sentido contrario a toda lógica. Nuestra misión en este mundo, hermanos, se realiza ahí, donde Dios nos encuentra en nuestras faenas de todos los días, es ahí donde es necesaria la conversión, porque “el tiempo se ha cumplido”.
Caminando en medio de nuestras actividades ordinarias, Jesús “ve”, se da cuenta, percibe nuestra realidad y nos llama, según sus criterios y su lógica divina. Este es un tercer punto: Jesús llama, elige a personas “ordinarias”, comunes, no son especialistas en la Ley, no están especialmente formados intelectualmente, no consta que sean «fieles cumplidores» de los muchos preceptos judíos, ni forman parte de ninguna de las castas político-religiosas de la época: son gente normal, como tú, como yo.
Pero, sobre todo, y esto es lo más importante del texto de hoy, la invitación de Jesús contiene una propuesta y una promesa. La propuesta es sumamente simple, aunque implica la más honda transformación por parte del discípulo: “vengan conmigo” (Síganme). En esto consiste toda la vida cristiana: en seguir a Jesús: todo lo demás es mera consecuencia. Seguir a Jesús implica asumir una orientación existencial definitivamente nueva, implica un riesgo, como toda opción verdaderamente humana. Pero solo Jesús garantiza plenitud y libertad, solo por él se entra en la dimensión del “tiempo que se ha cumplido”. Ser discípulo de Jesús, hoy y siempre, significa compartir su mismo destino en fidelidad y disponibilidad a las exigencias que lleva consigo el seguimiento. Ser discípulo de Jesús supone, colaborar en su misma misión, es decir: Congregar a los que están perdidos, marginados y dispersos; anunciarles la cercanía del Reino de Dios; dar testimonio de lo que hemos experimentado junto a Él.
Seguirlo implica también el cumplimiento de una promesa. De hecho, el primer efecto de seguimiento es el nuevo enfoque que adquiere la actividad y la vida misma del discípulo: “llegar a ser pescadores de hombres”. Es interesante que el oficio aparentemente continúa siendo el mismo, el de pescador, pero el fin, el objetivo, la meta es otra: el hombre. El llamamiento de Jesús viene a descentrarnos, ya no vivimos para nosotros mismos, ya no trabajamos para nosotros mismos, sino para los demás, de esta manera, la promesa del Reino comienza a cumplirse. La vocación de cada uno no es algo que beneficia solamente a quien la recibe, sino que adquiere dimensiones sociales insospechadas. El discípulo aparece como alguien absolutamente necesario para la transformación del mundo, para el cumplimiento de la promesa: “El Reino de Dios ya está cerca”.
Hermanos, hermanas, ante Jesús que hoy camina en nuestra vida ordinaria, que nos ve y nos llama, ¿qué vamos a responder? El tiempo se ha cumplido, nuestro mundo ya no puede seguir adelante en el caos que vive. Jesús inicia su misión, ¿Cómo reaccionas ante ello? El evangelio dice: “Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron…, se fueron con Jesús”. Que así sea para ti, para mí.
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx
Misionero Xaveriano

