
“Somos del Señor”, por lo tanto, perdonamos
Estimados hermanos y hermanas, el domingo pasado meditábamos sobre el poder de ese tesoro que Jesús nos había confiado, el tesoro de la fraternidad, de reconocer en el otro a un hermano y de buscar a todo precio que el Dios Salvador se hiciera presente en todas nuestras relaciones interpersonales, sobre todo cuando estas pudieran ser caracterizadas por la falta de una u otra parte. La fraternidad ese tesoro poderoso que puede cambiar al mundo.
Hoy, en continuidad con la enseñanza del Maestro Jesús, todas las lecturas nos hablan de un elemento fundamental para que ese tesoro no se devalúe, no pierda su valor, no se corrompa; o si somos positivos en nuestro reflexionar, para que ese tesoro se multiplique, se fortalezca, adquiera mejor “plusvalía”, ese elemento fundamental es el perdón. De hecho, hermanos y hermanas, el perdón es una de las modalidades del amor. Una de sus más exigentes y por lo tanto más enriquecedoras, y al mismo tiempo necesarias. Si sabes amar, sabes perdonar y, ciertamente, si no perdonas es porque no amas.
Jesús, al enviarnos a construir un mundo de hermanos, una civilización del amor, nos pide implícitamente, construir un mundo de perdón, de paciencia, de comprensión, de compasión. Hacer del mundo una sola familia en Cristo, nos dice San Guido María Conforti, un mundo que tenga como cimiento el perdón y como finalidad el amor mutuo. Sabemos bien hermanos que, en la convivencia humana en general, y en las distintas formas de convivencia familiar o comunitaria, pueden surgir problemas, malentendidos, discusiones e incluso ofensas entre las personas. Somos seres humanos, gracias a Dios, distintos, con caracteres, educaciones, condicionantes diversas que pueden provocar dificultades, diferencias y hasta ofensas en las relaciones mutuas. En este caso, un cristiano está llamado a la reconciliación. Y el camino de la reconciliación pasa por el reconocimiento de la propia experiencia de perdonado, de saberse humano, frágil, pero perdonado de manera gratuita, abundante, sin límites; ese es el sentido profundo de la parábola de hoy (Mateo 18, 21-35)
El protagonista no es ninguno de los dos siervos, no caigamos en la tentación de distraernos en las actitudes mezquinas del siervo inicuo. Nuestra mirada debe dirigirse al verdadero protagonista, que es el rey. Un rey que perdona “lo que no está en los papeles”, que perdona incondicionalmente al que no puede pagarle de ninguna manera. Este rey debe atraer nuestra mirada. En él podemos ver al Dios que en Jesucristo se revela, un Dios que perdona sin condiciones, que acoge a los pecadores, Dios de misericordia y de bondad. Este Dios se revela en su Hijo Jesús, que en la cruz perdona a sus enemigos. Jesús, el verdadero rey (“rey de los judíos”), en la cruz, no solo perdona, sino que se convierte en el abogado defensor de sus asesinos: “perdónales, porque no saben lo que hacen”. La parábola de hoy nos invita a identificarnos con este sorprendente rey perdonador. Identificarnos con su modo de amar, de perdonar.
Para el cristiano, el perdón no tiene límites. Pues como dice San Pablo en la segunda lectura: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor”. (Romanos 14, 7-9) El cristiano, al sentirse perdonado, ya no puede reaccionar solo desde su orgullo lastimado, sino desde su nueva identidad recibida al recibir el mismo perdón de Jesús. “Somos del Señor”, por eso perdonamos.
¿Y cuantas veces? A Jesús le formulan una pregunta sobre los límites del perdón. Pregunta muy lógica y muy humana. Jesús responde que, para sus seguidores, el perdón no tiene límites, puesto que hay que perdonar siempre y en toda circunstancia. De hecho, Jesús nos invita a dejar la lógica cuantitativa, ¿Cuántas veces?, que empobrece nuestro corazón, para entrar en una lógica “cualitativa”, ¿de que manera?, es decir, al mismo modo de Dios, que perdona siempre y en abundancia. Al hacerlo nos identificamos con el Padre celestial. A él tenemos que mirar, a este rey de la parábola que lo representa, para identificarnos con él. He ahí la invitación de Jesús. Perdonemos como ese Rey, perdonemos como Dios nos perdona. ¿Y saben una cosa? El perdón no es un favor
que hacemos el ofensor, es un bien que nos hacemos a nosotros. El primer beneficiario del perdón es el que perdona. ¡Experiméntalo! Por eso Dios no pierde su bondad, porque es misericordioso.
El tema de la liturgia de hoy es de una sorprendente actualidad. El mundo necesita perdón, reconciliación, encuentro, diálogo. Y los discípulos de Jesús debemos hacerlo más que nadie. Empezando por la propia familia, que a veces es lo más difícil. Démonos cuenta, hermanos de la urgencia del perdón; somos una sociedad enferma de odio, rencores, venganzas; una generación de “corazones sobrecargados”, donde las relaciones humanas son difíciles, dolorosas, “toxicas”. En los discursos políticos se privilegia la confrontación, el rechazo, la polarización, abundan expresiones de rechazo e intolerancia. En nuestra sociedad abundan los delitos de xenofobia, racismo y violencia doméstica. Desde las tribunas políticas se predica la intolerancia y se lanzan mentiras contra colectivos no deseados. Ante esto, los cristianos estamos llamados a “ir contra corriente”, y a contrarrestar las olas de violencia e intolerancia con hechos y palabras de acogida, comprensión, misericordia y perdón. Estamos llamados a perdonar, a mostrar el camino del perdón como camino de solución ante tantas realidades sufrientes de nuestra sociedad, un perdón al ejemplo de Jesús que nos libera de la lógica del rencor y la venganza para construir esa fraternidad universal necesaria para vivir como seres humanos, hijos del mismo Padre, misericordioso y fiel.

