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10 Septiembre 2023
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La Palabra

XXIII Domingo ordinario “A”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

El poder de ese tesoro llamado fraternidad

Mt 18,15-20

Queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios que escuchamos hoy nos llama la atención sobre uno de los tesoros mas grandes que estamos llamados a poseer y multiplicar, el tesoro de la fraternidad. Ya desde tiempos de Caín y Abel, la fraternidad es una preocupación de la Palabra de Dios. Es cierto que, en la últimas décadas, hemos querido construir una sociedad sobre el individualismo, la competitividad y la eficacia personal, pero la realidad nos hace reflexionar y voltear de nuevo a las palabras que Dios ha dirigido a la humanidad desde tiempos de Caín y Abel: “amarás a tu prójimo como a ti mismo…pues el cumplimiento de la ley consiste en amar” (Segunda lectura Rm 13,8-10). Muchos de nosotros, a pesar de reconocernos cristianos, actuamos según el llamado “síndrome del hijo único”, es decir, el que no quiere reconocer en el otro a un hermano, y tiene una buena lista de razones para distanciarse de él... es tan viejo como Caín. Nos gusta mucho estar en casa como «hijos únicos», sentirnos dueños de la casa, y con derechos adquiridos sobre el padre y su herencia..., como en la parábola del Hijo Pródigo, y el «hermano» que vuelve me estorba, y no pocas veces el que está en casa, que no se ha ido, también. Nuestra cultura individualista e insolidaria (y cada vez lo es más), así como el peso cultural de los últimos siglos... nos empujan a vivir la fe como un asunto privado, individualista, por muchos padres «nuestros» que recemos.

Demasiadas veces eso que llamamos «comunidad» lo hemos convertido en una especie de autoservicio para cubrir “mis necesidades personales”, sin poner de nuestra parte lo que podamos para que sea una auténtica familia con relaciones cercanas, en donde nos interesemos por el otro, por su vida, por su existencia, por su bienestar, y también por su santidad, por su conversión.

Hoy Jesús nos invita a descubrir de nuevo ese tesoro que Dios nos ha heredado, el tesoro de la fraternidad, una fraternidad que se construye a partir de una realidad que supera toda afinidad humana, cultural o material, es una fraternidad que se construye gracias a la presencia de Jesús en medio de nosotros: “Pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy en medio de ellos” (Evangelio Mt 18,15-20). Jesús nos invita a ir hacia el otro, interesarnos por el otro, buscar la unidad con el otro, descubrirlo como hermano, interesarme por él para hacer realidad en el hoy la encarnación de Jesús Salvador. Como dice san Pablo en la segunda lectura: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo”. La fraternidad, el amor mutuo es nuestro mayor tesoro que podemos heredar a la sociedad de nuestro tiempo; ese tesoro que tiene “el poder” de transformar todo y darle de nuevo vida.

Hermanos, si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Ese es el tesoro que “vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón”, ese es el tesoro que la humanidad necesita urgentemente; la presencia de Jesús en medio de nosotros porque nos amamos como hermanos, una presencia que vivífica, que amplía los horizontes, que consuela y que estimula a la caridad y a la verdad. Voy hacia el otro, ya no tomándolo como un desconocido, como alguien de quien tengo que cuidarme o alejarme de él, al contrario, voy al otro para buscar esa presencia de Jesús al reconocerlo hermano; voy al otro asumiendo las actitudes y virtudes de Jesús (paciencia, prudencia, mansedumbre, pobreza, pureza…), actitudes que se nos piden para que la unidad sobrenatural con los hermanos no decaiga. El amor recíproco que nace de poner en práctica la Palabra de Dios engendra la presencia de Jesús en la comunidad: El amor reciproco nos da la gracia de poder participar en el amor de Dios, el cual es salvador, de esta manera el amor que nos habita y nos mueve hacia el otro, incluso hacia el otro en falta, se convierte en un amor “salvador”, “redentor”, un amor que ayuda al otro a superar su error y alcanzar la salvación, la nueva vida que Jesús le propone.

Es por eso que Jesús me dice: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas, si te escucha, habrás salvado a tu hermano”. ¡He ahí nuestra misión y nuestro poder: salvar al hermano! El poder de la fraternidad porque Jesús Salvador se hace presente. El error de mi hermano ya no pasa desapercibido ante mí; ya no me muestro indiferente ante él; al contrario, lo asumo, no con la intención de juzgarlo, sino de salvarlo porque Jesús, al yo ir hacia el hermano en falta, se hace presente en medio de nosotros para salvarlo y no para condenarlo. “Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo”, nos dice Jesús, afirmando el gran poder que tenemos ante la vida de nuestros hermanos. Es el “salvar al hermano” de que habla el evangelio, ya que somos una familia, donde la corrección fraterna, más que una estrategia o pedagogía es una espiritualidad, un don del Espíritu para construir y alentar a la comunidad. Reprender al hermano para salvarle, no es una crítica viciada, ni conformista, sino una ayuda amistosa y leal en sus momentos de desorientación y despiste. La corrección fraterna pues es una expresión concreta de esa misión de buscar la fraternidad en este mundo, tan desorientado y necesitado de amor, de hermanos, no de jueces ni de castigos, sino necesitado de ese Jesús Salvador que se hace presente, gracias al amor mutuo, a la fraternidad que construimos como cristianos comprometidos con el otro, con la sociedad, con el mundo.

Hermanos, seamos conscientes de ese tesoro que Dios nos ha confiado: “Yo les aseguro también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá”. Pidamos el don de la fraternidad para nuestro mundo, pidamos unidos que Jesús se haga presente en medio de nuestras relaciones familiares, de trabajo, de escuela; en nuestras relaciones personales; que en todo momento y ante toda persona busquemos al hermano Jesús que nos hace hermanos los unos a los otros.

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