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11 Junio 2023
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La Palabra

X Domingo ordinario “A”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Yo quiero misericordia y no sacrificios”

Mt 9,9-13

Despues de las fiestas de Pentecostés y de la Santísima Trinidad, en este domingo, la Palabra de Dios nos invita a hacer la experiencia de su misericordia, en efecto, una primera manifestación del Dios-amor, Dios-Trinidad que meditábamos el domingo pasado es su misericordia. La fiesta de la Santísima Trinidad nos recordaba a ese Dios amor que quiere “comunicarse” con nosotros; es ese Dios amor que se irradia y se acerca al ser humano. Y en este “acercamiento” al ser humano, su primer gesto de amor es la misericordia. Esa es su voluntad: amarnos con un amor misericordioso. 

Así nos lo hace ver la experiencia de Mateo en el evangelio de hoy (Mt 9,9-13); él un publicano, que está sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y es visto por Jesús, con una mirada cargada de esta misericordia, una mirada que salva, que resucita. Un primer elemento que podemos meditar es este hecho: “Jesús al pasar, vio a Mateo”. Jesús realiza su obra recorriendo los caminos del mundo, acercándose a las realidades que cada uno está viviendo; no es un Dios estático, encerrado en su templo a la espera de procesiones humanas, esperando que nos acerquemos a él; es más bien el Dios del camino, el Dios del éxodo, de la itinerancia que recorre al lado del ser humano los senderos difíciles y tortuosos de su historia. Un Dios que ama acercarse a nuestras realidades y ahí vernos, con esos ojos de misericordia, y al mirarnos, nos llama. Aprendamos de él, hermanos y hermanas. No basta decir palabras o discursos sobre las realidades de nuestro México que necesitan esa misericordia, esa salvación, hay que ponernos en camino y acercarnos a todas esas realidades para verlas con misericordia.

Otro elemento significativo: a diferencia de Jesús, que va haciendo camino, Mateo se encuentra sentado. Estar sentado significa estar seguro, estable, anclado en las realidades en las que uno ha apoyado la fragilidad de la propia existencia. En el caso de Mateo se trata de su mesa de recaudador de impuestos. Esta realidad de Mateo nos hace pensar en todas aquellas seguridades que rodean nuestra vida, esa zona de confort donde todos nos encerramos para no abrirnos a la realidad de los demás; incluso sin cuestionarnos, a pesar de sentir las críticas, como en el caso de Mateo, por enriquecerse a espaldas del pueblo ayudando a un imperio opresor. El evangelista quiere hacer notar esta condición de “estaticidad” y de anclaje al estar sentado, condición que se convierte en obstáculo para emprender el “éxodo”, el camino de los hombres libres, ese camino que Jesus viene a proponer.

A este hombre “sentado” en su zona de confort, Jesus le dice: “Sígueme”, incluso rompiendo todas las reglas, todas las costumbres, era un pecador. “Misericordia quiero, no sacrificios”. La llamada al seguimiento, es decir, a la nueva vida de discípulo, implica dos movimientos fundamentales: uno de ruptura con el pasado y otro de apertura al imprevisible futuro en el que la única garantía es la cercanía del Maestro, la presencia de Jesus. Normalmente se rompe con el pasado sólo para abrazar un futuro mejor. Se arriesga uno a perder la propia estabilidad sólo a condición de entrar en el banquete de la vida. De hecho, si notamos en el texto hay una especie de cambio de “mesas”: Mateo abandonará su mesa de recaudador de impuestos, la mesa de sus seguridades y de su riqueza egoísta, centrada solo en sus propias necesidades para pasar a “otra mesa”, la mesa de la fraternidad sin límites, en la que Jesus mismo es el anfitrión que sana a todos los convidados. Hay un elemento interesante; ante la invitación de Jesus al seguimiento, Mateo “se levantó y lo siguió”, dice el texto. Mateo resucita, Mateo recobra la vida, Mateo de pie empieza a seguir a Jesús, y es solo con esta condición que le es posible entrar al banquete de la fraternidad, sentarse a la mesa de la fraternidad.

Estimados hermanos y hermanas, aprendamos de la experiencia de Mateo; nos hemos acostumbrado a “nuestra mesa”, a nuestra zona de confort, donde vivimos de nuestros egoísmos, a pesar de ver que nuestro mundo sufre y cae en el abismo. Jesús nos propone otra mesa, la mesa de la fraternidad, pero para ello necesitamos romper con nuestro pasado, nuestra manera de asegurarnos la vida, ponernos de pie, levantarnos y seguirlo por ese camino de libertad donde Jesus nos guía hacia la fraternidad, hacia la vida y la salvación.

El relato de Mateo quiere darnos a entender que la llamada de Jesus al seguimiento provoca una verdadera resurrección, una nueva vida, pero no para vivirla en el más allá, sino para vivirla desde ahora, rompiendo con el pasado, dejando la “mesa del egoísmo”, para sentarnos en la mesa de la fraternidad. La resurrección, es decir la vida nueva en Cristo es algo que comienza en el aquí y en el ahora y que consiste, en primer lugar, en la capacidad de romper con las propias esclavitudes y con los propios egoísmos. “Levantarse” significa desconocer el propio pasado porque es insuficiente e incapaz de traer bienestar y felicidad a todos, y dejarse tocar por la llamada de Jesus para lanzarse a un imprevisible futuro de plenitud y solidaridad con todos, garantizado sólo por su cercanía y por la posibilidad de compartir con los hermanos todo lo que Dios ha puesto para el bien y la felicidad de todos.

En el banquete de nuestro relato evangélico impera “la misericordia y no el sacrificio”, y es por ello que los llamados no son los justos sino los pecadores. La enseñanza del evangelio es pues esta: la vida cristiana se caracteriza por un encuentro personal con Jesus que permite tomar distancia ante el propio pasado (egoísmo), por la fascinación que su Palabra ha provocado, e iniciar una nueva vida caracterizada por la comunión con Él y con un grupo de pecadores, todos ellos igualmente tocados por el amor y la misericordia, a los que se descubre como hermanos.

Levantémonos pues, hermanos, hermanas, de nuestras “mesas” y vayamos con Jesus al encuentro de los demás para sentarnos, todos, en la mesa de la fraternidad, de la solidaridad, de la justicia y de la paz.

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