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12 Noviembre 2023
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La Palabra

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macias Sapien sx

¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!

Mt 25, 1-13

Queridos hermanos y hermanas, la liturgia de este domingo nos propone reflexionar sobre un tema fundamental de la espiritualidad cristiana: nuestra espera vigilante, atenta y comprometida de un Dios que hace irrupción en nuestra historia. Nos acercamos al final del año litúrgico y la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre la venida definitiva del Señor. Pero, dirigir nuestra vista al horizonte del camino no significa quedarnos contemplando este acontecimiento como si de un cuadro apocalíptico se tratase, sino más bien, significa mirar y vivir nuestro presente a la luz de dicho acontecimiento, comprometidos ante dicho acontecimiento.

Jesús en el evangelio nos cita una parábola (Mt 25,1-13) conocida por todos. El esposo (Jesús) está por llegar y nosotros (las jóvenes) estamos llamados a salir a su encuentro para hacer posible la fiesta nupcial, la alianza, la alegría y la vida (Salvación). En la parábola hay una realidad central: el esposo que está por llegar, y su llegada significa el inicio de la fiesta, de la alegría, de la luz que irrumpe en la oscuridad de esa noche. Ese esposo es Jesucristo y su mensaje de salvación que irrumpe en nuestra historia. Para que esta realidad central se lleva a cabo, nosotros, los cristianos, tenemos una función importante, somos portadores de esas lámparas, de esa luz que hará “visible” al esposo que llega en medio de la noche, nuestras lámparas transformaran ese lugar oscuro, en un lugar luminoso para que se realice la fiesta, la alianza nupcial. Las lámparas de las doncellas son para alumbrar el camino del Señor, para hacer que sea posible el banquete, la fiesta. Es por eso tan importante que estemos listos, con nuestras lámparas preparadas. Recordemos lo que decía el Concilio Vaticano II: “La luz que portamos con nuestra fe y nuestra vida, tiene la función de iluminar, de generar vida en la Iglesia y en el mundo” (GS 3). Valdría la pena hacernos un primer cuestionamiento, nosotros los cristianos de este tiempo tan oscuro: ¿Seremos capaces de poner luz en medio de las sombras de nuestro tiempo? ¿Seremos capaces de alumbrar vida donde no la hay?

Retomando la parábola, las diez jóvenes del evangelio representan dos actitudes fundamentales ante el acontecimiento central de la historia, que es el encuentro con el esposo: la actitud de las insensatas y la de las prudentes. Las diez debían haber estado preparadas para cuando llegase el novio. Las diez se durmieron, pero cinco estaban preparadas y pudieron reaccionar cuando llegó. Las otras cinco no estaban preparadas. Nuestra vocación cristiana es ir continuamente al encuentro del esposo Jesucristo, hacerlo presente en el día a día de nuestra historia. Nosotros, los bautizados, estamos comprometidos en el trabajo por el Reino de Dios, para hacer que en este mundo brille la luz “de la libertad, de la justicia, del amor y de la paz, para mantener así la esperanza de todos”. Se espera de nosotros una actitud comprometida, una respuesta digna de un seguidor de Jesús ante las distintas experiencias de la vida en las cuales Dios quiere entrar como el esposo que trae vida, y nosotros lo debemos hacer posible.

Ante esta vocación y su importancia para la historia de la humanidad, no podemos permanecer continuamente “distraídos”, pensando que tardara en llegar, o incluso siendo superficiales, imprudentes, indolentes. Nuestras lámparas deben estar listas, encendidas. El esposo puede tardar, su llegada es impredecible, pero eso no justifica nuestra distracción. La respuesta del esposo es cruel, fuerte, dramática: al cerrarse la puerta no hay otra respuesta que esta: “Yo les aseguro que no las conozco”. No hay que esperar al último minuto para ir a recargar nuestras lámparas de aceite. Con esta parábola se nos está invitando a ser constantes en nuestra vida de fe, pues en cualquier momento se puede producir su llamada. La vida de fe es algo permanente en las personas, no es algo para dos días sí, y dos no; no es intermitente. Cuando hemos tenido experiencia del Dios que ha venido a compartir nuestras vidas, el Dios-con-nosotros, se traduce en algo definitivo. ¡Es necesario poner atención en la visita actual del Señor! El Dios de cada día, que llega a todo momento. La primera lectura (Sab 6,12-16) nos aclara sobre el aceite que debemos siempre tener listo para encender nuestras lámparas, el aceite de la Sabiduría. La diferencia entre ambas actitudes se llama sabiduría. Ese don que nada tiene que ver con títulos o certificados, sino que ayuda a las personas a situarse en la vida real de un modo más auténtico, más vital, más esperanzado. Dice la primera lectura: “Darle primacía en los pensamientos a la sabiduría es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se vera libre de preocupaciones”. Mirar con sabiduría los tiempos que vivimos, nuestro presente, nuestro futuro, con capacidad de discernimiento, buscando siempre esa mirada de Dios ante las cosas; eso nos va a dar luz suficiente para afrontar y discernir el presente, para afrontar este tiempo de oscuridad y saber reconocerlo cuando llega y, sobre todo, participar para que todos lo vean, lo descubran y lo sigan.

En estos tiempos tan oscuros, se nos invita a abrir los ojos y reconocer a Dios en los acontecimientos vividos. Esto requiere el estar vigilantes, tener encendida nuestra lámpara, en el aquí y ahora, en nuestra familia, en la comunidad, en nuestro pueblo o ciudad, en nuestro país, a través de los distintos hechos vividos, sean dolorosos o felices…, a través de esto que llamamos vida. En ella se manifiesta Dios, y nos pide una respuesta evangélica.

Hermanos y hermanas, no dejen que nunca se apague la lámpara de la fe, porque cualquier momento puede ser el último; no dejen de usar la sabiduría, la capacidad de discernimiento para mantener sus lámparas encendidas. El Reino está ya aquí. Enciendan las lámparas con el aceite de la fe, de la fraternidad y de la caridad mutua. Nuestros corazones, llenos de luz, nos permitirán vivir la auténtica alegría aquí y ahora, la alegría de encontrarnos con el esposo. Además, los que viven a nuestro alrededor se verán también iluminados y conocerán el gozo de la presencia del Novio esperado. Jesús nos pide que nunca nos falte ese aceite en nuestras lámparas.

Vayamos, pues, tomemos nuestras lámparas y salgamos al encuentro del esposo que ya viene.

P. Rubén Antonio Macias Sapién sx.

Misionero Xaveriano

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