
Tambien ustedes, estén preparados
Queridos hermanos y hermanas, que bien que llega el adviento con sus aires de novedad, de esperanza, de alegría. Necesitamos tanto pensar en algo nuevo, en superar todo letargo; urge refrescar, renovar, volver a tener ilusiones, despertar lo que se nos ha ido quedando dormido; revivir o recuperar lo que se nos ha muerto. El ritmo de la vida nos va desgastando, nos va cansando, avejentando. Pero la liturgia hoy nos invita a despertar, a soñar, a esperar. Entramos hoy pues en el tiempo del adviento y la invitación es a la alegría y a la esperanza. La Iglesia nos ofrece este tiempo de Adviento (¡apenas un mes!) a modo de «cargador», para que podamos conectarnos de nuevo a Dios, al Dios de la vida, al Salvador que viene; para que nos conectemos a las personas, pues la fraternidad nos da energía, ganas de vivir, y también conectarnos a lo mejor de uno mismo, ese interior lleno de Dios, de carácter, de vida. La alegría es quizá, junto a la esperanza, la clave del tiempo de Adviento, que iniciamos hoy, ya que nos preparamos para recibir nuevamente al Salvador del mundo, nos preparamos a “vivir cielos nuevos y tierras nuevas”. Todas las lecturas que hemos escuchado hoy son una invitación a entrar en esta dinámica de la alegría, el gozo y la esperanza, eso es el tiempo de adviento. ¡Qué alegría sentí, cuando me dijeron: “Vayamos a la casa del Señor! (salmo responsorial) ¡Vayamos al encuentro del Señor que viene para salvarnos!
En el evangelio de hoy (Mt 24, 37-44), Jesús nos invita a salir de ese letargo que la rutina nos trae y ponernos en vela, prepararnos, actuar. Una de las características de las ideologías que dominan nuestro mundo es exactamente eso, “adormecernos”, “anestesiarnos” con la urgencia del vivir el día a día, esclavos de un presente embriagador que nos impide ver de dónde venimos y adónde vamos, con una sucesión rapidísima de eventos que nos ahogan en un frenesí sin esperanza, sin ideales, sin Buenas Noticias. San Pablo nos decía en la segunda lectura (Rom 13,11-14): “tomen en cuenta el momento en que vivimos. Ya es hora de que despierten del sueño…” El tiempo de adviento llega para sacarnos de ese letargo y despertar en nosotros de nuevo ese deseo de salvación, de un cielo nuevo y una tierra nueva, de un mundo mejor del que vivimos porque llega a nosotros un Salvador. El profeta Isaías (primera lectura: Is 2,1-5) es aún más explícito en esta exhortación: “Vengan, subamos al monte del Señor. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor.
Ante la certeza de su llegada, la actitud que nos es propuesta por la palabra de Dios de este domingo es la de la vigilancia y la preparación: “Velen, pues y estén preparados” nos dice Jesús en el Evangelio. “También ustedes estén preparados”. ¿Y cómo podríamos prepararnos? ¿Concretamente, cómo podemos manifestar y vivir esta actitud de espera atenta, gozosa y activa?
Les propongo, a partir de las lecturas de hoy tres maneras simples, sencillas y profundas:
La primera diría así: aprende a ver tu vida y la vida en general con otros ojos, con los ojos de Dios. La mirada de Dios, los ojos de Dios saben ver vida, encontrar novedad, victoria, van más allá de lo que la simple realidad manifiesta. Al ver a María no solo vio a una jovencita de Nazareth, desposada con un carpintero, una persona anónima, con una vida normalita, sin más, vio en ella a la madre de Cristo, a la llena de Gracia, a esa mujer, bendita entre todas las mujeres. La mirada de Dios está llena de esperanza, de potencialidades. No se limita con ver la realidad tal cuál es, sino va más allá y eso lo mueve a la acción; y entonces bendice, asume, apoya, se compromete y todo cambia, todo se renueva, todo adquiere vida. Decía Martin Luther King: “Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me di cuenta de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o transformar el sufrimiento en una fuerza creativa. Elegí esta última.” Por lo tanto, en este tiempo de adviento, ya no mires tu realidad y la realidad del mundo desde el sufrimiento sino desde la esperanza, desde la mirada del Dios creador. Apoyado en Dios que viene, te invito a que te mires de otra forma. A que confíes de nuevo en ti mismo. A que conviertas todo lo que no va bien en una fuerza transformadora. A que no permitas que las dificultades acaben con lo mejor que hay en ti. La esperanza es una virtud a renovar en este tiempo de adviento, porque la razón de nuestra esperanza no está en nosotros mismos, sino en el que viene a enseñarnos que la última palabra la tiene Dios, la tiene la vida, la tiene la luz. Y si él está con nosotros (Emmanuel), nada ni nadie podrá contra nosotros.
Una segunda invitación es a despertarnos. Jesús nos invita a «estar en vela», despiertos. Hay muchas cosas en mí, en los otros y en la vida, a las que conviene prestar atención: esos «brotes de esperanza» siempre existentes en nuestra vida. Porque hay cosas buenas en mí, en los demás, en la sociedad, en muchas personas. No serán cosas maravillosas, espectaculares, pero en esas pequeñas cosas Dios nos habla y nos invita a descubrir la novedad de su presencia. Estar despierto también significa «darnos cuenta del momento en que vivimos», como nos pide San Pablo, segunda lectura. Una de nuestros males es vivir de manera “inconsciente” lo que vivimos, es importante saber leer lo que nos pasa, los acontecimientos, discernir, meditar, aprender de los acontecimientos. La Palabra de Dios nos invita a ser conscientes, a estar despiertos.
Una última invitación: nuevamente San Pablo nos lo indica: “Desechemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz”. Utilizando un lenguaje coloquial: «desnudarnos y vestirnos». Jesús nos pide “quitarnos esa ropa vieja” que no muestra mi dignidad de creyente; aquellos comportamientos que me alejan de Dios, de los hermanos, es decir, la superficialidad, el individualismo, la poca disponibilidad, el rencor. Y esto para revestirnos de Jesucristo; es decir para ponernos todo aquello que manifieste su amor, su solidaridad, su tolerancia, su lucha por la justicia; esa vida nueva, con ilusiones nuevas, actitudes nuevas, nuevos sueños y nuevos proyectos, nuevos ojos y una esperanza, porque él ha vencido la muerte.
Hermanos, hermanas, el tiempo de adviento nos es dado nuevamente este año para estar alerta, para estar en acción, para esperar con alegría y compromiso. Su llegada es siempre motivo de gozo para quien lleva la antorcha prendida en el corazón. Al iniciar un nuevo Adviento descubramos a Dios como Padre, origen y causa de todo bien, estemos despiertos, en vela y gocemos de su presencia. Pidamos crecer en esperanza y en el amor que reaviva nuestra ilusión de vivir. ¡Feliz tiempo de adviento a todos!

