
“JESÚS, ACUÉRDATE DE MÍ CUANDO ESTÉS EN TU REINO”
Estimados hermanos y hermanas, hoy celebramos junto con los cristianos de todo el mundo la Fiesta de Cristo Rey del Universo. Y el Evangelio nos hace elevar los ojos hacia la cruz donde Cristo agoniza en el Calvario. Ahí vemos al Buen Pastor que da la vida por las ovejas. Además, encima del árbol ha sido puesto un letrero en el que se lee: «Éste es el Rey de los judíos» (Lc 23,38).
En esta fiesta pues, aparece en el horizonte nuestro Señor Jesucristo, como “rey”, pero un rey “sin poder”, sin reino, entendido éste como espacio o nación donde reinar. Jesús es un rey “crucificado”, un rey que muere al dar la vida por la salvación de su pueblo. Hoy estamos invitados a contemplar, descubrir y optar por Jesús, este rey “crucificado”, un rey que muere al dar la vida por la salvación de su pueblo.
Para nosotros creyentes como para el evangelista Lucas, la muerte de Jesus no se entiende como fracaso. Y no lo es en verdad. Es, por el contrario, el momento supremo de la entrega a una causa por la que merece dar la vida. Todos le dicen: “sálvate a ti mismo”, tres veces, por grupos distintos le gritan a Jesús esta afirmación, pues eso es lo que haría cualquier rey. Cuando todos los que están al lado de la cruz le han retado a que salve tal como ellos entienden la salvación, Jesús se niega a aceptarlo. Jesús salva dando su vida, salva al pueblo de quien es rey, dando su vida. La muerte del Crucificado es la elocuente proclamación de una existencia que se ha desgastado únicamente en beneficio de otros, que se ha dado para salvar y dar vida a su pueblo.
En esta fiesta de Cristo Rey, estamos llamados antes que nada a hacernos unas preguntas: ¿qué imagen de Jesús tengo?; ¿cuál es la imagen de Cristo Rey que yo creo e intento seguir?; ¿lo confundo con los reyes de este mundo o con los jefes de nuestros países?; ¿cómo influye la imagen de un Cristo rey crucificado en mi práctica cristiana? ¿En que me hace pensar que Jesús es Rey porque entrega su vida en plenitud por todos?
En la primera lectura, los judíos fueron a buscar a David para pedirle que aceptara reinar sobre ellos: “Tu serás el pastor de Israel, mi pueblo, tú serás su guía”. En el evangelio encontramos a un malhechor que le dice a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Ante este Rey Crucificado, podemos permanecer indiferentes, como simples espectadores, o incluso rechazarlo, criticarlo, combatirlo; no aceptar en definitiva su reinado. Pero también podemos reaccionar como esos ancianos de Israel que buscaron a David, o sobre todo como este malhechor, que aún si había llevado una vida contraria a la propuesta de Jesús, se arrepiente y le pide, reconociéndolo como Rey, que lo reciba en su Reino. Ante el Reinado de Cristo crucificado, ¿Cuál es mi actitud? ¿Deseo, busco, trabajo por este reinado? Hoy estamos llamados a decirle: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”.
Hay una segunda aplicación que quisiera proponerles. Una de las palabras claves en el texto de Lucas de hoy es la palabra “salvar”. “Que se salve a sí mismo” se dice en el versículo 35; “¡Sálvate!” en el 37b y “¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!” en el 39c. Esta salvación está estrechamente ligada al adverbio «hoy»; sobre esto quisiera insistir. En el Evangelio de Lucas, ese hoy aparece varias veces y no al azar; “Hoy ha nacido un salvador” (Lc 2,1), al inicio de su evangelio. “Hoy se ha cumplido esta Escritura” (Lc 4,21), cuando Jesús inicia su misión. “Hoy hemos visto cosas maravillosas” (Lc 5,26), decía la gente al ver sus milagros; “Hoy la salvación ha llegado a esta casa” (Lc 19,9), ante la conversión de Zaqueo.
El rey que nos propone el Evangelista es uno que salva HOY, no mañana ni pasado. Celebrar la solemnidad hoy es una apremiante invitación a proponer el Evangelio de Jesús a todas las personas, hoy. Un Evangelio que no condena sino más bien salva hoy, un Evangelio que está de parte de los débiles y marginados de este mundo, de nuestro mundo, de nuestro barrio, del hoy de nuestra vida diaria. Un Evangelio vivido por una iglesia en salida, una Iglesia que prefiere accidentarse en vez de estar enferma o bien conservada. Si Cristo es el rey del universo, antes prefiere serlo de cada uno de nosotros, y en especial de los más empobrecidos de este mundo. Su trono celestial quiere ser nuestro corazón, si lo dejamos, si le permitimos que nos salve “hoy” de nuestros egoísmos, maldades, mezquindades, hipocresías, etiquetas, cerrazones, etc. Por eso, estamos invitados a decirle también hoy: «Jesús, acuérdate de mí». Hoy hermano, hermana, hoy dile a Jesús: “acuérdate te mi” en tu Reino, en ese reinado que he aceptado, hoy.
Al decirlo escucha esta afirmación tajante, victoriosa, llena de luz para ti: “Yo te aseguro que HOY estarás conmigo en el paraíso”, es decir en ese reinado de Dios en tu vida hoy, a partir de hoy, desde hoy para siempre.
Demos gracias a Dios Padre que nos hecho capaces de compartir el Reino de Jesucristo, un reino de amor y misericordia; un reino que busca justicia y paz; un reino donde el más importante es el que sirve, el que se hace pequeño y servidor de sus hermanos y hermanas. Demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho partícipes del Reino predicado por su hijo Jesús; un reino donde todos tienen lugar; un reino donde no hay lugar para la discriminación o el desprecio; un reino que acoge a todos y a todas las personas que aceptan con sinceridad el Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

