
“YO SOY EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA”
Hermanos, nuevamente Jesús resucitado irrumpe en nuestras vidas y nos dirige palabras consoladoras, llenas de luz, de rumbos en estos tiempos de incertidumbre: “No se turbe vuestro corazón”, dice a Tomás, a Felipe, a los once, a los discípulos de todos los tiempos. Atravesamos tiempos difíciles, inciertos, experimentamos profundos cambios que nos obligan a proyectar, a imaginar, a diseñar cómo queremos que estos cambios se produzcan, a pensar en una nueva sociedad. Los caminos no parecen estar abiertos y los rumbos que necesitamos apenas si son vagamente intuidos, pero hoy escuchamos de nuevo: «No se turbe vuestro corazón». Y nos hace esa invitación por demás fuerte: «confíen en Dios y confíen en mí». En otras palabras, seamos conscientes de que nuestra vida está en las manos de un Dios que se presenta como Padre, y que Él está dispuesto a hacer todo lo que esté en su mano para ayudarnos a salir adelante. Recordemos hermanos y hermanas que con el corazón y la mente pacificados, se perciben mucho mejor las cosas.
La primera invitación del evangelio de hoy es pues a la confianza en Dios, a creer en él, ese Dios que Jesus nos presenta como un “padre hogareño”, que nos tiene preparados “una habitación”, su casa es un hogar con habitaciones para todos sus hijos, preparadas cuidadosamente por su propio hijo, para que todos los suyos puedan estar con él. «Crean en Dios» y se sentirán seguros, confortados, acogidos, protegidos, acompañados y fortalecidos por su Padre Dios. La esperanza de ese «hogar» futuro nos ayuda a sobrellevar este mundo temporal, que no pocas veces es inhóspito y frío. En el evangelio, Jesús utiliza un lenguaje que nos estimula, nos anima, una casa que no es solo para él, el hijo único del Padre, es una casa con “muchas habitaciones”, una casa donde las habitaciones están preparadas, porque ahí se te espera, se te desea, ahí eres acogido, recibido con la dignidad de hijo. ¡Que hermosa figura!
Hermanos, hermanas, ante esta visión de Dios, ante esta realidad a la que estamos llamados a creer hoy, no sé ustedes, pero al comprenderla, me viene también a mí la misma pregunta de Tomás y Felipe: ¡Señor muéstranos al Padre y eso nos basta! Señor muéstranos el camino para ir a esa casa, a la casa de ese Padre amoroso y hogareño; muéstranos el camino, ayúdanos a descubrir ese rumbo que nos lleve finalmente a esa casa deseada. Hoy Jesús resucitado nos invita a “permanecer en él” para poder emprender el camino, el verdadero camino, el que nos lleva a esa nueva sociedad, a esa nueva vida, en fin, a la casa del Padre que quiere la vida del hombre, del Padre que creó este mundo, no para la muerte, sino para la vida en plenitud, para la felicidad del ser humano.
He aquí la segunda invitación del evangelio de hoy: emprender el camino; lanzarse al camino de Jesús. Las lecturas de hoy nos hacen caer en la cuenta de una necesaria disposición interior para acercarnos al Señor, para saber dónde se encuentra, para reconocerlo y para, finalmente, permanecer en él y en él encontrar el rumbo y tomar el camino seguro. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. La invitación es clara, asúmanos el camino con Jesús, hagamos de él nuestro camino para alcanzar la felicidad, ya aquí en la tierra así como encontrar en él, el rumbo para llegar a esa “casa paterna”. Dios nos creó para la vida, pero a ella solo se accede por Jesucristo, él es el camino, la verdad, la vida; aquí está la clave de la espiritualidad cristiana: la meta se va clarificando, pregustando pero solo si estamos en el camino. Y el camino es Cristo mismo, su manera de vivir, su forma de ver la vida, sus valores, sus opciones y sus gustos, sus prioridades. Conforme el discípulo va asumiendo dicho camino, es decir, conforme va transformando sus criterios existenciales por los de Jesús, entonces y solo entonces, comienza a comprender la verdad de Dios y la verdad de su propia existencia; en esta verdad encuentra la vida plena, ese estilo de vida que lo lleva finalmente a su plenitud.
“Yo soy el camino la verdad y la vida. Estas palabras deberían convencernos del deber que tenemos de tener siempre fija nuestra mirada en Él, modelo incomparable al que hay que imitar”, nos dice San Guido María Conforti (Fundador de los Misioneros Xaverianos).
Una última y tercera invitación tiene que ver con nuestra unión con Dios; quien recorre este camino de Jesús, o mejor dicho, este camino que es el mismo Jesús, acaba siendo uno con Él y con el Padre. Ese deseo para nosotros inalcanzable de «ver» a Dios, como decía Felipe: «muéstranos al Padre y nos basta»; ese deseo se cumple contemplando a Jesús, estando con él, amándole a él, siguiéndole a él. Y de ese modo iremos reconociendo el rostro de Dios en la historia, en los hombres, en medio de nosotros, de nuestras dificultades y sosiegos, de nuestras penas y conflictos, ahí, en todo ello, Dios está siempre poniendo esperanza, fortaleza y paz.
Hermanos, hermanas, hay un tanto que reconstruir en nuestro mundo, hay rutas que emprender, ya sabemos que todo camino es para andarlo y llegar a una meta; la vida es para vivirla, gustarla y disfrutarla; la verdad es para experimentarla como bondad frente a la mentira, que engendra desazón e infelicidad. Camino, verdad y vida, son cosas concretas que se viven, que se hacen, que se experimentan. Estas son cosas que todos buscamos en nuestra historia: queremos caminos que nos lleven a la felicidad; amamos la verdad, porque la mentira es la negación del ser y de los buenos; queremos vivir, no morir, vivir siempre, eternamente. Pues todo ello lo encontramos en Jesús y sólo en Jesús.
Un Camino para andar, Jesucristo; una Verdad que proclamar, Jesucristo; una Vida para compartir y disfrutar: la de Jesucristo en nosotros.
No puedo terminar mi reflexión sin enviar una felicitación sincera y profunda a todas las Mamás del mundo, las que nos dan la vida, como ese Padre del evangelio, y que siempre nos esperan en “Casa”, ellas por las que todos sabemos emprender el camino. ¡Felicidades Mamás!

