Skip to main content
16 Enero 2023
356 vistas

La Palabra

II Domingo ordinario “A”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Éste es el Cordero de Dios”

Jn 1,29-34

Estimados hermanos y hermanas, el domingo pasado hemos celebrado la manifestación de Jesus como Salvador de todo el mundo; la fiesta de la Epifanía nos ponía frente a aquellos personajes venidos de pueblos lejanos para adorar el Rey recién nacido. El lunes pasado tambien hemos celebrado el bautismo del Señor y la liturgia nos puso, inmediatamente, en actitud de seguimiento ante un Jesús que comienza su labor en favor de la humanidad. Pero, antes de que le veamos en acción -hablando, curando, acogiendo, anunciando...- Juan el Bautista nos hace una presentación de Jesús partiendo de lo que en él ha visto. Y en su testimonio utiliza una afirmación por demás llena de significado, para él, como para sus oyentes: ¿Quién es Jesús? «Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». (Evangelio: Jn 1,29-34)

Esta expresión está llena de significado teológico y espiritual, utilizada en el Antiguo Testamento, pero también, y sobre todo aplicada a Jesús, en el Nuevo Testamento. Expresión familiar también para nosotros, pues en la Eucaristía la repetimos siempre antes de comulgar y sobre todo cuando el celebrante nos invita a recibir a nuestro Señor: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mudo”. Y continúa exhortando: “Dichosos los invitados al banquete del Señor”.

La pregunta a meditar al retomar este tiempo ordinario es pues: ¿Quién es Jesus? Dando como respuesta lo que Juan testimonia: “El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan el Bautista, al nombrar al cordero, sabía que sus oyentes recordarían inmediatamente al «cordero pascual», cuya sangre sobre los dinteles de las casas en aquella noche de Pascua en Egipto había librado a sus padres esclavos del Faraón de la masacre del ángel exterminador de la décima plaga. Con esta comparación, el Bautista, no solo describe una característica de Jesus, su mansedumbre sino tambien intuye su destino: un día sería inmolado como aquel cordero, y su sangre quitaría a las fuerzas del mal la capacidad de hacer daño. Su sacrificio libraría al hombre del pecado y de la muerte. Jesús es el Cordero de Dios que libera a la humanidad del pecado del mundo. Para Juan, Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo. Su misión es quitar, destruir el pecado del mundo; su fuerza estará en la debilidad e incluso en la mansedumbre de un cordero (signo bíblico de la dulzura) dispuesto a ser “degollado”. En definitiva, el pecado absoluto del mundo, será vencido por el poder del Espíritu que trae Jesús.

He aquí el significado profundo; la función de Jesús, el Mesías, para el cuarto evangelio no es solamente la de suprimir los pecados individuales, sino la de poner fin al dominio del Pecado básico, por eso lo llama “el pecado del mundo”. ¿Y cuál es ese pecado básico? La deshumanización del hombre causada por el egoísmo; el “pecado del mundo” son ese conjunto de antivalores que llevan al hombre a destruir su humanidad, su realidad de creatura, de hijo de Dios y de hermano del otro. En Jesús ese pecado ya no tiene dominio; en él y en todos los que están dispuestos a vivir su Evangelio, el egoísmo ya ha sido vencido.

Otro significado de la afirmación de Jesús, como Cordero de Dios, nos recuerda a aquella práctica judía donde un cordero es llevado y abandonado en el desierto, tomando sobre sí todas las debilidades, todas las miserias, toda la maldad de los hombres, y con su mansedumbre y con la ofrenda de su vida, las aniquilaría. En Jesus, Cordero de Dios, esta acción se cumple, él asume todas nuestras debilidades, pero no solo ello, no es solo un “borrón y cuenta nueva”; yo asumo sus pecados y ustedes quedan limpios y recomiencen de nuevo. No, los asumo, los aniquilo pero a ustedes los libero y les doy mi Espíritu para que puedan finalmente vencer ese “pecado del mundo”. Al asumir nuestras debilidades introducirá en el mundo un dinamismo nuevo, una fuerza irresistible –su Espíritu– que llevará los hombres al bien y a la vida. Es un cambio radical: el mal, el sufrimiento, el pecado, la muerte ya no tendrán nada que hacer con nosotros, quedaremos definitivamente liberados, como aquella noche pascual en que Israel pudo escapar de tanto dolor y tanta penuria en su esclavitud.

Hermanos, hermanas, ¿qué nos enseña esta palabra de Dios? Al reconocer a Jesus como el cordero de Dios, ¿Qué compromisos deben de ser asumidos en nuestra vida? Los cristianos nos decimos los continuadores de la obra del Cordero de Dios en nuestro mundo, y de hecho lo somos. La salvación de Dios en Jesús, ahora es llevada a cabo por sus seguidores en los que actúa su Espíritu; ahora es a través de nuestras manos, de nuestras obras, de nuestras actitudes que el Cordero “quita el pecado del mundo”, de nuestro mundo. Más aún, la función de los cristianos no es solamente la de ayudar a suprimir los sufrimientos en los demás seres humanos, sino la de poner fin al dominio de ese pecado básico de nuestra cultura: el dominio absoluto de lo económico y de lo material sobre todo lo demás, sobre nuestra misma humanidad. Este pecado es el origen de no pocos sufrimientos en nuestro mundo. Juan el Bautista nos lo señala hoy como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, de nuestro mundo. Vayamos pues y comprometámonos con él en esta su misión. Recuerdo los años de misión en Burundi, África, la tarea pastoral nos llevaba exactamente a eso, a combatir tantas realidades inhumanas y lograr “quitar” odios, divisiones, pobreza, marginación. Como los apóstoles en tiempo de Jesús, esto me ha entusiasmado tanto; vivir así, “quitando” el pecado en mi mundo, en ese pequeño mundo de mis relaciones, de mi trabajo, de mi familia, de “mi mundo”.

“Tu mundo”, “mi mundo”, no puede seguir así, en él debemos ser “luz, sal, levadura” (primera lectura Is 49,3-5-6), debemos transformarlo; como Jesús, a través del servicio simple, sencillo, como corderos, mostrando mansedumbre, ternura, servicio, pero quitando toda ese egoísmo y esa maldad que caracteriza nuestro mundo, tu mundo, mi mundo.

Hermanos, hermanas, al momento de participar en nuestra Eucaristía dominical, el celebrante proclamará, como Juan: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, y al mismo tiempo lanzará una invitación a ser dichosos, “Dichosos los invitados” a vivir con Jesús esta misión: quitar el pecado en el mundo donde vivimos. Que su Espíritu nos acompañe y haga de nosotros testigos de su poder.

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!