Madre purísima, es inmenso tu dolor, y profunda la pena que nuestros corazones sienten por ello; sin embargo, yo diría, que aún hallabas algún consuelo, sosteniendo tan tiernamente abrazado a tu hijo muerto. ¡Oh Señora pura y tierna!, quisiera que en estos momentos depositases espiritualmente a tu tierno Hijo sobre mis rodillas, para que viéndole yo muerto, experimente en cuanto me sea posible, por la meditación y contemplación, lo que tú sentiste en realidad.
Madre purísima, mi alma permanece cerca de ti en la tristeza y la compasión. En mi contemplación te acompaño con fervor, alabanza y agradecimiento, cuando vuelves del sepulcro a tu casa, por la puerta de la Ciudad Santa; asimismo deseo, ¡oh Madre, tierna y pura!, que, a mi alma, al partir de este mundo, la conduzcas a la patria segura de su felicidad eterna. Amén.
(Beato H. Suso)