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12 Febrero 2023
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La Palabra

VI Domingo ordinario “A”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“… pero el que los cumpla y enseñe, será grande en el Reino…”

Mt 5, 17-37

Hermanos, la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, tanto en la primera lectura (Sir 15,16-21), como en el evangelio (Mt5, 17-37), toca un tema que muchas veces nos incomoda, incomoda a la sociedad actual “alérgica” a las normas, las leyes, los mandamientos, pero al mismo tiempo, una sociedad que sufre á causa de este relativismo y el caos de una vida sin respeto, sin normas, sin moral. Son lecturas difíciles de asumir, que nos plantean ideales de vida que nos parecen complicados o imposibles de alcanzar, pero que, al mismo tiempo, vemos tan urgentes en esta sociedad que se hunde cada vez mas en la violencia, en la corrupción, en la falta de respeto a la dignidad de la persona humana.

Me pregunto quien es mas ingenuo o idealista, Jesús al proponernos la radicalidad en el amor y en el respeto al hermano, en el respeto a una institución clave como el matrimonio y la familia, en la radicalidad al conducirnos en honestidad y en búsqueda de la verdad, o más bien, el ingenuo es el hombre de este siglo, de nuestra sociedad mexicana que se acomoda y acostumbra a las 40 mil muertes por violencia en un año, a los cientos de feminicidios, los miles de abortos, a las millonadas de dinero que son dilapidados por la corrupción gubernamental y de las instituciones. Quien es mas irracional e ilógico, ¿Dios o el hombre de este siglo?

En la primera lectura escuchamos una frase que es dilapidaría, que es tan veraz; dice el libro del Eclesiástico: “Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua, extiende la mano a lo que quieras, delante del hombre está la muerte y la vida. Le será dado lo que él escoja”.

La realidad de nuestro México nos hace pensar que la opción tomada por muchos es aquella de la muerte. Hoy Jesús nos pide volver a escuchar su voz y asumir de nuevo el camino de la vida; nos pide asumir los mandamientos de Dios. Jesús propone a quien le sigue la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida, de ir más allá de todo cálculo. El amor al prójimo es una actitud tan fundamental que Jesús llega a afirmar que nuestra relación con Dios no puede ser sincera si no queremos hacer las paces con el prójimo. Y dice así: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (vv. 23-24). Este es su mandamiento y Jesús nos invita a vivirlo, no de manera externa y superficial, sino de manera “Plena”, es decir siguiendo el mismo ejemplo de Jesus. La plenitud de la ley está en el amor… a Dios que es nuestro Padre y al hermano que son todos…

Por ello, no se conforma con prohibir el homicidio, sino que quiere erradicar su misma raíz, es decir, el desprecio del hermano, el no reconocer en el otro a un hermano. Quien vive del amor al otro no puede insultar a su hermano, ni mucho menos asesinarlo, procura evitar todo gesto, acto interior y conducta que indique animosidad contra el prójimo, cualquier forma de animosidad….

De igual manera, en la relación entre un hombre y una mujer, en la familia, no podemos guiarnos por el egoísmo, tomar al otro como objeto para su propio beneficio; lo que une a dos personas no puede ser otra cosa que el amor, que implica oblación, entrega, búsqueda del bien del otro, incluso renunciando al propio bien.

De frente a nuestros compromisos, nuestras palabras dichas, Dios quiere que seamos sinceros y veraces con nuestros semejantes y que no invoquemos innecesariamente el nombre de Dios para justificar nuestras posturas y acciones… de tal manera que si actuásemos siempre con sinceridad bastaría nuestra palabra para tener siempre crédito.

En fin, queda claro en lo que Jesús nos plantea que lo que él quiere no es simplemente un mundo mejor, sino un mundo nuevo. No pide sólo un mundo más justo, sino que las personas se conviertan de corazón. Para que el bien sea verdadero no basta con evitar que haya mal en el mundo, también hay que desterrarlo del fondo de nuestro corazón. Es un ideal muy elevado. Es lo que en su predicación llama “Reino de Dios”. Éste no se alcanza a través del cumplimiento de unos mandamientos, sino dejando que Dios nos dé una vida nueva. Éste se alcanza optando por la plenitud y la perfección en el amor que Jesús nos ofrece.

Una afirmación más; Jesus le da mucha importancia, no solo a cumplir los preceptos de la Ley, sino a enseñarlos a otros. El cristiano debe tener siempre en cuenta a los demás, debe esforzarse por vivir, él primero que nadie, la revelación bíblica, pero debe mirar más allá de sí mismo y preocuparse por enseñar dichos preceptos a los hombres. Los discípulos son invitados a ir más allá del cumplimiento exterior y material de la Ley, característico de los escribas y fariseos; el discípulo debe ir más allá, a través del amor, en el cumplimiento de la Ley de Dios. El discípulo tiene que ser misionero, activo, maestro de la ley de Dios, que la practica y la enseña; finalmente llegar a ser sal y luz del mundo como lo reflexionábamos el domingo pasado.

Hermanos, que está semana sea para nosotros una semana para vivir en la lógica del amor, cumpliendo de modo radical y pleno los mandamientos de Dios, sobre todo ese mandamiento del amor. Optemos por la vida y crezcamos en nuestra dignidad de hijos de Dios. No nos conformemos con la sociedad de hoy que parece haber optado por la muerte, seamos auténticos discípulos-misioneros de Cristo que viven y enseñan los mandamientos que nos dan vida. ¡Elige!

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