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4 Junio 2023
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La Palabra

Santísima Trinidad “A”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Tanto amó Dios al mundo”

Juan 3,16-18

Queridos hermanos, la semana pasada el Señor “sopló” en nuestros corazones la fuerza de su Espíritu y nos envió en su nombre anunciar a nuestro mundo la verdad de un Dios presente en nuestra humanidad, comprometido con nosotros en la construcción de la civilización del amor. Hoy, las lecturas bíblicas de este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, nos ayudan a entrar en el misterio de la identidad de Dios. Iluminados por el Espíritu Santo, acerquémonos a ese grande misterio que estamos llamados a experimentar y testimoniar en el mundo de hoy: la presencia de Dios-amor en medio de nosotros. De hecho, la segunda lectura así lo manifiesta en la boca de San Pablo saludando a la comunidad de Corinto: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes» (2 Corintios 13, 13).

Permítanme insistir en la finalidad de nuestra celebración hoy: experimentar y testimoniar a un Dios trinitario. Fíjense hermanos, como tantas cosas importantes de la vida (la libertad, la esperanza, la amistad, el amor, la belleza, la misericordia, etc...) antes de teorizar sobre ellas es necesario haberlas experimentado, vivido, sentido. Así ocurre con respecto al Dios-Trinidad: antes de intentar comprender y madurar lo que significa, necesitamos preguntarnos cómo está presente, cómo he experimentado en mi vida al Dios Padre, al Dios Hijo, al Dios Espíritu Santo. ¿Qué significa para mí eso de «creo en un solo Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo»? ¿Tienen algo que ver con nuestra vida, con nuestra experiencia de fe? Detenerse sobre estos asuntos tiene su importancia, pues nos remiten al núcleo central de la fe cristiana, justamente aquello en lo que nos distinguimos de todas las demás religiones.

Hacer la experiencia de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos conecta inmediatamente con la definición más sencilla y profunda de Dios:  Dios es amor. Y no es otra cosa. Padre, Hijo y Espíritu Santo son relación de amor entre ellos. Y en ese amor viven en la más perfecta unidad que pudiéramos imaginar, una vida de comunión y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de toda criatura. ¡Dios!

Pero ese Dios, dinamismo de amor, no vive para sí; las lecturas de hoy nos ayudan a comprender la identidad de ese Dios amor en sus obras, y lo que vemos es algo maravilloso: ese amor se vuelca hacia nosotros. El amor es el motor de toda la acción de Dios y el objeto de su amor es el mundo, somos nosotros. En la primera lectura (Ex 34,4-6,8-9) Moisés testimonia que “el Señor descendió en una nube y se le hizo presente” y que al “pasar delante de él” le revela su identidad: “Yo soy el Señor, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Dios Trinidad no es pues un Dios lejano, incomprensible, un misterio difícil a descifrar; no, no es así, es mas bien un Dios que desciende a nuestra realidad, que pasa en medio de nosotros. Aún más, Moisés hace una súplica que creo puede resumir nuestra oración en este momento, ante nuestro mundo tan violento, deshumanizado y depredador, ante nuestra realidad tan llena de incertidumbre, de obscuridad; “Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros…” (v. 9). Hermanos meditar y celebrar la Santísima Trinidad significa hacer esa experiencia de un Dios presente en nuestra vida, un Dios misericordioso, compasivo, dispuesto a darse, a comunicarse con nosotros, a comprometerse con nosotros; a ese Dios nuestra oración no puede ser otra en este momento tan dramático de nuestra historia: “Señor dígnate venir ahora con nosotros”.

Y ese Dios presente en medio de nosotros es Jesucristo. El evangelio de hoy (Juan 3,16-18) nos lo dice tan claro: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Para salvarnos, Dios nos ha dado lo más querido. Es decir, se entregó a sí mismo. Se dio totalmente por nosotros. Sin medida. Sin condiciones. Jesús es ya una locura de amor del Dios Padre. Fue el modo elegido por Dios para experimentar en «carne» propia todas nuestras cosas y poder mostrarnos, en medio de nuestras cosas una nueva manera de vivir; en Jesucristo encontramos de nuevo vida, y vida plena, esa que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo viven.

Me viene a la mente esa hermosa invitación que Papa Francisco nos hacía en esta misma festividad, pero en el año 2014: “El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y de este modo nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se ama y se ayudan unos a otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quiere y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad”. (Papa Francisco, homilía Santísima Trinidad 2014)

Insisto hermanos, la Trinidad no es un concepto a entender sino una realidad a vivir, a experimentar en nuestro encuentro con Dios y a reproducir en el encuentro con el hermano, a reflejar en nuestras relaciones y en nuestros compromisos. Es la experiencia del Dios que se entrega por ti para amarte y para traerte salvación, un Dios que pasa frente a ti, que entra en ti para que tu hagas lo mismo, es decir comunicarte con amor con el prójimo, dejar toda actitud de condenación y luchar por amar al prójimo. San Juan de la Cruz ha podido escribir: «Pon amor donde no hay amor, y encontrarás amor». Y esto es cierto, porque es lo que Dios hace siempre. Pon amor donde no hay amor y encontraras a la Trinidad, y manifestarás al Dios amor. Él «ha enviado a su Hijo al mundo (…) para que se salve» (Jn 3,17) gracias a la vida y al amor hasta la muerte en cruz de Jesucristo.

Al celebrar esta festividad, en este contexto tan dramático de nuestro México violento y deshumanizado, que importante entrar en este dinamismo de la Trinidad, comprometernos a ser “reflejo de la Trinidad” como nos dice el Papa, en nuestras relaciones, en nuestros compromisos, en nuestras luchas por una sociedad mejor.

Queridos hermanos, la Trinidad no es una mera teoría teológica sino algo muy real que experimentamos interiormente y compartimos comunitariamente, pues al vivir en el dinamismo de la Trinidad, al ser “reflejo” de ella manifestamos lo que San Pablo describe como sello de cada comunidad de creyentes y de cada cristiano: “Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía”. Que, en nuestra vida diaria llevemos en nuestro corazón ese dinamismo de la Trinidad y nos comprometamos a salvar el mundo por medio del amor, la justicia, la paz y la entrega total.

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