
“¿Quién dicen ustedes que soy yo?”
Estimados hermanos y hermanas, el encuentro con Jesús, el Cristo, mueve, interroga, sacude, mete todo a la luz y lo cuestiona; de esta manera el encuentro con él permite que nos abramos a la plenitud de la existencia que él nos ofrece y a la salvación que, con su presencia, irrumpe en nuestras vidas. Jesús cuestiona a sus discípulos, a Pedro y los suyos, pero tambien a nosotros: “¿quién dicen ustedes que soy yo?” (Mt 16,13-20). Es de suma importancia para él y para nosotros que nos atrevamos a dar respuesta; dependerá de ello la calidad de nuestro seguimiento, de nuestra vida cristiana. ¡Qué importante en estos tiempos difíciles que nos dejemos cuestionar por Jesús!
Fíjense hermanos, todos nosotros, los seres humanos solemos percibir la realidad desde nuestras expectativas, necesidades, situaciones personales, vivencias y experiencias, intereses. Así somos. Estos son nuestros filtros, conscientes o inconscientes para entender la realidad. Jesús lo sabe, es por ello que nos cuestiona, quiere hacer un «feedback», una valoración de lo que hemos podido captar de sus palabras y de sus obras, qué nos ha quedado de todo su empeño misionero. Cuestionarnos es una tarea necesaria siempre para crecer en nuestra fe.
Jesús pregunta pues a sus discípulos sobre lo que la gente dice; las respuestas no son muy alentadoras; la percepción del Maestro en ellos es aún muy incompleta, “unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, que Jeremías o alguno de los Profetas”. Ante tales respuestas, Jesús no renuncia, al contrario insiste y va directo a sus apóstoles: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”. La pregunta no se dirige al terreno intelectual, sino más bien a la vida, a la experiencia: ¿Qué han percibido de mí en el trato personal, qué ha supuesto para ustedes el seguirme, el escucharme, el estar conmigo...? ¿En qué han cambiado personalmente, cómo estoy influyendo en sus vidas? Digamos que es una pregunta «existencial», que solo uno mismo puede responder, y para la que no hay respuestas hechas, de librito, de catecismo; solo con un compromiso de vida se responde a tal pregunta. La pregunta que nos hace Jesús hoy nos habla de relación y de misión, de encuentro y de misión.
Sin duda alguna, el encuentro con el maestro no nos deja indiferentes. Sus obras y palabras llevan a cuestionar a aquellos que le escuchan y le siguen sobre la especial singularidad de esta persona, sus palabras y sus obras atraen y despiertan en nosotros la necesidad de encontrarnos con él, de descubrirlo como Alguien, como un “Tú” diferente a nosotros pero que nos llena de vida, de esperanza, de sentido; alguien con quién involucramos la totalidad de la vida. Es muy importante la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Todo se juega en la profundidad de esta breve palabra: “Tú”.
Me hace pensar en esos enamorados, que al mirarse a los ojos se dicen “tú eres…” y en esa mirada, dos existencias se entrelazan, asumen la consciencia de vivir el uno para el otro; al afirmarlo, ese “tú” puede significar todo para ellos: el sentido de la vida encontrado, el interés prioritario, la felicidad alcanzada finalmente, el gozo de estar vivos porque se está precisamente con ese “tú”. Es el caso de Pedro ante Jesús, o de ti, o de mí, de cada uno de nosotros creyentes ante Jesús que nos interroga mirándonos a los ojos y nos pide una respuesta existencial, comprometedora, una respuesta misionera.
¡Tú, tú, tú eres! A veces sólo esas dos palabras bastarían para decirlo todo. La respuesta de Simón va acompañada de dos calificativos, “tú eres el MESÍAS, el Hijo de Dios VIVO”; el primer calificativo apunta a aquellas expectativas de las que hablábamos; el por qué me acerco a Jesús; decir, “tú eres el Mesías” significa reconocer que mi historia, mi pasado finalmente encuentra sentido, luz, paz; el Mesías es el esperado, en Jesús encuentro un Salvador, aquel que viene a darle plenitud a mi presente y esperanza a mi futuro, él es el Dios VIVO; segundo calificativo que utiliza Pedro. Llamar a Jesús de esta manera significa reconocer que él actúa de manera única en el hoy del discípulo, en el hoy de mi vida; que es el Dios verdadero, calificado como vivo, no como teoría, o concepto, sino como realidad, como experiencia. Ser vivo significa poder actuar. Esa es la diferencia de los dioses paganos que no son más que “hechuras de manos humanas”, dioses que no actúan. Jesús es el hijo de Dios vivo porque actúa eficazmente en nuestra historia trayendo salvación, es decir caminos de crecimiento, de plenitud. Por eso Pedro lo llama así, su respuesta no es pues teórica, es toda una experiencia vivida, actual y que da sentido a su presente y a su futuro.
Cuando Pedro logra vivir esta experiencia y afirmar “tú eres”, entonces Jesús lo invita a la dicha, al gozo: ¡Dichoso tú, Simón, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, ¡sino mi Padre! Las bases están sentadas para comenzar un seguimiento verdadero, Pedro comienza finalmente una vida nueva que lo llevará a asumir la misión: “¡Desde ahora te llamaras Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia!” Vivir esta experiencia de encuentro con Cristo, nos convierte en misioneros, nos hace capaces de recibir una misión. Solo desde esta experiencia profunda de Cristo seremos capaces de proclamarlo y convertirnos en verdaderos misioneros. Sin ello, solo seremos predicadores de palabras vacías.
Queridos hermanos y hermanas, ante la pregunta de Jesús ¿Qué respuesta vamos a dar? Jesús no quiere una respuesta académica ni intelectual ni de simple catecismo, prefiere que le demos hoy una respuesta vital. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” tiene que ser una respuesta que brote desde dentro de nuestro corazón, desde esa vivencia esencial y profunda del mesianismo de Jesús como experiencia vital de su misericordia y de su amor en la historia de cada uno de nosotros, una respuesta que nos haga testigos y por lo tanto misioneros. “Tú eres el mesías, el hijo de Dios”

