
“Sean perfectos en el amor, como su Padre celestial es perfecto”
Hermanos, hermanas, después de varios domingos en los que hemos estado leyendo el Sermón de la Montaña, podemos decir que, en la página de hoy (Mt 5, 38-48), Jesús nos hace entrar en la plenitud de su mensaje, en su culmen. Jesús nos invita a poner en práctica lo más fundamental de su ley, de su mensaje, es decir: el amor, un amor que nos lleva a reconocernos Hijos de Dios Padre, que es bueno y misericordioso, que no excluye a nadie de su amor y que no mira a nadie como enemigo; al reconocernos hijos de Dios Padre, debemos reconocer también al otro como hermano, debemos privilegiar la fraternidad, incluso por encima de mis propios derechos personales. Jesús nos invita a amar, renunciando a todo tipo de violencia y anteponiendo el amor como antídoto contra toda violencia y maldad.
Es cierto, al escuchar las dos máximas de hoy, algo se nos revuelve dentro. ¡En verdad que el mensaje de Jesús es revolucionario, es extremista! Pedir el amor al enemigo en una sociedad polarizada, violenta, fragmentada, ¡Cómo se le ocurre! Vivir una resistencia pasiva en esta sociedad del abuso continuo, de la explotación a todo precio, de cobro de piso y tantas corruptelas. ¡Qué bárbaro! Jesús es en verdad revolucionario. La ley del Talión: “ojo por ojo, diente por diente” es una ley vivida a todos los días; el odio a los enemigos es una moneda de uso diario en nuestra sociedad. Y ¿qué hacer ante ello? ¿Seguir en esa misma lógica? ¿Cuántos muertos más necesitamos para comprender que ese no es el camino que nos lleva a la felicidad?
Jesús propone el camino del amor, de la paz, de una justicia que no es retributiva; si me golpeas con maldad, te respondo con maldad…no….esa no es la lógica del evangelio. Ante las diversas formas de mal que hay en el mundo, se nos pide ofrecer la alternativa que emana del Evangelio de Jesús, y esa no es otra que la del amor, es hacer de nuestra vida una entrega hacia el bien, siempre buscando nada más que el bien como respuesta que desarma el mal. Presentar la otra mejilla es responder al mal con el bien, y así podremos romper cadenas de violencia, injusticias, enfrentamientos, etc.…, esas cadenas que sacan lo peor del ser humano. Por el contrario, buscar el bien es una nueva forma de ser persona al vivo ejemplo de Dios, afrontando el mal con las armas del amor, de la verdad, del diálogo y del encuentro. El mal nunca lo venceremos optando por el mal mismo.
Jesús considera que la única manera de evitar la violencia es no prosiguiendo con ella. Lo primero que pide el Señor ante el problema de la violencia es estar totalmente dispuesto a no ejercerla; y es que a quien ejerce la violencia, aunque sea en segundo término, como respuesta a un acto violento, en el fondo está cooperando para que siga la espiral. Alguien tiene que cortar con ella a través de la no violencia, a través del amor.
Más aún, Jesús nos invita a estar dispuesto a cargar con el mal a fin de no redoblarlo. Porque si no ofrezco la otra mejilla, entonces la alternativa es ofrecer el puño. Pero entonces, quedo también atrapado en la espiral de la violencia, redoblando, multiplicando el mal en una progresión que sólo puede ser destructiva. El discípulo de Jesús, en cambio, debe tener una doble capacidad de “carga”, debe dejarse ayudar por la gracia para sobrellevar esos pesos aparentemente insoportables. Debe ser capaz de cargar sobre sí mismo el mal del otro, como Cristo, cargando la cruz del odio humano. El amor da para eso. Alcanza. Y hasta sobra.
Jesús plantea como un imperativo la actitud de amar que va más allá de simpatizar, tolerar, aceptar a los que te aman… ¡No!, el amor que pide Jesús es radical; es amar, hasta el grado de llegar a convivir con el otro como hermano, de ver en todo ser humano un hermano, incluso en aquel que se presenta como “mi enemigo”. El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús. Su llamada quiere implantar en la historia una actitud nueva ante el enemigo porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia. Quien se siente Hijo de Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos incluso de sus enemigos. Esta es la invitación que Jesús nos hace a través del texto evangélico. Una invitación a vivir de manera extraordinaria nuestras relaciones con los demás, incluyendo los que no nos aman, los que llamamos “enemigos”, en fin, el otro. Porque la medida de Jesús es el amor sin medida. El Papa Francisco, hablando de esta “medida” del amor cristiano nos dice: “Sobre el amor hacia todos no aceptamos excusas, no predicamos una cómoda prudencia. El Señor no fue prudente, no hizo concesiones, nos pide el extremismo de la caridad. Este es el único extremismo cristiano lícito: el extremismo del amor. (Homilía del Santo Padre Francisco, Bari, 23 de febrero de 2020)
Jesús, pues, con estas antítesis, y principalmente con la última quiere incorporarnos a la "familia de Dios, del Dios como Padre", y en Él no cabe odio alguno. Por lo mismo, el amor al enemigo es la concreción más radical del amor al prójimo. No basta decir que el prójimo es el que piensa como yo, quien es de los míos; el prójimo son todos los hijos de Dios, y ningún hombre o mujer está excluido de este derecho.
Hermanos, el mensaje de Jesús es claro y la realidad en que vivimos nos hace ver su urgencia. Rompamos pues la espiral de la violencia, venzamos el mal a fuerza de bien, con actos de amor, de esfuerzo, de “cargar” con el mal del otro para liberarlo. Lo que Jesús nos pide es concreto, es amar al hermano en lo concreto; manifestándole siempre respeto, tolerancia, paciencia, perdón. No pensemos que este evangelio habla solo de las personas que ejercen violencia con las armas y el poder; vayamos a lo ordinario de nuestras relaciones en casa, en el trabajo, en la escuela, en nuestras relaciones de pareja, en los matrimonios, en las áreas profesionales, ahí donde también nos dejamos llevar por la ley del talión ante los que nos rodean, donde “fabricamos” nuestros enemigos cotidianos; donde ejercemos nuestras “violencias”. Jesús nos invita a ser perfectos en el amor, como nuestro Padre del cielo es perfecto; nos invita a reconocernos hijos del mismo Padre, amoroso y misericordioso; y por consiguiente a reconocernos hermanos llamados a vivir en la misma “justicia” de amor que el Padre nos tiene.
“Ustedes pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

