Promesa cumplida. Jesús anunció muchas veces a sus apóstoles que enviaría su Espíritu para que les recordara todo lo que les había enseñado, para que alcanzaran la Verdad Plena. Y así fue.
El Espíritu lo transforma todo. Antes de Pentecostés los apóstoles eran temerosos, tímidos y cobardes pues abandonaron a su Maestro durante su pasión, incluso se dispersaron por miedo a correr la misma suerte de Jesús. Además, eran necios para entender las Escrituras, no creían que Jesús había resucitado, etc.
Pero cuando recibieron al Espíritu Santo todo cambió: se lanzaron a predicar sin miedo, estaban llenos de la sabiduría divina, todo mundo los entendía (He 2, 1-11); invitaron a la conversión y bautizaban a la gente en nombre de Jesucristo; comenzaron a formar nuevos discípulos y a crear comunidades de creyentes, ayudaban a los pobres, realizaban milagros, fueron capaces de soportar persecuciones y hasta dieron su vida por Jesús.
El protagonista de esta transformación fue el Espíritu Santo. Claro que los apóstoles pusieron algo de su parte después de que se convencieron de la resurrección del Señor: perseveraban en la oración en compañía de la madre de Jesús, acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo, es decir, se prepararon con la oración para poder recibir al Espíritu de Dios y solamente así el Espíritu los transformó.
Esto mismo debemos hacer para que el Espíritu Santo siga haciendo su trabajo también en nosotros, si perseveramos en la oración podemos transformar nuestras vidas y nuestro mundo, Dios cuenta con nosotros, pero es necesario poner algo de nuestra parte para que el Espíritu del Señor ponga el resto, sólo así podremos alcanzar la santidad.
Que Dios nos purifique con su Espíritu para que renueve nuestra fe y nos ilumine para anunciarlo al mundo y que toda la humanidad conozca y ame a Dios.
Espíritu Santo fuente de luz, ilumínanos.