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18 Noviembre 2023
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La Palabra

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Entra a tomar parte en la alegría de tu Señor”

Mt 25, 14-30

Estimados hermanos y hermanas, en vísperas de la fiesta de Cristo Rey del próximo domingo, la palabra de Dios nos sigue invitando a estar vigilantes, atentos y comprometidos ante el Señor que irrumpe en nuestra historia. El domingo pasado contemplábamos a aquellas cinco jóvenes que se quedaban sin entrar en el banquete de bodas, sin participar en el Reino, por haber dejado apagar las lámparas y no tener una reserva de aceite. Aquella parábola terminaba con una invitación: «velad, porque no sabéis el día ni la hora». Y para explicarnos en qué consiste estar despiertos, qué quiere decir tener aceite en las lámparas, Jesús nos cuenta una nueva parábola hoy: la parábola de los talentos. (Mt 25,14-30)

Para iniciar nuestra reflexión pudiéramos preguntarnos ¿qué novedad nos aporta esta parábola a las otras que tanto insisten en el tema de la vigilancia? Podemos señalar algunos detalles importantes que aclaran lo que Dios espera de nosotros y su actuar ante nuestra espera. Primero: Dios pide que la espera de los creyentes tenga como fundamento una actitud de responsabilidad, de compromiso, una actitud activa y efectiva, además, acorde con las posibilidades de cada uno. No se trata solo de velar con los ojos bien abiertos, como el centinela que aguarda la aurora (Sal 129), sino de una espera activa y eficaz. Como escuchamos, dos de los tres siervos se ponen «en seguida» a negociar, y pronto doblan el capital. El otro, confundiendo quizá la prudencia con la cobardía – qué fina es la línea entre estos dos conceptos – opta por no hacer nada. Cierto que no hizo nada malo, no malgastó el capital de su Señor; le devolvió todo lo que le confió, aparentemente mal no hizo, aunque en realidad, no hizo nada de nada.

El descuido y la inoperancia de este siervo contrastan claramente con la conducta y la forma de proceder de la mujer hacendosa ensalzada en la 1ª lectura (Prov. 31,10-13.19-20.30-31). Mientras aquel es arrojado a las tinieblas de fuera por su negligencia y abandono, esta es elogiada por su dedicación y labor eficaz al frente de la casa: ensalzadla por el éxito de su trabajo, “que sus obras la alaben en la plaza”. El criado insensato y temeroso, maniatado por la suspicacia y la desconfianza, sucumbe en una terrible ineficacia. La mujer sensata, por el contrario, actúa movida por el sabio temor del Señor, por esa confianza certera pedida a todo creyente que se entrega a Dios y su providencia sin reservas. He ahí un ejemplo a seguir, el ejemplo de esta mujer sensata, el ejemplo de los dos servidores de la parábola.

Un segundo detalle: la confianza de Dios. El dueño que se ausenta confía plenamente en sus siervos, pues deja en sus manos el mantenimiento y la explotación de toda su hacienda. Algo que me parece muy interesante es el hecho de que el dueño no deja ninguna indicación concreta sobre el modo de obrar con esa suma enorme de dinero. Parece que, conociendo a los empleados, les da total libertad, tiene plena y absoluta confianza en que lo harán bien, y sabe que son eficientes, operativos, capaces de rendir.

Un tercer aspecto también relevante: “les da según la capacidad de cada uno”. No les encomienda nada por encima de sus posibilidades; les reclama sencillamente su trabajo diario ateniéndose a la capacidad de cada uno de ellos. No les enjuicia por su rendimiento económico, por los resultados obtenidos, sino por la actitud, descuidada o responsable, que han adoptado en la administración de sus talentos; esa actitud personal e intransferible que nadie puede delegar en los demás.

¿Qué nos enseña, pues, esta parábola? La fe cristiana no es una fe muerta, sino dinámica y operante; activa y efectiva, comprometida y entregada. Jesús dirá: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago (Jn 14,12). Más aún, ese será el criterio definitivo con el que juzgue a los suyos en el momento final: tuve hambre y me diste de comer… (Mt 25,31-46). Sin embargo, la parábola de los talentos no quiere exaltar solo la productividad de los siervos, sino, nos llama la atención sobre la manera, responsable o no, de comportarse de parte de los siervos, es cuestión de actitud. Lo que importa ante todo es la disponibilidad y dedicación en el ejercicio de su servicio en favor del Reino.  Como la mujer hacendosa en la administración de su hogar, así ha de actuar el discípulo de Cristo en la gestión de los bienes del Reino (Mt 13,52). Quien se implica de lleno involucrándose en la misión evangelizadora de acuerdo a sus capacidades, tiene asegurada su entrada en el banquete del Reino: “entra en el gozo de tu señor”. Segunda enseñanza es la confianza y el conocimiento de Dios sobre cada uno de nosotros. Nos confía su Reino, sabe de lo que somos capaces y, guiado por este conocimiento y su amor, nos confía el todo de su Reino. Es un Dios que no hace por su cuenta, sino que nos da nuestro lugar en su proyecto de salvación y nos confía el éxito y la realización de dicho proyecto.

¿Qué hacer ante un Dios así, que nos ama, nos conoce y nos confía su Reino? No hay otra respuesta que aquella mostrada por la mujer hacendosa y comprometida de la primera lectura, o los dos servidores, que “siendo fieles en cosas de poco valor”, se les confiará aún cosas de mucho valor. Y entonces: “entrar a tomar parte en la alegría de nuestro Señor”.

P. Rubén Antonio Macias Sapien

Misionero Xaveriano

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