
HIJO, VE A TRABAJAR HOY A MI VIÑA
Estimados hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos propone otra parábola del Evangelio ambientada una vez más en una viña (Mt 21,28-32); como nos recordaba la parábola de “los trabajadores de la viña”, meditada el domingo pasado, lo que importa no es responder desde la primera hora o “al caer de la tarde”, lo que importa es responder a la invitación a trabajar en la viña, a trabajar por el Reino de Dios, a asumir la causa del propietario de la viña que nos hace partícipes de su proyecto y esa participación no es la de un siervo, sino la de un hijo enviado por su padre a la viña. Hoy, el evangelio comienza con esta afirmación: “HIJO, ve a trabajar hoy en la viña”; contemplamos en esta parábola al padre y dueño de la viña pidiendo a sus dos hijos de ir a la viña. Uno dice “sí”, y no va. El otro dice “no”, y va. Ninguno de los dos hijos mantiene la palabra dada.
El primero, es decir, el hijo mayor, cuida las apariencias, se muestra disponible, contesta como debe ser, pero se engaña sobre todo a sí mismo. Es un hipócrita. Las palabras, las proclamaciones de obediencia, las supuestas creencias, y el sentimiento de familia se quedan en nada. Finalmente, no ha descubierto que la viña también es suya. No le importa el padre ni la viña, no ha asumido de corazón su identidad ni su relación con el padre, todo es apariencia. Ciertamente, Jesús se está dirigiendo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, los “hijos mayores” de Israel, que dicen estar con Dios y usan su nombre, pero no se han identificado con él ni con su causa, no mantienen una relación de hijos con Dios. El segundo hijo, el “desobediente”, quien responde de manera seca, “no quiero ir”, hace un proceso, reflexiona, piensa y termina por ir a la viña no por la autoridad de su padre, sino por convencimiento de lo que significa la voluntad de su padre: la viña es de su padre, como también lo es suya. Hay que cuidarla, trabajarla, porque si no será también su propia ruina. Puede que sea un insolente, un maleducado..., pero al final se preocupa por la viña y se ocupa de ella, al final descubre la importancia de asumir lo que es de su padre, al final se reconoce hijo y, movido por esta filiación va a la viña. El Señor, una vez más, golpea sutil y tiernamente nuestra conciencia para que nuestra relación con Dios Padre sea íntima, es decir, que acojamos su voluntad desde el corazón de hijos. Nuestra vida cristiana no puede ser vivida desde una relación fría, de siervo, de asalariado; Jesús nos recuerda que somos hijos y es desde esta identidad de hijo que debemos vivir nuestra fe y trabajar por su Reino.
Jesús nos invita a reconocer que la “viña” es nuestra, que el trabajo por el Reino de Dios es un trabajo que me beneficia, la obediencia al Padre es para nuestra propia felicidad y gloria, pues nos da identidad y nos une a Él y a su causa. Trabajar por el Reino es lo propio de nuestra naturaleza e identidad, pues somos hijos. De hecho, en la parábola, ambos hijos muestran una obediencia imperfecta a la voluntad del Padre. El primero porque no concretiza su sí; el segundo porque inicialmente opone un rechazo, aunque si después lo cambia. De por sí, la parábola no presenta lo que debería ser la situación óptima: un hijo que diga inmediatamente si y después mantiene la palabra dada. Este hijo es más bien presentado en la segunda lectura (Filipenses 2,1-11), es Jesús quien, “no consideró que debería aferrarse a las prerrogativas de su condición, sino que, se anonadó a sí mismo…, se hizo obediente… incluso hasta la cruz…”. Nuestro modelo de hijo, pues es Jesús, no ninguno de los dos hijos de la Parábola, sino Jesús obediente. De hecho, la invitación de hoy es clara: “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. Y esos sentimientos son los de un hijo amoroso, obediente a su Padre por amor.
Una segunda reflexión me invita a pensar en la incoherencia de los dos hijos de la parábola y en la invitación a la conversión que Jesús nos hace con esta enseñanza. Lo importante para Dios Padre no es esta realidad de incoherencia que caracteriza a sus dos hijos, sino la actitud del segundo, que asume su falta, reflexiona, recapacita, escucha de nuevo en su corazón la voz del padre y va a su viña. Dios es consciente de como estamos hechos, sabe de qué “masa” estamos hechos, conoce nuestras inconsistencias, nuestras incoherencias, por eso nos invita a tomar “el camino del Reino de Dios”, con esa sencillez y capacidad de arrepentimiento. Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios”. Al hablar Jesús así ante los sacerdotes y ancianos del pueblo, no está legitimando ningún tipo de conducta moral negativa, de hecho, no está hablando de “todos los publicanos y las prostitutas del planeta”, sino de esos que Jesús tiene delante de si y lo están oyendo, esos que, primero han escuchado la palabra de Juan el Bautista y le creyeron y, ahora, están allí, a los pies de Jesús, escuchando sus enseñanzas. Son pecadores en movimiento, en camino, pecadores, capaces, todavía, de sentir el significado de su pecado y de abrirse a la mirada de Dios Padre, que los invita a la conversión, que los invita a tomar los “caminos del Reino”. Hijo, ve a trabajar a la viña, aun si has sido un desobediente, un rebelde, ve.
Los publicanos y las prostitutas, a diferencia de los sacerdotes y ancianos que se creen justos, son capaces de salir de su pecado, de abrirse a posibilidades nuevas, ansiosos de descubrir salidas, opciones, alternativas a su situación porque Jesús está ahí, en medio de ellos, sin más, sin complicaciones ni rituales complejos, sin exigencias sobrehumanas, sin recriminaciones, mostrando el rostro de un Dios que solo ama y que solo busca salvar. Un Dios que no los excluye, sino que los invita, Hijo, ve a trabajar a la viña. ¡Y eso es lo que ellos necesitan! En consecuencia, rompen con lo que ha sido su vida, más aún rompen con el lugar que la sociedad pretendía cosificarlos para siempre: el de los derrotados, los perdidos. Cristo, en medio de ellos, les ha mostrado que a los ojos de Dios Padre nadie está perdido mientras esté vivo, y que para todo pecado existe un gesto de perdón, para toda fealdad del alma, un toque embellecedor de la gracia, para toda mueca de dolor una sonrisa acogedora del Padre. Imagino en la parábola la sonrisa del padre al ver regresar a su “hijo rebelde” de la viña, después de la jornada, sudado, cansado, pero satisfecho, porque ha cumplido la voluntad de su padre misericordioso que no lo abandonó en su rebeldía, sino que le mostró amor y lo motivó a la conversión.
Vayamos, pues, a la viña, hermanos, conscientes de nuestras incoherencias en la fe, en la vida cristiana, en nuestra poca disponibilidad a cumplir la voluntad del Padre, pero sostenidos sobre todo por la misericordia del Padre que nos invita a tomar “el camino del Reino”, a ser “pecadores en movimiento” de conversión y de compromiso en la viña. “HIJO, ve a trabajar hoy en la viña”.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

