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7 Octubre 2023
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La Palabra

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable”

Mt 21, 33-43

Estimados hermanos y hermanas, la parábola de este domingo (Mt 21,33-43), nuevamente gira alrededor de una viña y su propietario, nuevamente nos invita a reflexionar sobre la finalidad de nuestra vida cristiana y al mismo tiempo sobre la acción de Dios que no cesa de ofrecernos todos los medios para que podamos salvarnos, todo, sin escatimar, ni siquiera a su hijo, para que podamos “producir sus frutos”.

Antes que nada estamos llamados a dejarnos asombrar por la acción de Dios, representado por el propietario de la viña, acción en favor de su pueblo, es decir, nosotros, representados por la viña. Son de llamar la atención los verbos que preceden la acción del propietario: plantó…, cavó..., construyó..., arrendó, verbos que expresan el interés y el compromiso con que el propietario ha plantado su viña.

Mateo nos dice que este hombre “plantó” personalmente su viña. Pudiendo ordenar a otros que lo hicieran, elige hacerlo él. Eso nos habla del amor personal que tiene Dios hacia cada uno de nosotros. Además, lo “rodeó” de una cerca, es decir, la protegió, hizo lo posible para que no pudieran entrar los ladrones, los animales que la pisotearan y se comieran los brotes. Dios cuida de su pueblo, de cada uno de nosotros, también alrededor de nosotros, el Señor ha edificado una cerca, la cerca de Su amor, de Su gracia, con la que nos rodea siempre, con la que nos protege de mil peligros de los que ni nos damos cuenta y, quizá, ni se lo agradecemos... Además, dice Mateo, “cavó” un lagar. El lagar era un agujero en la tierra, una especie de pequeño estanque, que servía para poner allí la fruta y prensarla, pisarla, para sacarle el jugo. ¡Qué sorprendente es este propietario! Todavía no está lista la viña y ya el dueño está cavando un lagar donde espera un día poder prensar los frutos. Esto habla de la ilusión que tiene, de su esperanza. Dios, espera mucho de nosotros, está convencido de que daremos abundantes buenos frutos. También “edificó” una torre, para asegurarse de que hubiera alguien que vigilara y la protegiera. Quiere que haya un vigía que esté atento a que nadie la invada, que nadie se meta a pisotearla o a robar los frutos.

Todas estas acciones del propietario nos deben de llevar a pensar que nuestra vida está caracterizada por una multitud de bienes que Dios nos da en abundancia y con fidelidad. Pero, como sucede en la parábola, seguido caemos en la tentación de decir: “Todo es nuestro. No debemos nada a nadie”. Quizá una de las preguntas que debemos hacernos hoy es esta: ¿Qué es lo que nos impide reconocer el señorío de Dios sobre nuestras vidas? ¿Sobre esta viña (su viña) que nos ha sido confiada?

Aquí les invito a reflexionar en el segundo aspecto de la parábola, es decir, nuestra vida cristiana y su finalidad. El propietario ha hecho todo lo dicho con una finalidad: que la viña de fruto; no ha escatimado nada, ni siquiera a su hijo con tal de que la viña de fruto. Hay una pregunta que la parábola nos dirige: “ahora díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?" Quizá nuestra respuesta se parece mucho a la dada por los sacerdotes y ancianos del pueblo de Israel: ¡Que mueran esos desdichados! Dios nos asombra nuevamente. Si nos centramos en todas las cosas que hizo el dueño en favor de su viña, ciertamente que, desde luego, lo mínimo es el enfado, enojo. Dicen que del amor al odio, hay solo un paso. Tanto amó a su viña, lo menos es que muestre odio a esos viñadores. Lo normal era que el dueño de la viña matara a los viñadores homicidas. Ojo por ojo y diente por diente. La ley del talión en estado puro. Nosotros hubiéramos mandado a la Caballería, al ejército y a los antidisturbios. Afortunadamente, para nosotros, nuestro Dios no es así. La respuesta de Jesús es muy distinta. Quitarles la viña a los labradores y dársela a otros, que “produzcan sus frutos”. Qué diferente concepción de la vida. Vence el espíritu del amor, no de la venganza o del odio. Ese es el Dios que Jesús vino a revelarnos. Nada lo hace separarse del objetivo, ni siquiera la maldad de estos hombres que le quitaron a su hijo, él quiere frutos, él quiere que su amor fructifique en su viña que somos nosotros.

Quisiera terminar mi reflexión haciendo una pregunta: ¿y cuáles serían esos frutos que Dios espera recoger en su viña? ¿Cuáles son las actitudes y los compromisos de nuestra vida cristiana que harán fructificar su viña? Me encanta la respuesta que nos da San Pablo en la segunda lectura (Flp 4,6-9); me encanta porque es tan actual; cuatro actitudes de vida importantísimas para que nuestra vida cristiana produzca esos frutos deseados por Dios. “Aprecien todo lo que es verdadero y noble; cuanto hay de justo y puro; todo lo que es amable y honroso; todo lo que sea virtud y merezca elogio”. He ahí las actitudes que Dios espera de nosotros, los cristianos de esta época, tan necesitada de verdad y nobleza; de justicia y pureza; de amabilidad y honra, de virtud y valores elocuentes.

Hermanos, hermanas, ante un Dios así, amoroso, atento, comprometido y siempre fiel, que no escatima nada y que quiere “alquilarnos su viña para que le entreguemos los frutos a su tiempo” ¿qué le diremos? ¿Estamos dispuestos a asumir su viña y entregarle los frutos a su tiempo? ¿Qué estás haciendo con la viña que te ha confiado desde el día de tu bautismo? Pregúntate: Si hoy fueses llamado a cuantas, ¿tendrías algunos frutos en tus manos para entregárselos?

¡Que Dios haga de nosotros viñadores que den frutos abundantes según su voluntad!

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero Xaveriano

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